—«¿quieres Otis —dice Agesilao—, que le hagamos venir? Me parece que le convenceremos más pronto que todos estos juntos.»
Hace llamar entonces Agesilao a Espitrídates y a cuantos habían ido a hablarle. Cuando llegan, díceles Herípidas:
—«¿Para qué decirte, Agesilao, detalladamente cuanto hemos hablado? Bástete saber que Espitrídates ha consentido en hacer cuanto desees.
—Paréceme pues, conveniente —dice Agesilao— y cosa próspera y feliz que des tu hija en matrimonio a Otis, y que tú, Otis, te cases con ella.
—Sin embargo, hasta la primavera próxima —dice Espitrídates— no podremos hacer venir por tierra a mi hija.
—Por Júpiter —exclama Otis—, si tú quieres puede venir inmediatamente por mar.»
Después de esto, entrelázanse ambos las manos y acompañan a Otis a su casa. Agesilao, viendo la impaciencia de Otis, hace equipar una trirreme y da orden al lacedemonio Calias para que vaya a buscar a la novia.
Adelántase él mismo hacia Dascilio donde se hallaban los palacios de Farnabazo, rodeados de grandes poblaciones completamente aprovisionadas, con caza abundante en los parques cerrados o en los lugares descubiertos, atravesando por allí un río con toda clase de peces, y aves de toda clase para quien quisiera cazarlas. En este lugar es donde sitúa sus cuarteles de invierno alimentando a su ejército con las expediciones de las partidas de forrajeadores. Hallábase el ejército completamente descuidado y sin parar mientes los soldados en su vigilancia por la falta de resistencia, cuando sorpréndeles un día Farnabazo con diez carros armados de hoces y cuatrocientos caballos, mientras se hallaban dispersos por la llanura en busca de víveres. Al verle avanzar, los griegos se reúnen corriendo en número de unos setecientos, pero esto no le detiene, sino que haciendo avanzar a los carros y colocándolos detrás con su caballería, da la orden de ataque. Lanzados los carros, ponen en confusión al grueso de aquella fuerza y pronto la caballería les causa unas cien bajas, y los restantes se refugian junto a Agesilao, que con los hoplitas no estaba lejos.
Tres o cuatro días después recibe Espitrídates noticia de que Farnabazo se halla acampado en Cave, importante población situada a unos ciento setenta estadios de donde se encontraban. Comunícalo inmediatamente a Herípidas, el que deseando fogosamente distinguirse por alguna hazaña, pide dos mil hoplitas y otros tantos peltastas a Agesilao así como la caballería de Espitrídates, los paflagonios y cuantos griegos deseen seguirle, obteniendo lo cual, ofrece el sacrificio que termina al anochecer después de haber conseguido signos favorables. Manda que después de la comida se reúnan los expedicionarios en las avanzadas, pero como era ya muy oscuro salen solo la mitad de las tropas.
Temiendo Herípidas las burlas de los otros Treinta si se deja intimidar, se adelanta con las tropas que tiene y al clarear la aurora se arroja sobre el campamento de Farnabazo; perecen a sus golpes gran número de misios que formaban la vanguardia, huyen los restantes y es tomado el campamento, así como gran número de copas y otros objetos de valor pertenecientes a Farnabazo; su bagaje y las acémilas que lo llevaban. En efecto, Farnabazo temiendo siempre ser sorprendido y sitiado al establecerse en algún sitio, atravesaba el país en todas direcciones al modo de los nómadas, y tenía siempre oculto su campamento. Al llevarse los paflagonios y Espitrídates las riquezas de que se habían apoderado, Herípidas les despoja de ellas, colocando convenientemente sus compañías a fin de poder entregar mucho botín a los lafirópolas[122]; Espitrídates y los paflagonios no pueden tolerar esta conducta, y por la noche levantan su campo y se dirigen a Sardes entregándose a Arieo, que se había apartado de la obediencia del rey y le hacía la guerra; al recibir Agesilao la nueva de la defección de Espitrídates, Megabates y los paflagonios, experimenta el golpe más rudo de toda la campaña.