—¿Quiénes son ellos?—inquirí, con gran sorpresa.
—Uno es Dick Dawson. Si lo hubiera conseguido, habría ocupado el lugar de Blair, transformándose en millonario. Lo que hay es que no ha sido perspicaz, y el secreto pasó a nuestro amigo.
—Entonces, ¿usted no cree que yo pueda descubrir alguna vez la solución del enigma cifrado?
—No—contestó el anciano, con mucha franqueza,—no lo creo, ni se lo predigo tampoco. ¿Y qué es de su hija?—añadió.—Me parece que se llamaba Mabel, ¿no es así?
—Está en Londres y ha heredado toda la fortuna—respondí. Al oír esto, la cara arrugada del viejo se iluminó con una severa sonrisa, y observó:
—No hay duda, hará una espléndida conquista matrimonial. ¡Ah! si usted pudiera conseguir que le dijera todo lo que sabe, lo pondría en posesión del secreto de su padre.
—¡Qué! ¿acaso ella lo conoce?—exclamé.—¿Está usted seguro de eso?
—Lo estoy; ella sabe la verdad. Pregúnteselo.
—Lo haré—declaré yo.—¿Pero no puede usted decirnos qué clase de informes le dio a Blair esa noche que al fin lo volvió a encontrar?—le pregunté persuasivamente.
—No—replicó en un tono decisivo,—fue un asunto reservado, y debe seguir siéndolo. Mis servicios fueron recompensados, y en cuanto a mí me concierne, yo me he lavado las manos y nada tengo que hacer de él.