—Aceptado—le dije.—Blair fue siempre muy reticente. Se consagró a resolver un misterio y consiguió su objeto.
—Y con eso ganó una fortuna de más de dos millones de libras esterlinas, que todavía las gentes consideran un misterio. Sin embargo, no hay misterio en esos montones de cauciones que están depositadas en sus Bancos, como no lo hubo en el dinero con que las compró—rió.—Fue en buenos billetes del Banco de Inglaterra y en sólidas monedas de oro del reino. Pero ya el pobre no existe; todo ha acabado—añadió con un aire algo pensativo.
—Pero su secreto existe aún—observó Reginaldo.—El lo ha legado a mi amigo.
—¡Qué!—estalló el tuerto, dándose vuelta hacia mí con verdadero espanto.—¿Le ha dejado a usted su secreto?
Parecía completamente trastornado por las palabras de Reginaldo, y noté el brillo perverso de su mirada.
—Me lo ha dejado. El secreto es mío ahora—repuse, aun cuando no le dije que la misteriosa bolsita de gamuza se había extraviado.
—¿Pero no sabe usted, hombre, lo que eso implica?—gritó, poniéndose de pie delante de mí y entrelazando y retorciendo sus delgados dedos nerviosa y agitadamente.
—No, no lo sé—contesté riendo, pues trataba de aparentar que tomaba sus palabras con ligereza.—Me ha dejado como legado la bolsita que llevaba siempre consigo, junto con ciertas instrucciones interesantes que me esforzaré en cumplir.
—Muy bien—gruñó.—Proceda como le parezca más conveniente; pero prefiero que haya usted quedado dueño del secreto y no yo, eso es todo.
Su disgusto y terror aparentemente no conocían límites. Luchó por ocultar sus sentimientos, pero todo esfuerzo fue en vano. Era evidente que existía alguna razón muy poderosa para tratar de impedir que el secreto viniera a mis manos; pero su creencia de que la bolsita ya estaba en mi poder destruía mi sospecha de que este misterioso hombre estaba ligado a la muerte extraña de Burton Blair.