Gertrudis Gómez de Avellaneda
(1816–1873)
Á WASHINGTON
No en lo pasado á tu virtud modelo,
Ni copia al porvenir dará la historia,
Ni otra igual en grandeza á tu memoria
Difundirán los siglos en su vuelo. 10
Miró la Europa ensangrentar su suelo
Al genio de la guerra y la victoria,
Pero le cupo á América la gloria
De que al genio del bien le diera el cielo.
Que audaz conquistador goce en su ciencia, 15
Mientras al mundo en páramo convierte
Y se envanezca cuando á siervos mande;
¡Mas los pueblos sabrán en su conciencia
Que el que los rige libres sólo es fuerte;
Que el que los hace grandes sólo es grande. 20
Á UN RUISEÑOR
Cesa, cesa,
¡Vate alado!
Que ha sonado
Ya el reloj
La hora grave 25
Que da al sueño
Su beleño
Bienhechor.
Pues la noche
Nos circunda
De profunda
Dulce paz,
De la mente 5
Deja el fuego
Con sosiego
Reposar.
Ni ¿qué aguardas
De este ambiente, 10
¡Oh hijo ardiente
De la luz!
Tú, que mides
Con tus vuelos
De los cielos 15
El azul?
¿Qué pretendes
Con tu canto,
Si su encanto
Sin igual 20
Las tinieblas
No comprenden,
Ni suspenden
Tu afanar?
¡Ay! ¿quién sabe 25
Si emboscado
Despiadado
Cazador
Lazo indigno
Te prepara, 30
Junto al ara
De tu amor?
De asechanzas
Protectoras
Tales horas 35
Suelen ser,
Y ese canto
Te delata
En la ingrata
Lobreguez. 40
Deja, deja
De horror lleno,
Nuestro cieno
Mundanal,
Por las cumbres 45
Donde aspiras
Y respiras
Libertad.
Cuando á vastos
Horizontes 50
Te remontes
Triunfador,
Tu sublime
Poesía
Dale al día, 55
Dale al sol;
¡Pero cese,
Cese ahora
Tu canora
Bella voz, 60
Y que grato
Vierta el sueño
Su beleño
Bienhechor!
LA TUMBA Y LA ROSA
(Traducción libre de Victor Hugo)
Dice la Tumba á la Rosa:
—¿Qué haces tú, preciada flor,
Del llanto que el alba hermosa
Vierte en tu cáliz de amor?—
Y la Rosa le responde: 5
—¿Qué haces, di, Tumba sombría,
De lo que tu seno esconde
Y devora cada día?
Yo perfumes doy al suelo
Con el llanto matinal. 10
—¡Y yo un alma mando al cielo,
De cada cuerpo mortal!
Á LA MUERTE DE ESPRONCEDA
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
¡Ved! Cual la escarcha fría
Por siempre yace la inspirada frente,
Que de Byron el lauro refulgente 15
Recibir merecía.
¿Cómo calla la voz cuya armonía
El ángel de los cantos envidiara?
¿Qué se hizo la luz clara,
Reveladora de alta inteligencia, 20
Que fulguraba en sus brillantes ojos?
¿Será eterna la ausencia
De la vida, ¡gran Dios! y esos despojos
—Que va á tragarse el sempiterno olvido—
Se llevarán al pensamiento helado, 25
Como un astro apagado
Por espacios incógnitos perdido?
¡Blasfemia horrible!... ¡loco pensamiento!
¡Jamás mi mente á tu ilusión sucumba!
¿La nada invocaré con torpe acento
Del genio ante la tumba?
¿Quién la bondad suprema 5
Podrá ultrajar con tan odiosa duda?
¿Quién su justicia dejará en problema
Ante el estrago de la muerte muda?
A ti—que viertes en el triste lecho
Del humano que espira 10
Bálsamo dulce de consuelo y calma—
¡Oh esperanza final! á ti saluda
Con rudos sones mi enlutada lira;
A ti se acoge en su dolor el alma.
Rindióse el cuerpo deleznable al peso 15
Del espíritu inmenso que oprimía,
Y ya el ilustre preso,
Que rota deja la coyunda impía,
Con libre vuelo sube
Al foco de la eterna Inteligencia, 20
Donde su centro y su reposo obtiene.
Tal de las flores la exquisita esencia
Se alza y se extiende en invisible nube,
Cuando rompe el cristal que la contiene.
¡Ay de aquel genio las fulgentes alas 25
Se lastimaban con el roce duro
De la materia frágil y grosera,
Que lo encerraba, cual estrecho muro.
Asaz sufriste ¡oh mísero! no era
La tierra tu morada. La profunda 30
Sed de goces y amor, que desdeñaba
Mezquinas fuentes de la tierra inmunda;
El inmenso vacío
Del insondable corazón; el tedio,
Que con su diente inexorable y frío
Te envenenaba heridas sin remedio.
¡Todo á su fin llegó! ¡todo ha cesado!
. . . . . . . . . .