Guillermo.—¿Cómo?

Hamlet.—Me pides una respuesta, y mi razón está un poco achacosa: no obstante, responderé del modo que pueda á cuanto me mandes, ó por mejor decir, á lo que mi madre me manda. Con que nada hay que añadir en esto. Vamos al caso. Tú has dicho que mi madre...

Ricardo.—Señor, lo que dice es que vuestra conducta la ha llenado de sorpresa y admiración.

Hamlet.—¡Oh maravilloso hijo, que así ha podido aturdir á su madre! Pero díme, ¿esa admiración no ha traído otra consecuencia? ¿No hay algo más?

Ricardo.—Sólo que desea hablaros en su gabinete antes que os vayáis a recoger.

Hamlet.—La obedeceré, si diez veces fuera mi madre. ¿Tienes algún otro negocio que tratar conmigo?

Ricardo.—Señor, yo me acuerdo de que en otro tiempo me estimabais mucho.

Hamlet.—Y ahora también. Te lo juro por estas manos rateras.

Ricardo.—Pero ¿cuál puede ser el motivo de vuestra indisposición? Eso, por cierto, es cerrar vos mismo las puertas á vuestra libertad, no queriendo comunicar con vuestros amigos los pesares que sentís.

Hamlet.—Estoy muy atrasado.