Añadió a eſto otras palabras, i cumplimiẽtos. Habló a cada uno de por ſi, cõ particular eſtimacion; votòſe deſpues diverſamẽte: por que las atalayas no conformaron en el aviſo de las eſpias; i hizieron ſeñal, ſolamente, de una tropa, que vieron. D. Duarte ſaliò, con todo, aunque recatado: puſo ſu gente en un tieſſo, de manera q̃ eſperò a ver lo q̃ hazia el enemigo, q̃ deſcubierto, cargò cõ grãde impetu a los almocadenes del cãpo (ſon atajadores.) D. Duarte, entõces, recibiò al enemigo, haziendole roſtro por algun eſpacio, i luego tentò ſacarlo a un llano; porq̃ la aſpereza de la tierra, impedia ſu cavalleria, a que no ſe meneaſſe tan ſueltamẽte, como la contraria. Cõ eſto D. Duarte fingiò retirarſe; i los Moros cevados en eſte miedo, ſe hallaron fuera de la ſierra. Alli bolviò ſobre ellos D. Duarte con tanta gallardia, i pujança, que a penas tuvieron animo para huyr deſcompueſtamente. Marſoco, que andava ſuſtentando la eſcaramuça en lo màs peligroſo, haziendo todo lo que devia a un valiẽte capitan, poniẽdoſe delante de los medroſos, cõ vozes, i lagrimas procurô detenerlos. Nunca tuvo ley, ni razõ el miedo, apoderado una vez del animo, mal ſe reſiſte. Nada aprovechò a Marſoco: porq̃ los ſuyos, aũq̃ cobrarõ brios con ſus palabras, bolvieron tan floxamente a la eſcaramuça, q̃ los Chriſtianos los tornaron a desbaratar cõ facilidad. Marſoco deſeſperado de la reſiſtencia, ſe llevô tambien de la dulçura del vivir, con menos animo del que moſtrò al principio. Eſcapò en la ſierra, i con el poco màs de ciento de los ſuyos; porq̃ los demàs quedaron, ô muertos, ò captivos. Reconocia deſpues eſte Moro a los Portugueſes por invencibles, en quienes ſin duda, havia valor màs q̃ humano: alabança digna de referirſe, por ſer hallada en boca del enemigo, que la haze menos ſoſpechoſa.

(24) Fue de grande importancia eſta victoria a Don Duarte: porque tomò motivo de ella, para ſolicitar otras con más brio, i reputacion, obrando en el quaſi, como en ſu padre: porque los Moros juzgãdo ambos por una miſma coſa temian al mãcebo igualmẽte, que al viejo. Recogido a la Ciudad, determinò de valerſe de aquella felicidad, que ſiempre allana impoſsibles, i dar ſobre algunos aduares de la ſierra de Mexequiſe, por ver ſi podia enflaquecerlos, de ſuerte que llegaſſe a conſumir la inteligencia, que trahian de contino en nueſtro daño. Eſtos aduares ſon unas poblaciones de ciento, ó dozientas tiendas pueſtas en rueda, que hazen un ambito redondo, donde los Alarabes meten ſus ganados de noche. Son de color de burel negro, hecho de lana de pelos de cabras, i de telas de palma, todo rebuelto, i texido, que haze un paño grueſſo, i mui tiezo, para reſiſtir la furia del Sol, i del agua; eſtan aſſentadas unas con otras tan juntas, que forman un muro al rededor, i no ſe puede entrar en el, ſino por dos puertas, i eſtas las ſierran de noche con eſpinos, porque los leones no entren a hazer daño. En Arabigo quierẽ dezir, circulo redondo: uzavãlos antiguamẽte de la miſma manera, que aora los barbaros Africanos. Ay autor, que afirma, q̃ deſta forma eran los tabernaculos, i tiendas de los Iſmaelitas Cedarenos, negros aburelados, conformandoſe al uzo de Arabia, del miſmo color, i modo, mui conforme al nombre de Cedar, que es obſcuridad, i tenieblas. Con la invaſion de los Arabes, ſe introduxeron en Africa; por donde a los q̃ los poblaron, llamaron deſpues Alarabes. Viuẽ en los cãpos, i ſierras, ſiguiẽdo los paſtos mejores para ſus ganados, que es lo de que viven, i ſe ſuſtentan. Era Benaiame, el aduar principal, i cabeça de los demàs. Diò ſobre el Don Duarte, con poca gente, perô con ſecreto, i lo quemó antes que fueſſe ſentido: con tãta preſteza executava ſus deſignios, q̃ ſe puede contar por maravilloſa entre ſus excelencias, por ſer parte de grãdes fortunas entre los ſoldados. A la buelta, arrazò de camino, Abodmi, i Beluaſen, aduares de menos cuẽta en la miſma ſierra, i degollô en ellos ciẽto i treinta Moros, ſin los que traxo cautivos, q̃ fuerõ en maior copia. Entre ellos muriò un hijo de Dabu, de quien ya hezimos mencion, moço de haſta quinze años, que, por los brios, q̃ ya moſtrava, era la eſperança, en q̃ toda aquella ſierra fundava ſu libertad. Otro moço cautivaron de riqueza ineſtimable, llamado Lagamuci, de manera que fue eſte ſuceſſo mui conſiderable por el deſpojo, i la opinion, que alcançò D. Duarte.

