Laertes.—¡Oh, calor activo, abrasa mi cerebro! ¡Lágrimas en extremo cáusticas, consumid la potencia y la sensibilidad de mis ojos! Por los cielos te juro que esa demencia tuya será pagada por mí con tal exceso, que el peso del castigo tuerza el fiel y baje la balanza... ¡Oh, rosa de mayo! ¡amable niña! ¡mi querida Ofelia! ¡mi dulce hermana!... ¡Oh cielos! ¿y es posible que el entendimiento de una tierna joven sea tan frágil como la vida del hombre decrépito?... Pero la naturaleza es muy fina en amor y cuando éste llega al exceso, el alma se desprende tal vez de alguna preciosa parte de sí misma, para ofrecérsela en don al objeto amado.

Ofelia.—Lleváronle en su ataúd
con el rostro descubierto.
Ay no ni, ay ay ay no ni.
Y sobre su sepultura
muchas lágrimas llovieron.
Ay no ni, ay ay ay no ni.

Adiós, querido mío. Adiós.

Laertes.—Si gozando de tu razón me incitaras á la venganza, no pudieras conmoverme tanto.

Ofelia.—Debéis cantar aquello de:

Abajito está:
llámele, señor, que abajito está.

¡Ay, qué á propósito viene el estribillo!... El pícaro del mayordomo fué el que robó á la señorita.

Laertes.—Esas palabras vanas producen mayor efecto en mí, que el más concertado discurso.

Ofelia.—Aquí traigo romero, que es bueno para la memoria. (A Laertes). Tomad, amigo, para que os acordéis... Y aquí hay trinitarias, que son para los pensamientos.

Laertes.—Aun en medio de su delirio quiere aludir á los pensamientos que la agitan y á sus memorias tristes.