Cambié las letras de arriba a abajo, pero el resultado fue el mismo.

—No—observó el anciano Hales,—todavía no ha conseguido encontrar lo que buscaba; pero estoy seguro, sin embargo, de que anda cerca. Esa copla da la clave, usted me lo ha hecho notar.

—Sinceramente creo que es así, pero la cuestión es descubrir el arreglo conveniente de las cartas—declaré agitado y sin aliento.

—Justamente—observó Reginaldo con tristeza.—En eso está la ingeniosidad de la cifra. Es tan sencilla, y, sin embargo, tan extraordinariamente complicada a su vez, que las posibles combinaciones que pueden hacerse con ella ascienden a millones. ¡Piensa en ello!

—Pero tenemos la rima, la cual, distintamente, nos indica su arreglo.—Y volví a repetir la copla.—Es bastante claro, y debíamos haberlo visto desde un principio—respondí.

—Entonces, pruebe con el rey de un palo, con el ocho de otro, la sota de otro... y así con los demás—indicó Hales, agachándose con vivo interés sobre las pequeñas cartas.

Sin pérdida de tiempo seguí su consejo, y cuidadosamente volví a colocarlas de la manera que había dicho. Pero de nuevo el resultado fue ininteligible, pues no fue más que un grupo de letras enigmáticas engañadoras y decepcionantes.

Recordé lo que mi amigo, perito en la materia, me había dicho, y mi corazón se abatió profundamente.

—¿No conoce usted, en efecto, los medios por los que puede resolverse el problema?—le pregunté al anciano señor Hales, pues se había apoderado de mí en ese momento la sospecha de que él los conocía bien.

—Le aseguro que no puedo decirle nada—fue su rápida réplica,—porque no los conozco. Sin embargo, a mí me parece que esa copla forma, de alguna manera, la clave. Intente otro arreglo de las cartas.