José María Blanco

(1775–1841)

LA VOLUNTARIEDAD Y EL DESEO RESIGNADO

¡Qué rápido torrente,

Qué proceloso mar de agitaciones

Pasa de gente en gente

Dentro de los humanos corazones!

¡Quién que verlo pudiera 5

Furioso, desfrenado, ilimitable,

En el mundo creyera

Que hubiese nada fijo, nada estable?

Mas se enfurece en vano

Contra la roca inmoble del destino, 10

Que con certera mano

Supo contraponerle el Sér divino.

¡Sús! reyes de la tierra,

El oro omnipotente y el acero

Acumulad, que encierra 15

En su oculto tesoro el orbe entero.

Llamad de sus hogares

Cuantos cultivan el fecundo suelo,

Y mueran á millares

O suplicando ó maldiciendo al cielo. 20

Truene el estrepitoso

Cañón por tierra y mar; alce el trofeo

Su ceño sanguinoso

Desde el indo Himalaya al Pirineo.

Silbando cual serpientes 25

Engendradas del mar, vuelen las naves,

Que de hálitos ardientes

Animadas, superan á las aves.

No las arredre el viento,

Ni del mar las corrientes escondidas,

Y á este nuevo elemento

Cuantas fuerzas se opongan sean rendidas.

Parezca que entredicho 5

Ha puesto á la verdad la fuerza ciega,

Y que contra el capricho

Toda la raza humana en vano briega.

Bien pronto la tormenta

Que suscitó el querer de un hombre vano, 10

Creciendo, lo amedrenta

Y paraliza su atrevida mano.

No así el que sometido

A la suprema voluntad, procura

El bien apetecido 15

Sin enojado ardor y sin presura.

¡Deseo silencioso,

Fuera del corazón nunca expresado!

Tú eres más poderoso

Que el que aparece de violencia armado. 20

Cual incienso süave

Tú subes invisible al sacro trono,

Sin que tus alas grave

La necia terquedad ni el ciego encono.

Del escondido ruego, 25

Por el querer divino limitado,

No perturba el sosiego

Ni temor del azar ni horror del hado.