—¿Nada tenían que ver con este paquete de cartas y la cifra?—le interrogué impacientemente.
—No sé, pues jamás he visto las cartas de que usted hace mención. Cuando llegó aquí una noche fría, estaba exhausto, muerto de hambre y completamente abatido. Le hice comer, le di una cama para que descansara y le dije todo lo que quería saber. A la mañana siguiente, con dinero que yo le presté, tomó el tren para Londres, y cuando volví a saber algo de él, fue por una carta en que me comunicaba que había pagado a mi orden al Banco del condado, en York, mil libras esterlinas, como habíamos convenido que sería la suma que me pagaría por mis informes. Y les aseguro, caballeros, que nadie se quedó más sorprendido que yo, cuando al día siguiente recibí una carta del Banco confirmando la de él. Después depositó en el mismo Banco todos los años, el primero de enero, una suma igual, como un pequeño regalo, según él decía.
—¿Entonces, usted no lo volvió a ver más después de esa noche en que consiguió al fin encontrarlo?
—No, ni una sola vez—contestó Hales, dirigiéndose luego a su esposa que acababa de entrar, para decirle que estaba ocupado con nosotros en una conversación reservada y pedirle que nos dejara solos, lo cual hizo inmediatamente.—Burton Blair era un hombre de carácter original—continuó, volviéndose a mí,—y siempre lo fue. No hubo nunca mejor marino que comiera carne de buey salada, que él. Era un espléndido navegante y verdaderamente intrépido. Conocía tan bien el Mediterráneo como otros hombres conocen la calle Cable, en Whitechaple, y su vida había estado llena de aventuras. Pero en tierra era un loco atolondrado. Recuerdo con cuánta dificultad escapamos una vez con vida de una pequeña ciudad de la costa de Argelia. Movido por un impulso travieso, le levantó el velo a una niña árabe que encontramos en el camino, y cuando ella gritó pidiendo auxilio, nosotros apenas tuvimos tiempo de escapar corriendo velozmente, les aseguro—y se rió con ganas al recordar sus travesuras en tierra.—Pero los dos pasamos momentos duros en Camarones y en los Andes. Yo era mayor que él y cuando lo conocí por primera vez no pude menos de reírme de lo que creía era ignorancia suya. Pero pronto me di cuenta que él había sacado doble provecho que yo de sus viajes y aventuras en el corto tiempo que llevaba de navegación, pues tenía una hábil destreza para desertar e internarse en los puntos que deseaba, siempre que se le ofrecía una oportunidad. Peleó en media docena de revoluciones en los países de Centro y Sud América y solía decirnos que, en cierta ocasión, los rebeldes de Guatemala lo habían elegido su ministro de comercio.
—Sí—confirmé yo—era un hombre muy notable en muchos conceptos con una historia muy notable también. Desde el principio hasta el fin su vida era un misterio, y es ese misterio el que trato ahora, después de su muerte, de descubrir.
—¡Ah! Pero temo que sea una tarea muy difícil la suya—respondió su viejo amigo, sacudiendo la cabeza.—Blair era en todo sumamente reservado. No permitió jamás que su mano derecha supiera lo que su izquierda hacía. Nunca podrá usted conseguir conocer a fondo toda su viveza e ingenio, o sus motivos. ¿Y no puede usted adivinar la razón que ha tenido para dejarle su secreto?—añadió, como si hubiese sido un pensamiento repentino.
—Lo ha hecho sólo por gratitud. Pude en cierta ocasión prestarle una pequeña ayuda.
—Lo sé. Me contó todo lo sucedido, diciéndome cómo ustedes dos habían puesto en el colegio a su hija para que terminara su educación. Pero—continuó,—Blair ha tenido algún motivo para dejarle a usted esa cifra ininteligible; puede estar seguro. El sabía muy bien que jamás obtendría solo su solución.
—¿Por qué?
—Porque otros, antes que usted, lo han intentado y fracasaron.