(25) Entre tanto, el Conde D. Pedro, hecho ya Conde de Villa Real, i Alferez maior deſte Reyno, tratò de pedir al Rey D. Iuan la ſuceſsiõ de Ceuta, i del titulo, para D. Duarte: però no tuvo efeto eſta pretenſion, porq̃ la contradixo, ſolicitandola para ſi ſecretamẽte D. Beatriz ſu hija maior, heredera legitima de ſu caſa, intercediẽdo en eſto la Inffante Doña Leonor, que era ſobrina de D. Fernando de Noroña ſu marido, nieto del Rey D. Iuan el primero de Caſtilla, yerno del Cõde de Gijon, padre de D. Fernando. Quedò al fin indeciſo el negocio, porq̃ tambien el Cõde D. Pedro, aunq̃ amava al hijo con exceſſo, i deſſeava ſus aumentos; era facil a mudar de voluntad, i quizo complazer la hija, i no deſagradar al yerno. Valiòſe el Rey deſtos embaraços, para ſuſpender el deſpacho, cevando a todos de eſperanças: conſiderando, que no ay Principe bien ſervido ſin ellas; i eſte principalmẽte, q̃ ſupo praticar eſta lecion, entendiendo ſu conveniencia mejor q̃ todos: ſiẽdo grande maeſtro de prometer aun antes del Rey; i es cierto, que diſponiendo de lo q̃ no era ſuyo, alcançó la corona; teniendo pretendientes, mas juridicos, aunque de menos poder, i maña, que fue la juſticia, que tuvo en ſu favor. Verdad ſea, que en eſta ocaſion, fueron baſtantes las honras, que hizo al Conde, publicas, para remuneracion de ſus ſervicios; porque el Rey conociendo la ambicion de ſus vaſsallos, i quanto ſe llevavan de exteriores preeminencias, no rehuzava eſte genero de premiar; juzgandolo por màs acertado, i màs conveniente para un Principe, q̃ el de apurar los patrimonios, i erarios, que sõ los nervios de la Republica. Eſte fue el camino, con que los Romanos entendian perpetuar la ſuya: i es grande ignorancia, ò mucha embidia, la de aquellos, que aconſejan a ſus Reyes lo contrario; porque un Principe miſerable de honras, i favores, adquiere aborrecimiento con los ſubditos, de manera que deſdeñan el ſervirle, facilmente; quando no ay honrado, que no anteponga la autoridad, al interes.

