Manuel José Quintana

(1772–1857)

ODA Á ESPAÑA, DESPUÉS DE LA REVOLUCIÓN DE MARZO

¿Qué era, decidme, la nación que un día

Reina del mundo proclamó el destino,

La que á todas las zonas extendía

Su cetro de oro y su blasón divino?

Volábase á occidente, 5

Y el vasto mar Atlántico sembrado

Se hallaba de su gloria y su fortuna.

Do quiera España: en el preciado seno

De América, en el Asia, en los confines

Del África, allí España. El soberano 10

Vuelo de la atrevida fantasía

Para abarcarla se cansaba en vano;

La tierra sus mineros le rendía,

Sus perlas y coral el Oceano,

Y donde quier que revolver sus olas 15

Él intentase, á quebrantar su furia

Siempre encontraba costas españolas.

Ora en el cieno del oprobio hundida,

Abandonada á la insolencia ajena,

Como esclava en mercado, ya aguardaba 20

La ruda argolla y la servil cadena.

¡Qué de plagas! ¡oh Dios! Su aliento impuro,

La pestilente fiebre respirando,

Infestó el aire, emponzoñó la vida;

La hambre enflaquecida

Tendió sus brazos lívidos, ahogando

Cuanto el contagio perdonó; tres veces

De Jano el templo abrimos, 5

Y á la trompa de Marte aliento dimos;

Tres veces ¡ay! los dioses tutelares

Su escudo nos negaron, y nos vimos

Rotos en tierra y rotos en los mares.

¿Qué en tanto tiempo viste 10

Por tus inmensos términos, oh Iberia?

¿Qué viste ya sino funesto luto,

Honda tristeza, sin igual miseria,

De tu vil servidumbre acerbo fruto?

Así rota la vela, abierto el lado, 15

Pobre bajel á naufragar camina,

De tormenta en tormenta despeñado,

Por los yermos del mar; ya ni en su popa

Las guirnaldas se ven que antes le ornaban,

Ni en señal de esperanza y de contento 20

La flámula riendo al aire ondea.

Cesó en su dulce canto el pasajero,

Ahogó su vocería

El ronco marinero,

Terror de muerte en torno le rodea, 25

Terror de muerte silencioso y frío;

Y él va á estrellarse al áspero bajío.

Llega el momento, en fin; tiende su mano

El tirano del mundo al occidente,

Y fiero exclama: «El occidente es mío.» 30

Bárbaro gozo en su ceñuda frente

Resplandeció, como en el seno oscuro

De nube tormentosa en el estío

Relámpago fugaz brilla un momento

Que añade horror con su fulgor sombrío.

Sus guerreros feroces

Con gritos de soberbia el viento llenan;

Gimen los yunques, los martillos suenan,

Arden las forjas. ¡Oh vergüenza! ¿Acaso 5

Pensáis que espadas son para el combate

Las que mueven sus manos codiciosas?

No en tanto os estiméis: grillos, esposas,

Cadenas son que en vergonzosos lazos

Por siempre amarren tan inertes brazos. 10

Estremecióse España

Del indigno rumor que cerca oía,

Y al grande impulso de su justa saña

Rompió el volcán que en su interior hervía.

Sus déspotas antiguos 15

Consternados y pálidos se esconden;

Resuena el eco de venganza en torno,

Y del Tajo las márgenes responden:

«¡Venganza!» ¿Dónde están, sagrado río,

Los colosos de oprobio y de vergüenza 20

Que nuestro bien en su insolencia ahogaban?

Su gloria fué, nuestro esplendor comienza;

Y tú, orgulloso y fiero,

Viendo que aun hay Castilla y castellanos,

Precipitas al mar tus rubias ondas, 25

Diciendo: «Ya acabaron los tiranos.»

¡Oh triunfo! ¡Oh gloria! ¡Oh celestial momento!

¿Con que puede ya dar el labio mío

El nombre augusto de la patria al viento?

