—Créame, señor Dawson—le dije, con la mayor calma,—no abrigo temor alguno del resultado de la bondadosa generosidad de mi amigo. En verdad, no veo qué motivo pueda haber para abrigar ningún recelo. Blair descubrió un misterio que, a fuerza de paciencia y esfuerzos casi sobrehumanos, consiguió resolver, y presumo que, guiado, probablemente, por un sentimiento de gratitud por la pequeña ayuda que mi amigo y yo pudimos hacerle, ha dejado su secreto bajo mi custodia.

El hombre permaneció silencioso durante unos minutos con su único ojo fijo en mí, inmóvil e irritado.

—¡Ah!—exclamó al fin con impaciencia.—Veo que lo ignora usted todo completamente. Tal vez es mejor que siga así.—Luego añadió:—Hablemos ahora de otro asunto, del porvenir.

—¿Y qué tiene el porvenir?—le interrogué.

—He sido nombrado secretario de Mabel Blair y administrador de sus bienes.

—Y yo le prometí en su lecho de muerte a Burton Blair defender y proteger los intereses de su hija—le dije, en una voz tranquila y fría.

—¿Puedo, entonces, preguntarle, ya que tratamos el asunto, si abriga usted intenciones matrimoniales respecto a ella?

—No, no debe usted preguntarme nada de eso—grité enfurecido.—Su pregunta es una injuriosa impertinencia, señor.

—Vamos, vamos, Gilberto—interrumpió Reginaldo.—No hay necesidad de promover una disputa.

—No, por cierto—declaró con aire imperioso el señor Ricardo Dawson.—La pregunta es bien sencilla, y como futuro administrador de la fortuna de la joven, tengo perfecto derecho de hacerla. Entiendo—añadió,—que se ha convertido en una niña muy atrayente y amable.