—Me niego a responder a su pregunta—manifesté con vehemencia.—Yo también podría preguntarle por qué razón ha estado usted todos estos años pasados viviendo ocultamente en Italia o por qué recibía su correspondencia dirigida a una casa de una calle secundaria de Florencia.
Su rostro perdió sus bríos, sus cejas se contrajeron ligeramente, y noté que mi observación le había causado cierto recelo.
—¡Oh! ¿Y cómo sabe usted que he vivido en Italia?
Pero con el fin de extraviarlo y confundirlo, me sonreí misteriosamente y respondí:
—El hombre que posee el secreto de Burton Blair también conoce ciertos secretos concernientes a sus amigos.—Luego añadí intencionadamente:—El Ceco es bien conocido en Florencia y en Lucca.
Su cara se puso blanca, sus delgados dedos nervudos se agitaron de nuevo y la contorsión que estremeció las comisuras de su boca, demostraron cuán profunda e intensa había sido la impresión que le había producido la mención de su sobrenombre.
—¡Ah!—exclamó.—Blair me ha traicionado, entonces me ha jurado en falso, después de todo. ¿Eso les dijo a ustedes, eh? ¡Muy bien!—Y se rió con la extraña risa hueca del hombre que contempla la venganza.—Muy bien, caballeros. Veo que en este asunto, mi posición es la de un intruso.
—Hablándole con franqueza, señor, le diré que justamente es así—intervino Reginaldo.—Era usted desconocido hasta que se leyó el testamento del muerto, y no creo anticiparme en afirmar que la señorita Blair tendrá cierta inquietud de verse obligada a ocupar a un extraño.
—¡Un extraño!—rió con altanero sarcasmo.—¡Dick Dawson un extraño! No, señor, usted verá que para ella no soy un extraño. Por otra parte, pienso que también tendrá oportunidad de saber que la joven acogerá bien mi intención en vez de desagradarle. Esperen y verán—añadió, con un tono sumamente confiado.—Mañana tengo intención de ir a la oficina del señor Leighton, y hacerme cargo de mis obligaciones como secretario de la hija del difunto millonario Burton Blair—y acentuando las últimas palabras, se rió de nuevo en nuestras caras desafiadoramente.
No era un caballero. En el momento en que entró en la pieza lo conocí. Su aspecto externo era el de un hombre que ha tenido contacto con gente respetable, pero era sólo un barniz superficial, pues cuando perdía la calma y se agitaba, demostraba que era tan rudo como el tosco hombre de mar que tan repentinamente había expirado. Su acento era pronunciadamente londinense, a pesar de que se decía que, como había residido tantos años en Italia, se había convertido casi en un italiano. Un hijo verdaderamente de Londres no puede nunca ocultar sus enes nasales aun cuando haya pasado su vida en el más lejano confín del mundo. Ambos nos habíamos dado cuenta rápidamente de que el desconocido, aun cuando de contextura más bien delgada, era extraordinariamente muscular. Y este era el hombre que celebraba esas frecuentes entrevistas secretas con Fray Antonio, el grave monje capuchino.