—Pero usted puede decirme algo respecto a esta extraña pesquisa de Blair; algo, quiero decir, que pueda ponerme en la senda de la solución del secreto.
—El secreto de cómo obtuvo su fortuna, dice usted, ¿eh?
—Por cierto.
—¡Ah! mi estimado señor, eso no lo descubrirá nunca, fíjese bien, aun cuando llegue a vivir hasta los cien años. Burton Blair se cuidó bien de ocultar eso a todo el mundo.
—Y estuvo muy bien ayudado por hombres como usted—le dije, con un tanto de impertinencia,—me temo.
—Tal vez, tal vez, sí—replicó rápidamente, con su cara enrojecida.—Le prometí guardar silencio y he cumplido mi promesa, porque la posición desahogada y confortable de que gozo ahora, la debo únicamente a su generosidad.
—Un millonario puede hacer cualquier cosa, ciertamente. Su dinero le asegura sus amigos.
—Amigos, sí—respondió el anciano, gravemente;—pero no felicidad. El pobre Burton Blair era uno de los hombres más desgraciados, estoy bien seguro de eso.
Yo sabía que hablaba la verdad. El millonario me había confesado muchas veces, en confianza, que había sido mucho más feliz en sus días de penurias y atolondradas aventuras allende los mares, que ahora que era propietario de la gran mansión de West End y de la primera posesión rural del condado de Herefordshire.
—Atención—exclamó Hales, de pronto, paseando su mirada penetrante de Reginaldo a mí y sucesivamente,—voy a hacerles una advertencia—y bajó la voz hasta convertirse casi en un débil murmullo.—Ustedes dicen que Dick Dawson ha vuelto. ¡Tengan cuidado con él! ¡Pueden apostar su cabeza, seguros de que ese hombre tiene malas intenciones! ¡Tengan, también, mucho cuidado de su hija; ella sabe más de lo que ustedes piensan.