(12) Aunque es verdad, que no ſe puedẽ prevenir los acaecimientos con certeza, por màs que ſea grande la pratica, i la prudencia (porque ſon llenas de tenieblas, i confuſion, las coſas de los mortales) todavia los grãdes hechos no ſe han de emprender ſin grãdes fundamentos; deviendo ſer guiados con mucha conſideracion, i conſejo; porque el impetu, i la temeridad los atropella, i desbarata. Tuvo eſta reſolucion mucho de arrojada: porq̃ pueſto que el Rey gaſtò màs de un año, en conſultas, i preparaciones; no eſcuchava cõtrarios pareceres, ſiendo los acertados; falta ordinaria de los Principes, q̃ dã a la adulaciõ mejor ſemblante, que a la verdad. No faltò quien ſe la dixeſſe deſcubiertamente; mas importava poco, por no ajuſtarſe a ſu guſto; ſobre muchos pareceres diverſos, ſe aſſentò la empreſa de Africa. Fueron los autores, q̃ la fomentaron, i la concluyeron los Infantes, D. Henrique, i D. Fernando, por màs que D. Pedro, D. Iuan, i el Conde de Barcelos, la contradixeron prudentemente. Eran eſtos cinco hermanos del Rey; aunque cada uno de por ſy, de ſingulares meritos, i prudencia; mucha parte, para que el Reyno eſtuvieſſe en miſerable eſtado; porque dividido en tantas grandezas, deſluſtravan en algo la Real, conſumiẽdo el patrimonio, de ſuerte q̃ quando más eſtirado, llegava a lo forçoſo de los gaſtos, ſin dar lugar a lo voluntario; de manera que el Rey tenia hermanos para aconſejarſe, mas no para enriquecerſe; porque la bondad dellos màs le ſervia de deſaſsoſsiego, que de aumento. Gozava paz con caſtilla, i alianças con Inglaterra, Francia, i otros Principes de la Chriſtiandad; però los ſubditos, no ſufrian bien eſte ocio, i peor los Infantes, porque andavan mendigãdo eſtados: no les ſufriendo ſu altivez vivir como particulares. El primero, que habló en eſto, fue D. Fernando màs moço, i màs pobre; ſeguiòlo D. Henrique, por brioſo, i aficionado a cõquiſtas, i en particular a la de Africa, porque ſiempre que paſſó a ella, bolviô victorioſo; de que ſe prometia, nadie le podria hazer reſiſtencia, ſucediendole todo igualmente; aſsi lo poſsible, como lo mui dificultoſo, con mucho, ò poco aparejo: porque haſta la proſperidad, en q̃ eſtava Ceuta, con las victorias del Cõde D. Pedro, i ſu hijo, le dava animo, i eſperãças. El deſſeo deſtes Principes era ganar Tanjar; i el Rey conſiderando, faltava gente, dineros, i armas, q̃ ſon los fundamẽtos de la guerra; dificultóla al principio. Deſpues tornò a trabajar, i enflaquecer los ſubditos cõ pedidos, i tributos, q̃ es ſiẽpre el ultimo ſocorro de los Principes, aunq̃ muchos le hazen el primero. Diziaſe con eſto, que en guerras voluntarias, i en que los pueblos no entran a defenderſe, ſino ſolamente a ofender, por el guſto del Principe, no podiã ellos imponer eſtas cargas legitimamente, aunq̃ la guerra fueſſe juſta; q̃ no ſiendo euidentemẽte neceſſaria, en todo el peligro manifieſto, q̃ metieſſen a los vaſſallos, de que pudieſſen ſeguirſe muertes, i daños, pecava el Principe grauemente. Eſta advertencia ſin otras de no menos conſideracion, tuvo el Rey Don Duarte. Perô no ay gente, que más facilmente atropelle la razon, i el derecho, que los poderoſos, donde ſe atravieſſa algo de guſto, ò paſsion propria. Divulgòſe luego la empreſa, que haſta eſto ſe errò; porque es el ſecreto, el alma de los negocios, que deſvia las prevenciones contrarias, maiormente en tales caſos. Comẽçarõ los inconvenientes a crecer cõ las preparaciones: porq̃ demás de ſer cierto, q̃ en los grandes movimientos ſiẽpre ſuelẽ ocaſionarſe grandes dificultades. Vn Reyno acoſtũbrado largo tiẽpo a tener paz, ſuele faltarle todo lo neceſſario para la guerra. Aliſtaronſe luego quatorze mil hombres, i al punto de la ocaſion ſe hallaron ſolamente ſeis mil, mal armados, i poco ſatisfechos: rieſgo, q̃ ſe corre ſiẽpre en jornadas mal diſpueſtas. No ſucediô paſſo en eſta, q̃ no fueſſe preſagio de ſu infelicidad: i parece, q̃ Dios la iva impidiẽdo por los medios miſmos, con que el Rey la preparava. Llegaron los Infantes Don Henrique, i D. Fernando, a Ceuta a veynte i dos de Agoſto de mil quatrocientos i treynta i ſiete; año el màs fatal, i calamitoſo, que tuvo deſde ſu principio eſta corona; porque diò cauſa, a q̃ mucho deſpues no enxugaſsẽ las lagrimas, de que aun oy duran las ſeñales.
