Hamlet.—¿Qué tiene la reina?
Claudio.—Se ha desmayado al veros heridos.
Gertrudis.—No, no... ¡La bebida!... ¡Querido Hamlet!... ¡La bebida!.... ¡Me han envenenado!
(Queda muerta en la silla).
Hamlet.—¡Oh, qué alevosía!... ¡Oh!... Cerrad las puertas... Traición... Buscad por todas partes...
Laertes.—No, el traidor está aquí. (Dirá esto sostenido por Enrique). Hamlet, tú eres muerto... No hay medicina que pueda salvarte: vivirás media hora apenas... En tu mano está el instrumento aleve, bañada con ponzoña su aguda punta... ¡Volvióse en mi daño la trama indigna!... Vesme aquí postrado para no levantarme jamás... Tu madre ha bebido un tósigo... No puedo proseguir... El rey, el rey es el delincuente.
(Claudio quiere huir. Hamlet corre á él furioso, y le atraviesa la espada por el cuerpo. Toma la copa envenenada, y se la hace apurar por fuerza. Le deja muerto en el suelo, y vuelve á oir las últimas palabras de Laertes.)
Hamlet.—¿Está envenenada esta punta? Pues, veneno, produce tus efectos.
Todos.—Traición, traición.
Claudio.—Amigos, estoy herido... Defendedme.