(26) Eſta fue la primera dignidad, que la perſona del Conde, alcançô en Portugal, por que haſta entonces, aunque lo llamen las hiſtorias Conde, lo era ſolamente de Ayllon, ò Aguilar, en Caſtilla: paſsòſſe a aquel Reyno, muerto ſu padre, q̃ fue el primero de Viana, el qual ſiguiendo la voz, i fortuna de la Reyna Doña Beatriz ſu ſobrina, hija del Rey D. Fernando, i de Doña Leonor Telles, ſu prima hermana; le matarõ en Penela, ſus vaſſallos proprios, indignados, de que ſe moſtraſſe contra el Maeſtro de Auis, a quien el pueblo acclamava por Rey. Mas deſpues entrando el de Caſtilla en portugal, a lo de la ſuceſsion deſte Reyno, de que moſtrava ſer heredero, por morir ſu ſuegro con ſola eſta hija; con la rota, que tuvo, no pudo continuar ſu derecho; i el Maeſtro de Auis, fundado en el de la guerra, màs que en otro alguno, començò a aſpirar al Reyno, con notable felicidad. Firmòla en todo el caſamiẽto, que hizo en Inglaterra, con Doña Felippa hija del Duque de Lencaſtre, caſando otra cõ el Rey de Caſtilla, que ſe acomodò tambien con los tiempos, conſiderando, que los titulos, con que reynava en Caſtilla, padecian las miſmas dudas, que los de Portugal, por haver ſido el Rey D. Henrique ſu padre baſtardo, del Rey D. Alfonſo el undecimo, i hazerſe Rey por odio de ſu hermano D. Pedro, que fuerõ las cauſas del de Portugal. Concluyeronſe entonces las pazes deſtas coronas, contentandoſe cada uno deſtos dos Principes, con lo que ya havian hecho ſuyo; ſabiẽdo, que facilmente pierde todo, quiẽ codicia todo; maiormente, quando la juſticia, de lo que ſe adquiere, ſe eſtablece con las armas, que la fortuna govierna a ſu arbitrio. Quieto, pues, el Rey D. Iuan, entendiò, que pueſto que la plebe havia ſido la cauſa principal de cõſeguir el Reyno; todavia para ſuſtentarſe tenia neceſsidad de la nobleza, i aſsi procuró conduzir a ſu amiſtad los nobles auſentes, que eran ſus maiores enemigos. Andavan los Reyes en aquel tiempo mui depẽdientes de los ſubditos, i trabajavan por obligarlos tanto, como por ſer obligados. Entrò en eſte numero el Conde Don Pedro con la Condeſſa Doña Mayor Puerto Carrero ſu madre, los quales duraron en Caſtilla valídos, i venerados, mientras reynò la Reyna Doña Beatriz ſu ſobrina: però con ſu muerte ſe acabò la valia, como ſucede de ordinario en las coſas, que ſe ſuſtentan de favores agenos. Vinieron a eſte Reyno, adonde el Rey le reſtituyò, ſin el titulo, i juriſdicion, todas las rentas, que havian poſſeydo ſus aſcendientes. Añadiò el Conde a las de ſu caſa muchas, con el primer caſamiẽto, que hizo, i aora con eſte ultimo, con la hija heredera de Miſer Paſaña, Almirante de Portugal, con que alcançò en dote eſte oficio.

(27) D. Duarte con eſtas nuevas, ni ſe ofendió, ni hablò palabra de quexa alguna, antes moſtrò en las gracias, que dió al padre por ſus cartas continuas, que de nada ſe acordava menos, que del complimiento de ſus promeſſas; porque no paſſavan ſus deſſeos a más que verle con vida, i grandeza. El viejo obligavaſe deſta conſtãcia, però no oſava renovar las coſas ya cõpueſtas; pareciendole, q̃ ſe guardarian para mejor tiẽpo, aunq̃ tãbiẽ ſe puede imaginar, q̃ no andava deſeſperado de tener hijos legitimos deſte quarto matrimonio, por eſta cauſa parava en lo primero.

(28) En medio deſtos ſuceſſos adoleſció gravemẽte el Rey D. Iuan en Alcochete, Riberas del Tajo, i de alli esforçandole la enfermedad, ſe paſſó a Lisboa, donde muriò, en quatorze de Agoſto, de mil quatrocientos i treinta i tres, en el de ſu edad, de ſeſenta i cinco. Lloraron ſu muerte los Portugueſes con grãdes encarecimientos, notando que perdiã Rey, a quien el ſceptro mejoró de virtudes: coſa bien nueva en los Principes, por ſer el eſtado donde algunos empeoran; mas el ſe hizo digno del imperio, que tuvo, mucho màs deſpues que reynò. Sucediòle D. Duarte ſu hijo maior, i primero deſte nombre. Y luego el miſmo dia fue levantado, i jurado por Rey, aſsiſtiendole el Conde en eſte acto, como Alferez maior, que fue la primera vez, en que exercitò eſte oficio. Eſto acabado, i compueſtas ſus coſas, ſe fue para Ceuta, llevãdo conſigo algunos cavalleros deudos ſuyos, como fueron Ruy Dias de Soſa, hijo de D. Lope Dias de Soſa, Maeſtro de Chriſto, i Gõçalo Rodrigues de Soſa ſu ſobrino; porque deſſeavan aſsiſtir en aquella plaça, como frõteros. Y en llegando el Conde, al punto D. Duarte ſu hijo, deſpues de bezarle la mano, le reſtituyò el govierno, ſin alterarſe en el ſemblante, ni en las palabras, antes humillandoſe a ſus braços, le moſtrô con igual animo, que no rehuſava nada por miedo, ni pretendia por ambicion.


ARGVMENTO
DEL
LIBRO SEGVNDO.