(13) El Conde D. Pedro, ni D. Duarte, no aprovaron la reſolucion de los Infantes; aunque como los vieron en Ceuta los hoſpedaron con mucha grandeza, i fauſto; mas deſpues que praticaron largamente ſobre el intento, deſconfiaron de poder atajarlo. Salió D. Henrique la buelta de Tanjar, i ſin contradicion alguna, llegò a ponerla cerco por mar, i por tierra. El Conde offreciôſe para acompañarle, perô el Infante lo rehuzò, por verle mui enfermo; i en ſu lugar llevò el guion Real D. Duarte, como Alferez maior. De lo noble, i iluſtre de Portugal, no faltò perſona en eſte exercito: porque el Infante D. Henrique, como Principe bien quiſto, i grande favorecedor de la nobleza, le amavan todos ſingularmente, tanto por lo que entereſſavã, quanto por ſus virtudes, i aſsi le ſiguierõ muchos: i aunque voy recopilando el ſuceſſo, es digno de memoria, lo que cuenta Ruy de Pina, acerca de los eſtandartes, que los Portugueſes entonces vſavan traher en ſus exercitos, para esforçar los animos, i excitarlos a la imitacion de quien llevavan delante de ſus ojos: al guion Real, ſiguian el de la Cruzada; una imagen de nueſtra ſeñora: el ſanto Leño, i otras Reliquias; luego los retratos del Rey D. Iuan el primero; del Condeſtable D. Nuño Alvarez Pereira; ſingular hõra para ſus deſcendientes, i no para olvidar en los ſiglos venideros.
(14) Los Moros entretanto, con el miedo del grande poder, que trahian los Infantes; que la fama hazia mucho maior del que era, guarnicieron a Tanjar con ſiete mil hõbres; i llamando otros ſocorros por toda Berberia, acudieron a ſu defenſa de diverſas partes, haſta diez mil cavallos, i noventa mil de a pie. Antes que entraſſen la ciudad, quiſo el Infante darles batalla; ſaliò de los alojamientos, con ſus banderas tendidas, provocando al enemigo; i deſpues de haver eſtado tres horas en orden de pelea, le acometiô, i hizo retirar, haſta bolverlos a ſus quarteles. Al otro dia tornaron a dar ſegunda viſta los Moros en maior numero, por amedrentar los Chriſtianos: però en varios recuentros, q̃ acometieron en treynta i ſiete dias, que duró eſte ſitio, ſe ofrecieron caſos raros, i coſas admirables, i grandioſas. Notaronſe milagros; i ay quien afirme, que al quinto dia del cerco, en que los Portugueſes ſe avantajarõ de ſus quarteles, con grande mortandad del enemigo; apareciò una Cruz blanca en el cielo. Deſpues deſcanſando los nueſtros dos dias, dieron un aſſalto porfiado a la ciudad; i queriendo ſegundar el Infante, ſe hallò cercado de los Reyes de Fez, Marruecos, Beles, i Tafilete; que con liga univerſal, por bien de ſu religion, i eſtados, havian juntado un poder immenſo, para echar los Portugueſes de Africa. Defendieronſe con notable esfuerço, mientras la neceſsidad no diò otro combate màs furioſo, i cruel, que el de los Barbaros, que era cõtinuo ſin ceſſar una hora: porque la gente inumerable ſiempre llegava de refreſco. Apretava a los Portugueſes no menos la hambre, que el enemigo: comieron todas las beſtias, ſin que la neceſsidad preciſa de la guerra exceptaſe los cavallos: vino a faltarles agua; porque los poços de que a coſta de ſu ſangre, podian ſacar alguna; eſtavan por los enemigos llenos de coſas aſqueroſas, i hediondas; i deſta ſuerte tanto los trabajava la ſed, como la hambre. En tan eſtrema eſtrechura aconſejaron al Infante eſcuchaſſe ultimamente los partidos, que los Moros offrecian; deſengañados