Repito que á Casio le tengo por hombre honrado.
OTELO.
Eso no es decírmelo todo. Declárame cuanto piensas y recelas, hasta lo peor y más oculto.
YAGO.
Perdonadme, general: os lo suplico. Yo estoy obligado á obedeceros en todo, menos en aquellas cosas donde ni el mismo esclavo debe obedecer. ¿Revelaros mi pensamiento? ¿Y si mi pensamiento fuera torpe, vil y menguado? ¿En qué palacio no penetra alguna vez la alevosía? ¿En qué pecho no caben injustos recelos y cavilosidades? Hasta con el más recto juicio pueden unirse bajos pensamientos.
OTELO.
Yago, faltas á la amistad, si creyendo infamado á tu amigo, no le descubres tu sospecha.
YAGO.
¿Y si mi sospecha fuera infundada? Porque yo soy naturalmente receloso y perspicaz, y quizá veo el mal donde no existe. No hagais caso de mis malicias, vagas é infundadas, ni perturbeis vuestro reposo por ellas, ni yo como hombre honrado y pundonoroso debo revelaros el fondo de mi pensamiento.
OTELO.