«Entre el Puente del Diablo y la punta donde el Serchio se une al Lima, sobre la orilla izquierda, a cuatrocientos cincuenta y seis pasos desde la base del puente donde el sol brilla sólo una hora el cinco de abril y dos horas el cinco de mayo, a mediodía, descended veinticuatro escalones, detrás de los cuales puede un hombre defenderse de cuatrocientos. Hay dos grandes rocas, una a cada lado. En una de ellas se encontrará grabada una vieja E. Bajad a la mano derecha y hallaréis lo que buscáis. Pero primero encontrad al anciano que vive en la casa de las Encrucijadas.»
—¿Qué significará todo esto?—observó Reginaldo, y, volviéndose al señor Hales, añadió:—La última parte se refiere a usted.—El anciano se rió intencionalmente, y comprendimos que sabía más de los asuntos de Blair, que lo que quería confesar.
—Significa que en ese estrecho y romántico valle de Serchio se halla escondido algún secreto, y estas son las instrucciones para descubrirlo—dije.—Conozco el tortuoso río y el punto exacto donde, a través de los siglos, el agua ha conseguido abrirse paso sobre un lecho rocalloso y profundo lleno de peñascos gigantescos, saltos torrentosos y hondas lagunas. Sobre este puente se cuentan muchas extrañas historias del diablo, asegurándose que fue él en persona quien lo construyó, con la condición de tomar para sí el primer ser viviente que pasase por él, y que fue un perro. En realidad—añadí,—el paraje es uno de los más agrestes y románticos de toda la campiña toscana. Es extraño, también, que a sólo tres millas del lugar indicado viva en el monasterio capuchino fray Antonio.
—¿Quién es fray Antonio?—preguntó Hales, quien contemplaba aún las cartas con toda atención.
Le expliqué, y el anciano se sonrió, pero yo conocí que en la descripción del monje había reconocido a uno de los amigos de Blair, de los años pasados.
—¿Quién habrá escrito este registro?—le interrogué.—Blair no ha sido, eso es evidente.
—No—fue su contestación.—Ahora que legalmente le pertenece, por donación de nuestro amigo, y que ha conseguido descifrarlo, puedo, también, contarle algo más sobre eso.
—Sí, hágalo—gritamos ansiosamente los dos.
—Bien entonces; voy a referir cómo fue—explicó el enjuto anciano, apresando el tabaco en su larga pipa.—Hace varios años que era yo primer piloto del buque «Annie Curtis», de la matrícula de Liverpool, ocupado en el comercio de frutas del Mediterráneo y que regularmente hacía sus viajes entre Nápoles, Esmirna, Barcelona, Argelia y Liverpool. Nuestra tripulación era mixta, pues se componía de ingleses, españoles e italianos, y entre estos últimos había un viejo llamado Bruno. Era un individuo misterioso, originario de la Calabria, y entre los demás tripulantes se susurraba que había sido el jefe de una célebre partida de bandidos, que había sembrado el terror en la parte más al Sud de Italia, la cual había sido recientemente exterminada por los carabineros. Los otros italianos lo conocían por el sobrenombre de Baffitone, que, según creo, quiere decir Bigotudo.
Era muy trabajador, casi no bebía, y, al parecer, era bastante educado, porque hablaba y escribía bien el inglés, y, además, siempre estaba atormentando a los demás para que le hicieran enigmas y cifras, a cuya solución se dedicaba en sus momentos de ocio. Un día, que era la conmemoración de una fiesta religiosa, lo cual fue motivo de excusa para los italianos, pues lo aprovecharon como festivo, lo encontré en el castillo de proa escribiendo algo en un pequeño paquete de cartas. Trató de ocultarme lo que estaba haciendo; pero, despertada mi curiosidad, noté en el acto cómo las había arreglado, y ese hecho mismo me demostró qué cifra tan notablemente ingeniosa había descubierto.