Algunos días después de estos sucesos[1], Timócares llegó de Atenas con algunas naves e inmediatamente verificose un combate naval entre atenienses y lacedemonios, quedando vencedores estos últimos bajo la dirección de Agesándridas[2].
Poco después y a principios del invierno, Dorieo[3], hijo de Diágoras, partió de Rodas y llegó al Helesponto al clarear el día. El centinela de los atenienses que debía anunciarle señaló su presencia a los generales, los cuales se hacen a la vela contra él con veinte naves. Huye ante ellos Dorieo, y vara las naves en los alrededores de Reteo[4]. Acércanse los atenienses, y combaten junto a las naves y en la costa, hasta que se juntan con el resto del ejército en Mádito[5], sin haber realizado cosa alguna de provecho.
Durante este tiempo, Míndaro[6], que ofrecía en Ilión un sacrificio a Minerva Atenea, viendo el combate, se dirige a socorrerlos; se hace a la vela con sus trirremes, y alcanza el puerto donde estaban las naves de Dorieo. Hácenle frente los atenienses, y junto a la costa de Abido libran un combate naval que dura hasta la noche. Mientras se dudaba de quién quedaba vencedor o vencido, llega Alcibíades[7] con veintidós naves, e iníciase la retirada de los peloponesios hacia Abido. Sobreviene después en su auxilio Farnabazo[8], y metiendo el caballo en el agua hasta donde le es posible, incita peleando a que hagan lo mismo los infantes y los caballos que le acompañan; reúnen los peloponesios sus naves, y alineados en orden de batalla combaten junto a la costa. Los atenienses vuélvense hacia Sesto, llevando consigo treinta naves enemigas que encontraron vacías después de haber recuperado cuantas habían antes perdido. Desde aquella población, dejando en ella cuarenta naves, se hacen a la vela en distintas direcciones, con objeto de recoger dinero, y Trasilo, uno de los generales, se dirige a Atenas para anunciar esta fausta nueva y para pedir hombres y naves. Después de todo esto, llega Tisafernes al Helesponto; dirígese a él Alcibíades con una sola trirreme, con objeto de ofrecerle los dones de hospitalidad y los presentes de amistad; pero hácele prender aquel y encerrarle en Sardes, diciendo que el rey[9] le ha dado orden de hacer la guerra a los atenienses. Treinta días después, Alcibíades, habiendo podido procurarse caballos, huye de noche con Mantíteo[10], otro prisionero en Caria, y se dirigen durante la noche a Clazómenas.
Los atenienses que estaban en Sesto, al saber que Míndaro va a hacerse a la vela contra ellos con sesenta naves, huyen durante la noche a Cardia[11], donde llega también Alcibíades desde Clazómenas con cinco trirremes y un buque costero; pero informado de que las naves peloponesias desde Abido se han dirigido a Cícico, llega a Sesto por tierra, y manda a sus navíos se le reúnan en dicho punto dando un rodeo. Después que estos llegaron, y cuando estaban a punto de levar anclas para marchar al combate, sobreviene Terámenes con veinte naves, viniendo de Macedonia, así como Trasíbulo con otras veinte de Tasos, habiendo recogido ambos algún dinero. Ordénales en seguida Alcibíades que amainen velas, y todos juntos navegan hacia Pario. Reunidos allí ochenta y seis buques, se hacen a la vela al día siguiente y al otro llegan a Proconeso a la hora del almuerzo, donde tienen conocimiento de que Míndaro y Farnabazo, con las tropas de infantería, están en Cícico, por lo cual permanecen a la expectativa todo el día en aquel sitio. Al siguiente, convoca Alcibíades una asamblea, en la cual manifiesta la necesidad en que se hallan de combatir por tierra y bajo los muros. «En efecto —dice—, no tenemos dinero, y los enemigos recíbenlo todo en abundancia de parte del rey.»
