Cierto Apolófanes de Cícico, ligado por hospitalidad desde largo tiempo con Farnabazo, y que lo estaba asimismo desde poco con Agesilao, dice a este le parece fácil conseguir de Farnabazo una conferencia para ver de cesar en su enemistad. Después de oírle, decreta Agesilao una tregua y dan su palabra a Apolófanes, quien lleva al lugar convenido a Farnabazo, donde le aguardan Agesilao y los Treinta sentados en el suelo sobre la hierba; Farnabazo vestía un traje cubierto de ricos adornos y al ir a extenderle sus criados los almohadones en que muellemente se sientan los persas, se avergüenza de parecer afeminado ante la simplicidad de Agesilao y se sienta también en el suelo. Principian por saludarse uno a otro y después, habiendo Farnabazo tendido su mano a Agesilao, este se la da también a su vez. Hecho esto principió a hablar Farnabazo, pues era el más anciano:

—«Agesilao, y todos los espartanos que estáis presentes, yo era vuestro amigo y vuestro aliado cuando hacíais la guerra a los atenienses; fortalecí vuestra flota dándoos dinero, he combatido a caballo con vosotros y hemos perseguido juntos hasta el mar a los enemigos. No podréis tampoco reprocharme como a Tisafermes el haber obrado o hablado con doblez, y a pesar de esta conducta me habéis reducido a no poder hallar de qué comer en mi mismo territorio, más que recogiendo como los animales, lo que vosotros dejáis; cuanto me dejó mi padre, hermosos palacios, parques, jardines y casas de todas clases en que yo me complacía, todo esto lo veo arrasado e incendiado. Si acaso ignoro lo justo y sagrado, enseñadme cómo pueden ser tales actos hijos de hombres que no quieran ser tenidos por ingratos.»

Así dice, y los Treinta permanecen confusos y guardan silencio. Agesilao contéstale al cabo de un rato:

—«Farnabazo, creo que no ignoras que en las ciudades griegas todos los hombres se ligan con los lazos de la hospitalidad, y sin embargo, cuando estas ciudades están en guerra, combaten todos por su patria respectiva, y algunas veces acontece que a pesar de estar unidos por la hospitalidad se matan unos a otros. Eso es lo mismo que nos pasa hoy, pues haciendo la guerra a vuestro rey, necesariamente debemos considerar como enemigo todo lo que a aquel pertenece, y sin embargo, nada deseamos tanto como ser amigos tuyos. En modo alguno te aconsejaría cambiaras la sumisión al rey con la nuestra, pero aliándote con nosotros puedes ahora no tener que prosternarte ante nadie y vivir sin ningún dueño que goce de lo que es tuyo, porque por mi parte considero la libertad como superior a todos los tesoros, y sin embargo, no te proponemos que al hacerte libre te empobrezcas, sino únicamente que nos tomes por aliados a fin de aumentar, no el poder del rey, sino el tuyo, y a subyugar tus compañeros de esclavitud para que puedas convertírtelos en súbditos; y a la verdad, si pudieras hacerte libre y rico a la vez, ¿qué te faltaría para ser completamente feliz?

—¿Debo manifestaros con franqueza —contesta Farnabazo— lo que haré?

—Esto deseamos.

—Pues bien —dice—: Si el rey nombra otro general a cuyas órdenes deba yo obedecer, quiero ser vuestro amigo y aliado; pero si me encarga a mí el mando, a consecuencia de la emulación que nace de tal cargo, debéis saber que tendré que emplear para haceros la guerra todos los medios que estén a mi alcance.»

Al oír estas palabras Agesilao, tomole de la mano y díjole:

—«Ojalá puedas ¡oh amigo mío muy querido! ser de este modo nuestro aliado, pero sabe que ahora voy a evacuar cuanto más pronto pueda tu territorio, y que en adelante, aunque haya guerra entre nosotros, nos abstendremos de ir contra ti y los tuyos mientras quede algún otro enemigo.»

Dicho esto, dase por terminada la conferencia; Farnabazo sube de nuevo a caballo y se aleja; pero el hijo que había tenido con Parapita y que era un hermoso joven, quedándose y corriendo hacia Agesilao: