El anciano se calló un momento, como si vacilara referirnos toda la verdad del asunto. Al fin, después de encender su pipa con una astilla, reanudó su relación, diciendo:

—Abandoné el mar, volví aquí al lado de mi esposa y pasaron seis años sin que supiera nada del italiano, hasta que un día, con aspecto de un hombre de recursos y vestido con un traje nuevo y sombrero duro, también nuevo, se presentó a verme. Todavía estaba en el «Annie Curtis», pero como la barca se hallaba en dique seco, él, según me dijo, había querido bajar a tierra para andar de jarana. Permaneció aquí dos días, y con su pequeña máquina fotográfica, adquisición muy reciente, evidentemente, anduvo sacando toda clase de vistas, incluyendo la de esta casa.

Antes de ausentarse me hizo depositario de sus secretos y me declaró que lo que a bordo de la barca se había sospechado era cierto, pues no era otro que el célebre Poldo Pensi, el bandido cuya osadía y ferocidad habían sido años antes narradas en verso y prosa en Italia. Sin embargo, desde que su partida había sido totalmente destruida, habíase reformado, y en vez de sacar provecho de ciertos datos que había adquirido durante su vida de bandolero, trabajaba para ganarse su subsistencia a bordo de un buque inglés. Los datos, según me dijo, los había obtenido de un cierto Cardenal Sannini, del Vaticano, a quien él tuvo secuestrado para conseguir un buen rescate, y eran de una índole tal, que podía convertirse en hombre de fortuna el día que quisiera serlo; pero, dado que el Gobierno de su país había ofrecido un gran premio por su captura, había resuelto ocultar su identidad y recorrer los mares. También me manifestó la noche antes de irse, aquí en esta pieza, donde estábamos sentados fumando, que el secreto estaba archivado en forma de registro cifrado, pero de una naturaleza tal, que ninguno que lo descubriera podría leerlo sin poseer la clave de la cifra.

—¡Entonces fue aquí, en estas cartas, donde le dejó estampado el secreto!—grité, interrumpiéndolo.

—Justamente. El secreto del Cardenal Sannini, obtenido por el famoso bandido Poldo Pensi, cuya terrible partida de bandoleros devastó media Italia hace veinticinco años, y que obligó al mismo Papa Pío IX a pagarle tributo, está escrito aquí, como usted lo acaba de descifrar.

—¿Y Pensi ha muerto?—pregunté.

—¡Oh! sí. Murió y fue enterrado en el mar, cerca del puerto de Lisboa, antes de que Burton Blair tomara posesión de las cartas. El secreto, según mis seguros informes, le fue arrancado a la fuerza al Cardenal Sannini, que, al atravesar la desierta e inhospitalaria región entre Reggio y Gerace, fue preso por Pensi y su gavilla, llevado a su baluarte, pequeña aldea de la montaña, como a tres millas de Micastro, y allí retenido prisionero, para exigir un gran rescate a la Santa Sede. Por ciertas razones ignoradas, parece que el astuto y anciano Cardenal no deseaba que el Vaticano tuviera conocimiento de su captura; por lo tanto, impuso como condición de su libertad que revelaría un secreto notabilísimo, el secreto escrito en estas cartas, lo cual hizo, y Pensi lo puso entonces en libertad, cumpliendo el compromiso.

—Pero Sannini era uno de los cardenales más altamente colocados en Roma—exclamé.—A la muerte de Pío IX se creyó que sería nombrado su sucesor en el Pontificado.

—Es cierto—observó el anciano, que parecía muy versado en toda la historia moderna de San Pedro, en Roma.—El secreto divulgado por el Cardenal, es, indudablemente, de inmenso valor, y si procedió así, fue para salvar su reputación, según creo, por lo que me dijo el bandido italiano, pues ellos habían descubierto que se encontraba en el extremo Sud de la península, contrariando las órdenes del Papa, que lo había mandado en opuesta dirección, y el objeto de éstos había sido promover una agitación religiosa, mal intencionada, contra Pío IX. De aquí que Sannini, en quien tanto confiaba Su Santidad, viose obligado a todo costo a ocultar la noticia de su captura, la cual debía permanecer absolutamente ignorada. Pensi me refirió cómo, antes de soltar al Cardenal, se trasladó, con el mayor sigilo, a cierto paraje de la provincia toscana y se cercioró de que el secreto que había revelado el gran eclesiástico era una realidad. Después de eso fue puesto en libertad, y, con una escolta que lo garantiera, marchó hasta Cosenza, donde tomó el tren para Roma.

—¿Pero cómo vino el secreto a poder de Burton Blair?—preguntó ansiosamente.