—¿Viste cuán hermoso es su hijo? dice nuevamente Agesilao.
—Ya lo creo; anoche cené con él.
—Pues dicen que más hermosa es su hija.
—Por Júpiter, no dicen nada que no sea verdad.
—Pues bien —añade Agesilao—, ya que somos amigos, vería con mucho gusto que te casases con ella, pues dices es tan hermosa, cualidad que es la mejor condición para el esposo. Su padre es de elevado nacimiento, y suficientemente poderoso para haber podido vengarse, como ves, de las injusticias de Farnabazo, arrojándole de toda esta comarca; fácilmente comprenderás, que así como ha podido vengarse de este enemigo, podrá favorecer también al que esté ligado con él por la amistad. Piensa además, que al realizar mis deseos, no solo entras en la parentela de Espitrídates, sino también en la mía y en la de todos los espartanos, y como que mandamos sobre toda Grecia, en la de toda ella. ¿Quién habrá tenido unas bodas más espléndidas si a ello te decides? y ¿qué novia habrá tenida jamás un cortejo tan numeroso de caballeros, peltastas y hoplitas, como la tuya al ser conducida a tu morada?
—Agesilao —dice entonces Otis—, ¿tiene la aprobación de Espitrídates cuanto me dices?
—Por los dioses —contesta Agesilao—, no me ha indicado que te hablase de ese asunto, pero yo, si tengo gran placer al vengarme de un enemigo, mucho mayor le experimento cuando puedo hacer algún bien a mis amigos.
—¿Por qué pues —dice Otis—, no te enteras si sería esto de su agrado?
—Herípidas y todos vosotros —dice Agesilao, dirigiéndose a los demás que están con ellos—, id a verle y convencedle para que consienta en lo que todos deseamos.»
Levántanse estos y le hablan de este asunto, pero como tardasen en volver,