—¿Dónde lo conoció usted por primera vez?

—A bordo del Mary Clowle, en el puerto de Amberes. Era marino, como yo. ¿Pero por qué quiere usted saber todo esto?

—Porque—contestó Reginaldo,—Burton Blair ha muerto, y su secreto ha sido legado a mi amigo, el señor Gilberto Greenwood, aquí presente.

—¡Burton Blair ha muerto!—exclamó, poniéndose de un salto en pie, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.—¡Burton ha muerto! ¿Lo sabe Dick Dawson?

—Sí, y está en Londres—repliqué.

—¡Ah!—exclamó con impaciencia, como si todos sus planes se hubieran trastornado por el conocimiento anticipado que tenía Dawson de la noticia.—¿Quién se lo ha dicho? ¿Cómo demonios lo ha sabido?

Tuve que confesar mi ignorancia al respecto, pero, en contestación a su pregunta, deploré el fin trágico e imprevisto de nuestro amigo, y le manifesté cómo había quedado en posesión del paquete de naipes, en los cuales estaba escrito el enigma cifrado.

—¿Tiene usted una idea de lo que en realidad era su secreto?—preguntó el viejo enjuto.—Quiero decir, ¿sabe usted de dónde provenía su gran fortuna?

—Nada sé, absolutamente nada. Tal vez usted pueda decirnos algo, ¿no es verdad?

—No—dijo,—no puedo. De pronto se hizo rico, aun cuando un mes o dos antes había andado vagando y muriéndose de necesidad. Me encontró, y yo le di ciertos informes, los cuales me recompensó muy bien después. Fueron estos informes, según me dijo, los que formaron la clave para el secreto.