Cuantos accidentes ocurren, todos me acusan, excitando á la venganza mi adormecido aliento. ¿Qué es el hombre que funda su mayor felicidad, y emplea todo su tiempo sólo en dormir y alimentarse? Es un bruto y no más. No: aquel que nos formó dotados de tan extenso conocimiento, que con él podemos ver lo pasado y lo futuro, no nos dió ciertamente esta facultad, esta razón divina, para que estuviera nosotros sin uso y torpe. Sea, pues, brutal negligencia, sea tímido escrúpulo que no se atreve á penetrar los casos venideros (proceder en que hay más parte de cobardía que de prudencia), yo no sé para qué existo, diciendo siempre: razón, voluntad, fuerza y medios para ejecutarla. Por todas partes hallo ejemplos grandes que me estimulan. Prueba es bastante ese fuerte y numeroso ejército conducido por un príncipe joven y delicado, cuyo espíritu impelido de ambición generosa desprecia la incertidumbre de los sucesos, y expone su existencia frágil y mortal á los golpes de la fortuna, á la muerte, á los peligros más terribles, y todo por un objeto de tan leve interés. El ser grande no consiste, por cierto, en obrar sólo cuando ocurre un gran motivo, sino en saber hallar una razón plausible de contienda, aunque sea pequeña la causa, cuando se trata de adquirir honor. ¿Cómo, pues, permanezco yo en ocio indigno, muerto mi padre alevosamente, mi madre envilecida... estímulos capaces de excitar mi razón y mi ardimiento, que yacen dormidos? Mientras para vergüenza mía veo la destrucción inmediata de veinte mil hombres, que por un capricho, por una estéril gloria van al sepulcro como á sus lechos, combatiendo por una causa que la multitud es incapaz de comprender, por un terreno que aun no es suficiente sepultura á tantos cadáveres... ¡Oh! de hoy más, ó no existirá en mi fantasía idea ninguna, ó cuantas forme serán sangrientas.
ESCENA XI
Galería de palacio
GERTRUDIS, HORACIO
Gertrudis.—No, no quiero hablarla.
Horacio.—Ella insta por veros. Está loca, es verdad; pero eso mismo debe excitar vuestra compasión.
Gertrudis.—¿Y qué pretende? ¿Qué dice?
Horacio.—Habla mucho de su padre: dice que continuamente oye que el mundo está lleno de maldad; solloza, se lastima el pecho, y airada trastorna con el pie cuanto tal pasar encuentra. Profiere razones equívocas en que apenas se halla sentido; pero la misma extravagancia de ellas mueve á los que las oyen á retenerlas, examinando el fin con que las dice, y dando á sus palabras una combinación arbitraria, según la idea de cada uno. Al observar sus miradas, sus movimientos de cabeza, su gesticulación expresiva, llegan á creer que puede haber en ella algún asomo de razón; pero nada hay de cierto sino que se halla en el estado más infeliz.
Gertrudis.—Será bien hablarla, antes que mi repulsa esparza conjeturas fatales en aquellos ánimos que todo lo interpretan siniestramente. Hazla venir. (Vase Horacio). El más frívolo acaso parece á mi dañada conciencia presagio de algún grave desastre. Propia es de la culpa esta desconfianza. Tan lleno está siempre de recelos el delincuente, que el temor de ser descubierto hace tal vez que él mismo se descubra.
ESCENA XII
GERTRUDIS, OFELIA, HORACIO
Ofelia.—¿En dónde está la hermosa reina de Dinamarca?
Gertrudis.—¿Cómo va, Ofelia?