—¡Ah!—observó el viejo, mostrando las palmas de sus manos morenas y endurecidas,—esa es la cuestión. Sobre esas mismas cartas que usted tiene, sé que Poldo Pensi, el exbandido de Calabria, inscribió en inglés las instrucciones del Cardenal. En efecto, notará usted que la redacción revela que su autor ha sido un extranjero. Esas letras mayúsculas, casi borradas, fueron trazadas por él a bordo del «Annie Curtis», y conservó seguro su secreto hasta su muerte. Lo que él me refirió confidencialmente, no lo manifesté jamás a nadie hasta... vamos, hasta que Burton Blair me obligó a hacerlo esa noche en que reconoció esta casa por la fotografía sacada por Poldo, y me encontró de nuevo.
—¡Lo obligó!—exclamó Reginaldo.—¿Cómo?
XXI
PEOR QUE LA MUERTE
El alto y enjuto anciano me miró con sus ojos pardos y movió la cabeza.
—Burton Blair sabía demasiado—contestó evasivamente.—Según parece, después que yo me retiré llegó a ocupar el puesto de primer piloto, y Poldo, el hombre que había tenido en sus manos, para conseguir buenos rescates, a duques, cardenales y otros grandes hombres, trabajó a sus órdenes pacientemente. Algún tiempo después, Poldo cayó enfermo de un grave ataque de fiebre y murió, pero, aun cuando es bastante extraño, le dejó, así lo aseguraba Blair, el paquete de cartas con el secreto.
Dick Dawson, sin embargo, que estaba también en el buque como contramaestre, y que la mitad de su vida la ha pasado en bergantines italianos, en el Adriático, declara que esta historia es falsa, y que Blair robó la bolsita que encerraba las cartas de debajo de la almohada de Poldo, media hora antes de que éste muriera.
Sea esto verdad o mentira, sin embargo, los hechos quedan en pie, y son: que Poldo debió dejar escapar en medio del delirio de la fiebre parte de su secreto, y que Blair vino a ser el dueño de las pequeñas cartas. Tres semanas después de la muerte del italiano, Blair, al desembarcar en Liverpool, llevando consigo las cartas y la instantánea, emprendió ese larguísimo y fatigoso viaje por todos los caminos de Inglaterra, con el fin de encontrarme y conocer por mi intermedio la clave del secreto del famoso bandido, la cual yo poseía.
—Y cuándo consiguió encontrarlo, ¿qué sucedió?
—Afirmó solemnemente que Bruno se las había dado como un regalo de moribundo, y que la razón que tenía para buscarme era porque el viejo bandido, antes de morir, pidió ver la fotografía que estaba en su cofre de a bordo, y contemplándola un largo rato, le dijo en italiano, reflexivamente: «En esta casa vive el único hombre que conoce mi secreto.»