de vencer gente tan determinada a morir; i aunque no muy decentes; cargavale el pezo de conſiderar, que havia ſido cauſa de aquel deſacierto, donde acabava lo màs iluſtre de Portugal. Llegò tarde el arrepentimiento, como en las coſas mal conſideradas de ordinario ſuele ſuceder. Tambien le acuſava la conciencia en no haver obedecido la Orden del Rey. Aſsi que ſobraron coſas en eſta jornada, que la ayudaron a ſu mal ſuceſſo. El que tuvo fue, concluyr el Infante, que dexandole los Moros la mar libre para embarcar ſus gentes ſe obligava a entregarle Ceuta; para ſeguridad dello, dió en rehenes al Infante Don Fernando ſu hermano; i en teniendole los Barbaros en ſu poder, bolvieron a combatir los nueſtros, los quales deſeſperados con el impetu, i deſſeo de ſalvar las vidas, ſe hizieron con las armas, paſſo haſta que ſe embarcaron, i llegaron a Portugal con perdida de quiniẽtos ſoldados, i entre ellos ocho fidalgos, muriendo mâs de quatro mil de parte del enemigo. Quedó con eſto el concierto roto, i el Infante D. Hẽrique ſin obligacion de cumplirlo, tomãdoſe por cauſa para no entregar a Ceuta; ſiendo la coſa de que màs ſe hablò en aquellos tiempos, i en que el Rey conſultó al ſacro Collegio, i a todos los Principes de la Chriſtiandad, i tuvo el fin, que ſe verà.
(15) Sirvio en eſte laſtimoſo cerco, D. Duarte, con valor conocido, i brio ſingular, en los pueſtos de maior peligro. Pero antes, pocos dias, que ſe alçaſſe, lo forçò el Infante, biẽ a pezar ſuyo, a que fueſſe a Ceuta a ver al Conde ſu padre, que con grandes inſtancias le pidiò al hijo para encomendarle ſus coſas, antes que murieſſe. A eſta ſazon eſtava en lo ultimo de la vida, porque ſe le aumentó la enfermedad, deſpues que paſſaron los Infantes a Tanjar; ó fueſſe tambien con la pena de aquel ſuceſſo: ò por los males, que le obligavan a eſtar ſiempre en cama como tollido. Llegò a Ceuta D. Duarte, i hallò al Conde quaſi eſpirando; però con tan entero juyzio, i firme entendimiento, que deſpues de haver confeſſado muchas vezes; recebido el Viatico, hecho teſtamento, i todos los actos, que devia un ſeñor Chriſtiano, i prudente: llamó al hijo, i le hablò delante de ſus criados, deſta ſuerte.
Eſtas ſeran (hijo mio) las ultimas advertencias, que oygas de mi boca; i por eßo imagino de tu obediẽcia, que eſtudiarâs por ellas ſiempre, pues deves a mi amor, i cuidado todo eſto reſpeto. Trabajê quanto pude, porque heredaras mi caſa, i oficio: no lo permitiô el cielo, quiçâ por hazerte mâs honrado; pues la verdadera felicidad, es parecer digno della; en lugar deſta herencia, (que es tan de la fortuna) te dexo otra del animo, que es de maior estima, conforme la opinion de los Sabios: los quales tienẽ ſolo por buenas las coſas honeſtas, i por malas las cõtrarias; i ninguna de las que no tocan al alma, como el poder, riqueza, i otras cuẽtan entre bienes, males. Reconocido pues del beneficio, que te ha hecho Dios, procura darle continuas gracias, i obligarle con ellas, a que no te deſampare: pues el primer grado de la honra, es amar a Dios, i ſeguir a la virtud. Criête en ella deſde niño, cumpliendo con el oficio de buen padre. Solicita pues aora no errar eſte camino, que tan adelante llevas, pues te lo tienen tan facilitado el exercicio, i tu buena naturaleza. Con el zelo de la Religion acompaña al de la fidelidad, que con tantas razones de ſubdito, i cavallero