Juan Nicasio Gallego

(1777–1853)

EL DOS DE MAYO

Noche, lóbrega noche, eterno asilo

Del miserable que, esquivando el sueño,

En tu silencio pavoroso gime:

No desdeñes mi voz; letal beleño

Presta á mis sienes, y en tu horror sublime 5

Empapada la ardiente fantasía,

Da á mi pincel fatídicos colores

Con que el tremendo día

Trace al furor de vengadora tea,

Y el odio irrite de la patria mía, 10

Y escándalo y terror al orbe sea.

¡Día de execración! La destructora

Mano del tiempo le arrojó al averno;

Mas ¿quién el sempiterno

Clamor con que los ecos importuna 15

La madre España en enlutado arreo

Podrá atajar? Junto al sepulcro frío,

Al pálido lucir de opaca luna,

Entre cipreses fúnebres la veo:

Trémula, yerta, desceñido el manto, 20

Los ojos moribundos

Al cielo vuelve, que le oculta el llanto;

Roto y sin brillo el cetro de dos mundos

Yace entre el polvo, y el león guerrero

Lanza á sus pies rugido lastimero. 25

¡Ay, que cual débil planta

Que agota en su furor hórrido viento,

De víctimas sin cuento

Lloró la destrucción Mantua afligida!

Yo ví, yo ví su juventud florida

Correr inerme al huésped ominoso.

¿Mas qué su generoso

Esfuerzo pudo? El pérfido caudillo

En quien su honor y su defensa fía, 5

La condenó al cuchillo.

¿Quién ¡ay! la alevosía,

La horrible asolación habrá que cuente,

Que, hollando de amistad los santos fueros,

Hizo furioso en la indefensa gente 10

Ese tropel de tigres carniceros?

Por las henchidas calles

Gritando se despeña

La infame turba que abrigó en su seno,

Rueda allá rechinando la cureña, 15

Acá retumba el espantoso trueno,

Allí el joven lozano,

El mendigo infeliz, el venerable

Sacerdote pacífico, el anciano

Que con su arada faz respeto imprime, 20

Juntos amarra su dogal tirano.

En balde, en balde gime,

De los duros satélites en torno,

La triste madre, la afligida esposa.

Con doliente clamor; la pavorosa 25

Fatal descarga suena,

Que á luto y llanto eterno la condena.

¡Cuánta escena de muerte! ¡cuánto estrago!

¡Cuántos ayes doquier! Despavorido

Mirad ese infelice 30

Quejarse al adalid empedernido

De otra cuadrilla atroz: «¡Ah! ¿Qué te hice?»

Exclama el triste en lágrimas deshecho:

«Mi pan y mi mansión partí contigo,

Te abrí mis brazos, te cedí mi lecho.

Templé tu sed, y me llamé tu amigo;

¿Y ahora pagar podrás nuestro hospedaje

Sincero, franco, sin doblez ni engaño,

Con dura muerte y con indigno ultraje?» 5

¡Perdido suplicar! ¡inútil ruego!

El monstruo infame á sus ministros mira,

Y con tremenda voz gritando: «¡fuego!»

Tinto en su sangre el desgraciado espira.

Y en tanto ¿dó se esconden? 10

¿Dó están ¡oh cara patria! tus soldados,

Que á tu clamor de muerte no responden?

Presos, encarcelados,

Por jefes sin honor, que, haciendo alarde

De su perfidia y dolo, 15

A merced de los vándalos te dejan,

Como entre hierros el león, forcejean

Con inútil afán. Vosotros sólo,

Fuerte Daoiz, intrépido Velarde,

Que osando resistir al gran torrente 20

Dar supisteis en flor la dulce vida

Con firme pecho y con serena frente;

Si de mi libre musa

Jamás el eco adormeció á tiranos,

Ni vil lisonja emponzoñó su aliento, 25

Allá del alto asiento

Al que la acción magnánima os eleva,

El himno oid que á vuestro nombre entona,

Mientras la fama alígera le lleva

Del mar de hielo á la abrasada zona. 30

Mas ¡ay! que en tanto sus funestas alas,

Por la opresa metrópoli tendiendo

La yerma asolación sus plazas cubre,

Y al áspero silbar de ardientes balas,

Y al ronco son de los preñados bronces,

Nuevo fragor y estrépito sucede.

¿Oís cómo, rompiendo

De moradores tímidos las puertas,

Caen estallando de los fuertes gonces? 5

¡Con qué espantoso estruendo

Los dueños buscan, que medrosos huyen!

Cuanto encuentran destruyen,

Bramando, los atroces forajidos,

Que el robo infame y la matanza ciegan. 10

¿No veis cuál se despliegan,

Penetrando en los hondos aposentos,

De sangre y oro y lágrimas sedientos?

Rompen, talan, destrozan

Cuanto se ofrece á su sangrienta espada. 15

Aquí, matando al dueño, se alborozan,

Hieren allí su esposa acongojada;

La familia asolada

Yace espirando, y con feroz sonrisa

Sorben voraces el fatal tesoro. 20

Suelta, á otro lado, la madeja de oro,

Mustio el dulce carmín de su mejilla,

Y en su frente marchita la azucena,

Con voz turbada y anhelante lloro,

De su verdugo ante los pies se humilla 25

Tímida virgen, de amargura llena;

Mas con furor de hiena,

Alzando el corvo alfanje damasquino,

Hiende su cuello el bárbaro asesino

¡Horrible atrocidad!... Treguas ¡oh musa! 30

Que ya la voz rehusa

Embargada en suspiros mi garganta.

Y en ignominia tanta,

¿Será que rinda el español bizarro

La indómita cerviz á la cadena?

No, que ya en torno suena

De Palas fiera el sanguinoso carro,

Y el látigo estallante

Los caballos flamígeros hostiga. 5

Ya el duro peto y el arnés brillante

Visten los fuertes hijos de Pelayo.

Fuego arrojó su ruginoso acero:

«¡Venganza y guerra!» resonó en su tumba;

«¡Venganza y guerra!» repitió Moncayo; 10

Y al grito heroico que en los aires zumba,

«¡Venganza y guerra!» claman Turia y Duero.

Guadalquivir guerrero

Alza al bélico son la regia frente,

Y del Patrón valiente 15

Blandiendo altivo la nudosa lanza,

Corre gritando al mar: «¡Guerra y venganza!»

¡Oh sombras infelices

De los que aleve y bárbara cuchilla

Robó á los dulces lares! 20

¡Sombras inultas que en fugaz gemido

Cruzáis los anchos campos de Castilla!

La heroica España, en tanto que al bandido

Que á fuego y sangre, de insolencia ciego,

Brindó felicidad, á sangre y fuego 25

Le retribuye el don, sabrá piadosa

Daros solemne y noble monumento.

Allí en padrón cruento

De oprobio y mengua, que perpetuo dure,

La vil traición del déspota se lea, 30

Y altar eterno sea

Donde todo Español al monstruo jure

Rencor de muerte que en sus venas cunda,

Y á cien generaciones se difunda.