La noche anterior, al anclar, había reunido alrededor de la suya a todas las naves, aun las más pequeñas, a fin de que nadie pudiese participar al enemigo el número de buques con que contaba, e hizo pregonar pena capital para todo el que fuera sorprendido dirigiéndose a la opuesta costa. Disuelta la asamblea, se prepara para el combate y se dirige sobre Cícico, mientras llovía fuertemente; al llegar junto a dicha población, y gracias a una momentánea claridad y a los rayos del sol, ve las naves de Míndaro, en número de sesenta, maniobrando fuera del puerto, de manera que puede cortarles la retirada. Al ver los peloponesios las naves de Atenas en número mayor que antes y junto al puerto, huyen en dirección a la costa, y haciéndolas varar, hacen frente al enemigo, que se dirige hacia ellos; Alcibíades hace dar un rodeo a sus veinte naves, y desembarca en la playa, como lo hace también al verlo Míndaro, quien recibe la muerte combatiendo, y los suyos se declaran en fuga. Los atenienses conducen todas las naves a Proconeso, a excepción de las de los siracusanos, pues ellos mismos les pegaron fuego.
Al día siguiente hácense a la mar los atenienses en dirección a Cícico, cuyos habitantes, abandonados por los peloponesios y por Tisafernes, le reciben en sus muros; quédase allí Alcibíades durante veinte días, recibe grandes cantidades de los de Cícico, y sin hacerles ningún daño se retira a Proconeso. De allí navega hacia Perinto y Selimbria. Los perintios reciben al ejército dentro de sus muros, y los selimbrios no les abren las puertas, pero les dan dinero. Inmediatamente dirígense a Crisópolis, en Calcedonia, población que fortifican, y donde establecen un contador para exigir el diezmo de las naves que salgan del Ponto Euxino, y dejan en ella una guarnición de treinta naves y dos generales, Terámenes y Éumaco, encargados de vigilar la plaza y las naves que pasen delante de ella, así como de hacer todo el daño posible a los enemigos. Los otros generales parten para el Helesponto. Cae en manos de los atenienses una carta de Hipócrates, el segundo de Míndaro, que remiten a Atenas, y que contenía estas palabras:
«Terminaron nuestras victorias; Míndaro ha perecido; están hambrientos los soldados: no sabemos qué hacer.»[12]
Farnabazo exhorta al ejército peloponesio y a sus aliados a no apesadumbrarse a causa de algunos leños, pues hay madera en abundancia en los dominios del rey, y todo va bien cuando se conserva la vida; regala a los soldados un traje y el sueldo de dos meses, y después de armar a los marineros, establece guarniciones en el litoral. Convoca luego a los generales de las ciudades y a los comandantes de las naves, les ordena construyan en Antandro tantas trirremes como cada uno haya perdido, y entregándoles el dinero necesario, les dice pueden construirlos con las maderas de los bosques del Ida. Mientras se construyen los buques, los siracusanos, unidos a los habitantes de Antandro, terminan las murallas, y son las tropas más disciplinadas de la guarnición, por lo cual se les concede en dicha ciudad el título de bienhechores y el derecho de ciudadanía. Habiéndolo dispuesto todo de esta manera, Farnabazo se dirige en seguida en socorro de Calcedonia.
Hacia este tiempo se anuncia a los generales siracusanos, que han sido desterrados por el pueblo. Reúnen, pues, a sus soldados, y por medio de Hermócrates deploran las desgracias de ser todos víctimas de un destierro injusto e ilegal; excitan a los soldados a que sean siempre tan valientes como hasta entonces, y a que se muestren siempre celosos en el cumplimiento de sus deberes, y luego los mandan elijan jefes hasta la llegada de los que deben sustituirles. Los soldados gritan con entusiasmo que deben conservar el mando: tal es el deseo unánime de los comandantes de las naves, de los marinos[13] y de los pilotos. Objétanles los generales que es preciso no insubordinarse contra su patria, y que si tienen algo que reprocharles pueden hacer uso de la palabra.
—«Acordaos —añaden— de todas las victorias navales que habéis alcanzado, de todas las naves que habéis tomado con vuestras solas fuerzas, de todas las ocasiones en que, reunidos a otras tropas, os habéis mostrado bajo nuestras órdenes invencibles y tenaces en vuestro puesto, gracias a vuestro valor y a nuestras excitaciones, así en la tierra como en el mar.»