—¿Entonces nos ayudará usted?—exclamé con vehemencia.—¿Puede usted salvar a Mabel Blair si quiere?
—Haré todo lo que pueda—fue la respuesta de Hales,—porque reconozco que se está tramando por alguna parte una ingeniosísima conspiración.—Luego, después de una corta pausa, durante la cual rellenó de tabaco su pipa, y con sus ojos fijos en mí pensativamente, añadió:—Hace un momento que ha dicho usted que Blair le ha legado su secreto, pero no me ha explicado los términos exactos de su testamento. ¿No decía nada sobre eso?
—En la cláusula en que me hace la donación, hay una extraña copla que dice:
King Henry the Eighth
was a Knave to his queens,
He'd one short of seven
and nine or ten scenes!
e insiste también en que oculte el secreto a todos los hombres, exactamente como él lo ha hecho. Pero, estando cifrado el secreto—añadí,—me será imposible conocerlo.
—¿Y no tiene la clave?—sonrió el viejo marino, de rostro endurecido por las inclemencias del mar.
—¡Ninguna... salvo que la clave esté oculta dentro de esa rima!—exclamé, ocurriéndoseme, por primera vez, este extraño y rápido pensamiento. Y de nuevo repetí en alta voz la copla. Sí, todas las cartas de juego que hay en ese paquete de naipes, están mencionadas en ella:
King (rey), eight (ocho), Knave (sota),
Queen (reina), seven (siete),
nine (nueve), ten (diez).
Mi corazón dio un salto. ¿Sería posible que arreglando las cartas en el orden siguiente pudiera leerse el registro?
¡Si era eso así, entonces el extraño secreto de Burton Blair era mío al fin!