Esa fue la razón que evidentemente tuvo Blair para posesionarse de la fotografía, después de la muerte del italiano.

Cuando llegó aquí, me mostró el paquete de cartas, y me prometió mil libras esterlinas si le revelaba las confidencias del italiano. Como éste había fallecido, no hallé razón por qué negarme, y en cambio de la promesa del pago de dicha suma, le dije lo que quería saber, y entre otras cosas, le expliqué el arreglo de las cartas, de modo que pudo descifrarlas. La clave de la cifra la había descubierto ese día de fiesta que encontré a Poldo en el castillo de proa escribiendo un mensaje sobre las cartas, evidentemente dedicado para el Cardenal residente en Roma, porque después he sabido que el bandido y el eclesiástico, antes de la muerte de este último, mantenían frecuente pero secreta comunicación.

—Pero el tal Dawson debe haber sacado enorme beneficio de la revelación hecha por Blair—observé.—Parece que han sido amigos muy íntimos.

—Por cierto que ha sacado provecho—respondió Hales.

Blair, en posesión de este notable secreto, tenía un terror mortal a Dick, que podía declarar, como ya lo había hecho, que se le había robado al moribundo. Sabía muy bien que Dawson era un marino sin escrúpulos, del peor tipo que puede haber; por lo tanto, consideró muy prudente, supongo yo, entrar en sociedad con él y que le ayudase a explotar el secreto. Pero el pobre Blair debe haber estado siempre en las manos de Dawson, aun cuando es evidente que sus ganancias fueron enormes. Las de Dick no han sido menores, a pesar de que éste ha vivido, al parecer, en el más absoluto retiro y obscuridad.

—Dawson tenía miedo de venir a Inglaterra—observó Reginaldo.

—Sí—contestó el anciano.—Hace algunos años que hubo en Liverpool un feo incidente, y esa es la razón que ha tenido.

—¿Pero no existe ninguna prueba negativa de que el bandido reformado no le haya regalado el paquete de naipes a Blair?—pregunté enérgicamente.

—Ninguna. Por mi parte creo que Poldo se lo debió dar a Blair y recomendarle que volviera a tierra y me buscase, porque él había sido bueno y había tenido para con él muchas pequeñas finezas durante repetidas enfermedades. Poldo, al abandonar sus malas hazañas, se había hecho muy religioso y solía asistir a las misiones para los hombres de mar cuando estaba en tierra, como también Blair era, según ustedes saben, un hombre muy temeroso de Dios para ser marino. Cuando recuerdo todas las circunstancias, pienso que era muy natural que Poldo entregase el secreto del Cardenal, muerto, en manos de su mejor amigo.

—El lugar indicado es cerca de Lucca, en Toscana—observé.—Usted dice que el tal Poldo Pensi ha estado allí y ha hecho averiguaciones. ¿Qué fue lo que encontró?