(37) Eſta deſgracia, como ſi fuera original, ſe eſtendiò a toda ſu familia de manera, que de ſu muger, i hijos no quedó alguno, que no perdieſſe con la patria el ſociego, i la hazienda. Deſterraronſe para diverſas partes; mas los tiempos ſiguientes diô buelta la fortuna; favoreciẽdolos con tanta felicidad, q̃ en breves años de tres hijos que le quedaron; fue el mayor D. Pedro, Rey jurado de Cataluña; el ſegundo Don Iaime, Cardenal, i Arçobiſpo de Lisboa; Don Iuan q̃ ſiendo caſado con Carlota ſucceſſora de Iuã, Rey de Chipre; muriò intitulado Rey de aquella Isla. De las hijas que fueron otras tres, fue la mayor la Reyna Doña Iſabel, de Portugal; la ſegunda Duqueza de Cleves, i ſe llamò Doña Beatris; la ultima Doña Phelipa, que vivió recogida ſin eſtado, en el Monaſterio de Odivelas, de San Bernardo, i alli jaze ſepultada. Entre tales ſucceſſos el cielo màs ayrado que benigno con eſtos Principes, por ſecretos Iuizios ſuyos, nunca entendidos de los mortales, hallaron mayor deſdicha en las proſperidades, que en los infortunios; porque ni tuvieron vida para gozarlas, ni muertes que no fueſſen violentas: moſtrando que no ſolo fueron herederos de las virtudes del padre, però tambien del modo, i deſgracia de ſu muerte.
(38) Mas bolviendo a Don Duarte en llegando a Pombal, hechò ſus eſpias para ſaber el eſtado de la tierra; i conociendo, que el animo del Infante no era otro, que bolver por ſu credito en preſencia de ſu Rey, i que a eſſo ſe partia a Santaren: procurò eſtar a la mira ſoſſegando los animos de aquellos pueblos; los quales ſe alteravan ſegun los movimientos del Infante, governandoſe por ſus acciones; però como nunca deſdixo del camino de la fidelidad, más trabajo tuvo Don Duarte en quitar el temor del Rey, i de ſus familiares, que el deſaſſociego de los contrarios: porque ſiempre el miedo en eſtas coſas es peor, que el effecto. Sabida la muerte del Infante en Coimbra, ſe entregô aquella fortaleza, i a ſu exemplo las demàs de ſu eſtado, ſin haver quien oſaſſe, no ſolo a contradezirlo, perô ni aun a mentar un nombre tan odioſo, cuya acuſacion ſe acriminava en las plaças igualmente, que en los palacios; los ſoſpechoſos, con maior cautela, i vigilancia: porque el Rey andava notando en los ſemblantes la juſtificacion deſte caſo; como ſi la conſciencia ſe quietara con las demonſtraciones: mas baſtaron eſtas para olvidar en breve tiẽpo, lo q̃ ſe preparò en muchos años.
(39) Deſpues de algunos ſe moſtrô el Rey mejor informado de la innocencia del Infante; i reſtituyendo a ſu cuerpo (que andava vagando con la propria fortuna, que vivo) ſepultura Real en el Convento de la Batalla; paſſó editos, en que le declarò por fiel; con que deſautorisò no menos ſu credito, q̃ ſi le matara de nuevo: entendiendoſe, que el error de un Rey, nunca tiene enmiẽda; pues en las llagas, que una vez haze, laſtima tanto la cura, como los golpes. Eſta reſtitucion fue hecha à inſtancia de los Duques de Borgoña, Phelipe, i Iſabel, hermana, i cuñado del Infante; intercediendo juntamente la autoridad de Calixto tercero, que entonces regia la ſilla de S. Pedro: i el Rey humillandoſe a ſus ruegos, quiſo obligarle con eſta obediẽcia, a que le concedieſſe la Cruzada, para paſſar en perſona a Berberia; la qual tuvo el effecto, que veremos adelante.
(40) En la entrada del año de mil quatrocientos i cinquenta, ſe bolviò Don Duarte a la Corte, i deſde entonces haſta el de cinquenta i ocho no hallo ſuceſſo, en que entraſſe: porque la paz, q̃ gozava eſte Reyno era más llena de peſte, i otros caſtigos publicos, que denunciavan la ira de Dios, q̃ de glorias militares; pues haſta la conquiſta de Africa andava mui tibia con las diſſenciones domeſticas.
(41) Entre tanto, fue lo màs notable, q̃ paſsò en Portugal, el caſamiento de la Infante D. Leonor hermana del Rey, que ſe effectuò a nueve de Agoſto, de mil quatrocientos i cinquenta i uno, con Federico electo Rey de Romanos. Celebróſe con muchas fieſtas, porq̃ el Rey tambien quiſo alegrar el pueblo, i divertirlo de las memorias del Infante D. Pedro, en cuya aficcion durava con notable triſteza: porque la peſte, que afligia a eſte Reyno, lo obligava a q̃ la tuvieſſe por caſtigo de aquella perſecucion injuſta: i renovòſe aun màs con la muerte de la Reyna D. Iſabel, que ſucedio en Deziembre de mil quatro ciẽtos i cinquenta i cinco: haviendo precedido el Março antes, el dichoſo nacimiento del Principe D. Iuan deſte nombre, el ſegundo, Principe digno de imortales alabanças. De cuya vida, i acciones, entre otros autores, que eſcrevieron de ſus hechos; deſcurri yo tambiẽ largamente con menos adulacion, i màs certeza: pareciendome, que la virtud de ocupacion tan honeſta, llegaſſe a deſpertar los ingenios Portugueſes, para que fueſſen agradecidos a la buena memoria de ſus Reyes; pues le devian amor, i tratamiẽto de padres: i con el comovimiento de las acciones valeroſas, i prudentes, que huvo en ſus tiempos, ſe procuraſſe en eſtos la emulaciõ dellas; de que parece ay màs olvido, de lo que conveniera.
(44) La muerte de la Reyna, quiſieron algunos, que fueſſe ordenada por los enemigos del Infante; i aſsi la lloraron los Portugueſes muchos dias; porque le ſaltô una Princeſa de grandes merecimientos. Però deſte mal nacieron otros bienes, que fue alçarſe el deſtierro a D. Pedro ſu hermano, que andava por Caſtilla pobre, i afligido. Bolviòle el Rey el maeſtrazgo de Avis, i otras rentas baſtantes para el ſuſtento de ſu grandeza.