Manifesté mi sorprendente y súbita idea, y la cara tostada del anciano se iluminó con una sonrisa triunfante, exclamando:
—Arregle las cartas y haga la prueba.
XX
LA LECTURA DEL REGISTRO
El sobre que encerraba en su seno las treinta y dos cartas, estaba en mi bolsillo, junto con la fotografía pegada al lienzo; por lo tanto, despejé la cuadrada y vieja mesa de roble, las saqué ansiosamente y las coloqué encima de ella, mientras Reginaldo y el anciano me miraban faltos de aliento.
—El primero mencionado en la rima es el rey—dije.—Pongamos los cuatro reyes juntos.
Una vez arreglados, coloqué los cuatro ochos, las cuatro sotas, las reinas, ases, nueves y dieces, en el orden que llevaban en la poesía.
Reginaldo fue más rápido que yo en leer la primera columna y declaró que era un enredo enteramente ininteligible. Luego leí yo, y, profundamente decepcionado, me vi obligado a confesar que, después de todo, allí no se encontraba la clave.
Sin embargo, recordé lo que mi amigo de Leicester me había explicado, advirtiendo cómo podía encontrarse en la primera letra de cada carta, leyendo consecutivamente una tras otra en todo el paquete, y traté, repetidas veces, de arreglarlas de una manera inteligible, pero no tuve ningún éxito. La cifra seguía tan confusa y enigmática como siempre.
Noches enteras había pasado con Reginaldo, tratando, en vano, de descubrir algo, pero siempre había sido inútil, pues no habíamos podido nunca descifrar ni una sola palabra.