deves a tu Rey, i a tu patria. Ambos ſon dueños de tu vida, aſsi que a ſu diſpoſicion eſtà que vivas, o no, honrado. Por donde no conviene, que examines ſus mandamientos, pues no le toca al ſubdito, más que la obediẽcia. En la preſteza de la execucion has de moſtrar tu hidalguia, i valor. En los particulares de tu eſtado poco tengo, que amoneſtarte, pues elegiſte el de ſoldado, donde en tus cortos años llegaſte a conocer la diſciplina, q̃ a penas ſe puede aprẽder en muchos. Entretanto, q̃ tarda el premio, ſeguirâs la corte de tu Rey, tomãdo, ſus acciones por regla de tus merecimientos; porque quanto en otras ſe enseñan vicios: es en la de Portugal virtudes. Verás muchos dechados dellas, pues no ay Infante de los nueſtros, que no ſea un perfecto Principe; gran dicha de los virtuoſos, i vẽtura de los tiẽpos. Cõviene agradarlos igualmẽte, por más que la inclinaciõ te lleve a ſeguir a alguno. Dexarâs cõ las armas el parecer ſoldado, por ſer nombre faſtidioſo a los palacios; mas ni por eßo te entregues de manera a la Corte, q̃ no te puedas librar de ſus daños. Advierte hijo, q̃ mâs crueles enemigos te eſperã en la paz, q̃ en la guerra: peligrarâs, ſino andas aduertido, porq̃ haziendo menos ruido por domeſticos, tienẽ maior poder en los animos, i cõ mucha facilidad lo eſtragan, i arruinan. Entras en ella mãcebo, brioſo, criado en otros exercicios mui diferẽtes de los q̃ alli ſe uzã. Luego acudiran tus iguales a deſvanecerte. Con ellos, ni ſeas ſingular, ni facil; cuerdo, i agradable ſi; porq̃ no te murmurẽ, ni deſprecien. Para cõverſar familiarmẽte buſca los buenos; guardãdote de los q̃ tienen opiniõ de malos, no menos q̃ de ſerpientes, cuya amiſtad inficiona mâs q̃ ſu veneno. Por eſte medio alcançaràs buen nõbre, i la gloria de ſer bien quiſto; no deſeſtimãdo la aclamaciõ publica, aunq̃ no ſiẽpre juſtificada. Huiràs los q̃ condena, i aborrece, pues en ſu cõpañia haſta tus buenas partes ſerã defectos. Vltimamente te acuerdo, q̃ la corteſia, agrado, modeſtia, i liberalidad, ſon las coſas, que mâs dominan los coraçones: ocultã faltas, i diſsimulã liviandades. Eres moço, tẽdras algunas, en q̃ la edad ſea màs culpable, q̃ la razõ; bueno es hazer de manera, q̃ quien las murmurare, en tu exterior, i ſemblante vea lo cõtrario; porq̃ no ay deſdicha, q̃ ſe iguale al ſer hypocrita de vicios; quãdo la nobleza es parto de la virtud exercitada; la qual con obras ſe conserva, i ſin ellas ſe pierde.
Dictò el Cõde eſtos, i otros preceptos, con el coraçõ tan ſeguro, i el ſemblante tan alegre, que no moſtrava el peligro, en q̃ eſtava. Bolvió a echarle ſu bendiciõ, i encomẽdarle màs a ſolas la cõpañia de D. Leonor ſu hermana: el amparo de la familia: la correſpondencia dalos amigos. D. Duarte a todo, ya q̃ no pudo hablar con lagrimas, con el animo le prometiò no olvidarſe de ſus mandatos. El Conde entonces buelto a Dios, pueſtas las manos, con evidentes ſeñales de ſu ſalvaciõ, eſpirò en los fines de Septiẽbre, deſte año de 1437 a los ſeſenta de ſu edad, i de ſu generalato veynte i dos, q̃ fue el tiempo, que governò a Ceuta, con guerra tan prolija, i porfiada, q̃ no devo callar una coſa maravilloſa, que encarece bien el rieſgo della, i el valor deſte cavallero; i es, q̃ traxo diez i ſeis años continuos una cota veſtida, ſin deſnudarla de dia, jamâs de manera que llegô a rompella, como ſi fuera un jubon ordinario por muchas partes.
