Ofelia (á Gertrudis).—Aquí hay hinojo para vos, y palomillas y ruda... para vos también, y esto poquito es para mí... Nosotros podemos llamarla hierba santa del domingo... vos la usaréis con la distinción que os parezca... (A Claudio). Esta es una margarita... Bien os quisiera dar algunas violetas; pero todas se marchitaron cuando murió mi padre. Dicen que tuvo un buen fin.

Un solitario
de plumas vario
me da placer.

Laertes.—Ideas funestas, aflicción, pasiones terribles, los horrores del infierno mismo, todo en su boca es gracioso y suave.

Ofelia.—Nos deja, se va,
y no ha de volver.
No, que ya murió,
no vendrá otra vez...
Su barba era nieve,
su pelo también.
Se fué ¡dolorosa
partida! se fué.
En vano exhalamos
suspiros por él.
Los cielos piadosos
descanso le den.

A él y á todas las almas cristianas. Dios lo quiera... ¡Eh! señores, adiós.

ESCENA XVIII
CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES

Laertes.—¡Veis esto, Dios mío!

Claudio.—Yo debo tomar parte en tu aflicción, Laertes: no me niegues este derecho. Oyeme aparte. Elige entre los más prudentes de tus amigos aquéllos que te parezca. Oigannos á entrambos, y juzguen. Si por mí propio ó por mano ajena resultó culpado, mi reino, mi corona, mi vida, cuanto puedo llamar mío, todo te lo daré para satisfacerte. Si no hay culpa en mí, deberé contar otra vez con tu obediencia, y unidos ambos, buscaremos los medios de aliviar tu dolor.

Laertes.—Hágase lo que decís... Su arrebatada muerte, su obscuro funeral, sin trofeos, armas, ni escudos sobre el cadáver, ni debidos honores, ni decorosa pompa; todo, todo está clamando del cielo á la tierra por un examen el más riguroso.

Claudio.—Tú le obtendrás, y la segur terrible de la justicia caerá sobre el que fuere delincuente. Ven conmigo.