—Nosotros abrigamos una ligera sospecha de que Blair no ha muerto de causas naturales—observé.
—¿Tienen ustedes recelos?—exclamó, sobresaltado.—¿Por qué creen eso?
—Las circunstancias han sido tan notables, que nos han hecho entrar en dudas—repliqué, y entonces pasé a explicarle el trágico fin de nuestro amigo y todo lo sucedido, como ya he tenido ocasión de referirlo.
—¿No sospechan ustedes nada de Dick Dawson?—preguntó ansiosamente el anciano.
—¿Por qué? ¿Tenía algún motivo para desear verse libre de nuestro amigo?
—¡Ah! Yo no sé. Dick es un cliente muy entretenido. Siempre lo tuvo bajo su dominio a Blair. Formaban una pareja muy notable; el uno surgiendo como millonario, y el otro viviendo en el extranjero, creo que en Italia, en el mayor secreto y retiro.
—Dawson debía tener algún motivo muy poderoso para permanecer tan oculto—observé.
—Porque se veía obligado a estarlo—contestó Hales, con un movimiento misterioso de cabeza.—Existían razones para que él no asomase a la luz su rostro. Yo mismo me quedo asombrado de ver cómo se ha atrevido ahora a mostrarse.
—¡Qué!—grité ansiosamente,—¿acaso lo necesita la policía?
—Me imagino que no recibiría con agrado la visita de cualquiera de esos caballeros escudriñadores de la Scotland Yard—contestó el anciano, después de cierta vacilación.—Recuerden ustedes que yo no hago ninguna acusación, absolutamente ninguna. Sin embargo, si intenta cometer alguna mala acción, pueden ustedes mencionarle, como de paso, que Enrique Hales vive todavía, y está pensando en venir a Londres para hacerle una visita matinal. Observen entonces el efecto que estas palabras producirán en él—y el anciano se rió, añadiendo:—¡Ah! señor Pájaro Dawson, me imagino que todavía tiene que arreglar sus cuentas conmigo.