(16) Alcançò todas las calidades, que ſe requieren para un perfecto capitan, no deſdeñando las de corteſano, i ſabio, en que fue excelente, con muchas letras, erudicion, i noticia, mezclando otras virtudes del animo, q̃ lo igualaron a aquellos iluſtres varones, que los antigos celebran por maiores. Fue cazado quatro vezes: la primera, con D. Margarita de Miranda, hija de Don Martin Alfonſo de Miranda Arçobiſpo de Braga, Primaz de las Heſpañas: ſingular matrona de meritos, calidad, i riqueza. Tuvo della dos hijas, de q̃ ya hizimos mencion, q̃ la maior, i heredera caſó con D. Fernando de Noroña, ſegundo Cõde de Villa Real, progenitor de los q̃ oy cõ titulo de Marqueſes deſta villa, i Duques de Camina, ſucedieron en ſu nõbre, valor, i grandeza. Fue D. Leonor la ſegunda, i tratada a caſar con D. Fernãdo primogenito del de Barcelos; murió ſin cõſeguirlo; peró ſin embargo de lo que havemos contado, que hizo cõtra D. Duarte, tuvo excelencias de gran ſeñora, i tanto amor a ſu padre, que ſe mandò enterrar a ſus pies; aunque la deſdora en algo el rancor, que ſiempre moſtrô a ſu hermano; pues en el teſtamento, que hizo, i oy ſe guarda, excluye de ſu herencia, muriendo ſin hijos, los de D. Duarte, i toda ſu linea; llamando los de ſu hermana menor Doña Beatriz, de quien deſcienden los ſeñores de Mafra, i Ericeira. Tal es el odio, quando ſe arraiga entre deudos.
(17) Casô deſpues el Conde ſegunda vez cõ una ſeñora Coutiña, hija de Gonçalo Vazques Coutiño Mariſcal deſte Reyno, q̃ muriò antes de efectuarſe el matrimonio. La tercera fue con hija de Hernando Martines Coutiño, de la qual huvo D. Beatriz, que casô con D. Fernando de Vazconcelos, hijo de D. Alonſo, ſeñor de Caſcais, que era baſtardo del Infante D. Iuan, uno de los hijos delRey D. Pedro, i de Doña Ines de Caſtro. Deſtos cavalleros procede la caſa de Monſanto: el quarto, con la heredera del Almirante Miſer, Emanuel Peſaña, de que no quedò ſuceſsion: ſin eſtos tuvo màs dos hijas ilegitimas, una que ſe llamò Doña Iſabel, i fue muger de Ruy Gomes de Silva, Alcaide de Campo Maior, i Ouguela; decendiente por varonia de D. Gutierre alderete de Silva; q̃ fue el primero, que deſte apellido entrô en eſte Reyno; donde tuvo gran lugar, i nõbre. Quedaron ſus herederos por cabeças deſta familia, como lo era Ruy Gomez; i naciẽdo deſte matrimonio D. Diego de Silva (que a reſpeto de ſu madre, ſe añadiò tambien Meneſes) diò principio a los Condes de Portalegre; Marqueſes ya de Gouvea: de Doña Aldonça de Meneſes, ſegunda hija natural del Conde: fue marido primero Ruy Noguera, noble cavallero, i rico, Alcaide de los Alcaceres de Lisboa: i muriendo ſin ſuceſsores, casò con Luys de Azevedo, de igual calidad, i rẽtas, Preſidente de hazienda (llamanlos Veedores los Portugueſes) i entonces dexò una hija unica, en quien inſtituyò un maiorazgo, con obligacion de llamarſe Meneſes; i fue muger de Iuan Rodrigues de Sá, ſeñor de Sever, que ſon calificados progenitores de los Condes de Matoſiños, i Penaguion, Camareros maiores de Portugal. Pareciòme dar eſta noticia de la iluſtre poſteridad del Cõde D. Pedro, por quan eſtendida yaſe en nobleza principal deſte Reyno.
(18) Fue ſu muerte contada tambien entre las infelicidades del Rey D. Duarte; porque en ſu valor, prudencia, i edad, conſideravã los Portugueſes el arrimo principal, en q̃ ſe fundava la guerra de Berberia, la qual temian aora con maiores veras, viendo, que la liga de los Principes Moros aun no eſtava deshecha, i la reputacion Portugueſa aventurada a perderſe facilmente: ſi aquellos barbaros ſupieſſen gozar del eſtado preſente, diſcurriendo caſi como vencedores por los campos de Ceuta; ſiendo cierto, tras un yerro ſuceder otros, con que el enemigo ſe mejoraria, i nueſtras coſas ſe debilitaran, perdiendo mucha parte de la reputacion, que las hazia temeroſas, i veneradas. D. Duarte al fin ceſſando en el llanto, en que fue mui continuo, notãdo començava ya a experimentar la falta de ſu padre en ocaſion tan apretada; procurò no deſemparar aquella fuerça mientras no llegaſſe Don Fernando ſu cuñado, a quien elRey la havia encomẽdado con el titulo de Cõde de Villa Real, luego que muriò el ſuegro; vino, i entregóſela con tanta conſtancia, que no ſe puede juzgar, ſi lo havia ſentido, ò no; porque ſu modeſtia, aſsi como deſcubrió grã valor en los ſuceſſos proſperos, moſtrava ſufrimiento en los adverſos. Diſpuſo ſu jornada a Portugal, en compañia de D. Leonor ſu hermana; però no ſe effectuó en quanto durarõ las amenazas de la liga; i como hazia hõra ſolamente de ſervir a ſu Principe; lo primero que atropelló fue ſu conveniẽcia, i luego la autoridad, poniendola en el zelo de no huyr al peligro, ni dexar coſa por hazer, que fueſſe de ſu obligaciõ. Los Moros entretãto aguardãdo a ver lo en q̃ parava la entrega de Ceuta, derramarõ ſus gentes por Africa; i el de Fez, quedãdoſe cõ la perſona del Infante, haziẽdole mil caricias, i buenos tratamientos, lo dexò en poder del Alcayde de Arzila para eſte efecto, i ſe bolvió a Fez.
(19) Con eſto D. Duarte reſolviò partirſe, amediado el año de mil quatrociẽtos treynta i ocho, cõ proſpero viage de quatro dias ſurgiò en Lisboa; i de alli paſsò a Aviz, villa de Alentejo, cõvẽto, i cabeça de aquel maeſtrazgo; donde elRey, con la nueva deſaſtrada de los hermanos, ſe havia retirado, huyẽdo tãbiẽ de la peſte, q̃ por muchas partes fatigava a Portugal, porq̃ tras tantas perdidas, no le faltaſſe eſta; viniẽdo unas ſobre otras. Peró muchas vezes la ceguedad de un Principe no conoce ſus yerros por los aviſos, ni por las quexas de los ſubditos, ſino por los manifieſtos caſtigos de Dios; deviendoſe ſacar dello la emienda, i conocimiento de la templança, i cuidado, con que han de procurar governarſe, para dar buena cuenta de ſu oficio; pues lo es el reynar, i tã trabajoſo, q̃ los Sabios lo juzgan por de grã rieſgo; ſi la vanidad humana no ſuſpẽdiera eſta cõsideraciõ; porq̃ ſi los trabajos de los Reyes no fueſſen acõpañados de las comodidades de ſu grandeza, no havria ſujeto, que lo pudieſſe llevar. Andava elRey inquieto, vagando de un lugar a otro; i con ſer recto, ſabio, i gran catholico, vivia deſaſſocegado, i penoſo; porque la conciẽcia le hazia cargo de los deſaciertos, i daños de aquella empreſa. El Infante D. Henrique cõfuſo, i triſte, parô en el Algarve, i los cavalleros que le acompañavan, entraron en la Corte, con los ſemblantes tan macilentos de la hambre, i trabajos, que paſſaron, i tan cargados los coraçones, i los cuerpos de luto, q̃ elRey començô de nuevo a entriſtecerſe; i ellos por obligarle a ſus deſpachos, con aquellos exteriores, no hallavan premio que hartaſſe ſu ambicion. Ruy de Pina cuẽta, que entre todos fue ſolo Alvaro Vaz de Almada, Conde de Abranches, el que entrô a ver al Rey veſtido de gala, i con diferente trage, i alegria de los otros; porq̃ ſolo en ſus obras virtuoſas hallava el galardon dellas; aũque elRey como ſabia, que las ocaſiones perdidas laſtiman de manera, que caſi no admiten conſuelo, porque falta la eſperança de cobrarlas, i el arrepentimiento llega tarde, i ſin fruto; andava verdaderamente afligido de las dificultades, conſiderãdo en la libertad del hermano, a quien amava mucho, i no dava lugar a otro conſuelo, que hablar de contino en eſte caſo, trayendole tan preſente ſiempre, que vino a ſer gran cauſa de ſu muerte.