Yo le daré; mas no en el arpa de oro 30

Que mi cantar sonoro

Acompañó hasta aquí; no aprisionado

En estrecho recinto, en que se apoca

El numen en el pecho

Y el aliento fatídico en la boca.

Desenterrad la lira de Tirteo,

Y el aire abierto á la radiante lumbre

Del sol; en la alta cumbre

Del riscoso y pinífero Fuenfría, 5

Allí volaré yo, y allí cantando

Con voz que atruene en rededor la sierra,

Lanzaré por los campos castellanos

Los ecos de la gloria y de la guerra.

¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime, 10

Único asilo y sacrosancto escudo

Al ímpetu sañudo

Del fiero Atila que á occidente oprime!

¡Guerra, guerra, españoles! En el Betis

Ved del Tercer Fernando alzarse airada 15

La augusta sombra; su divina frente

Mostrar Gonzalo en la imperial Granada;

Blandir el Cid su centelleante espada,

Y allá sobre los altos Pirineos,

Del hijo de Jimena 20

Animarse los miembros giganteos.

En torbo ceño y desdeñosa pena

Ved cómo cruzan por los aires vanos;

Y el valor exhalando que se encierra

Dentro del hueco de sus tumbas frías, 25

En fiera y ronca voz pronuncian: «¡Guerra!

¡Pues qué! ¿Con faz serena

Vierais los campos devastar opimos,

Eterno objeto de ambición ajena,

Herencia inmensa que afanando os dimos? 30

Despertad, raza de héroes: el momento

Llegó ya de arrojarse á la victoria;

Que vuestro nombre eclipse nuestro nombre,

Que vuestra gloria humille nuestra gloria.

No ha sido en el gran día

El altar de la patria alzado en vano

Por vuestra mano fuerte.

Juradlo, ella os lo manda: ¡Antes la muerte

Que consentir jamás ningún tirano!» 5

Sí, yo lo juro, venerables sombras;

Yo lo juro también, y en este instante

Ya me siento mayor. Dadme una lanza,

Ceñidme el casco fiero y refulgente;

Volemos al combate, á la venganza; 10

Y el que niegue su pecho á la esperanza,

Hunda en el polvo la cobarde frente.

Tal vez el gran torrente

De la devastación en su carrera

Me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura 15

No se muere una vez? ¿No iré, espirando,

A encontrar nuestros ínclitos mayores?

«¡Salud, oh padres de la patria mía,

Yo les diré, salud! La heroica España

De entre el estrago universal y horrores 20

Levanta la cabeza ensangrentada,

Y vencedora de su mal destino,

Vuelve á dar á la tierra amedrentada

Su cetro de oro y su blasón divino.»

ODA Á GUZMÁN EL BUENO

Ya con lira sonora 25

Himnos dí á la beldad, hija del cielo,

Y á amor canté que sin cesar la adora;

Más ¿cómo al fin mi generoso anhelo

Podrá exaltarse de la hermosa fama

Hasta el templo inmortal? Ella me llama, 30

Y ya en mi pecho hierve

El canto de loor, sin que mis ojos

En esta sirte miserable vean

El grande objeto que ensalzar desean.

¿Cantara yo las haces españolas

En Pirene temblando al eco horrendo 5

Con que Mavorte en rededor rugía?

¿O á las naves británicas huyendo

Nuestra mísera escuadra entre las olas,

Amedrentadas ya con su osadía?

No, España, patria mía; 10

No son eternas, no, las torpes huellas

Que de tu noble frente

Empañan el honor; tú en otros días,

Con victorioso patriotismo bellos,

De gloria ornada y esplendor te vías. 15

¡Ah! ¿por qué yo infeliz no nací en ellos?

Entonces los Alfonsos esforzados,

El hijo de Jimena y gran Rodrigo,

Rayos horribles de la gente mora,

Con sus nervudos brazos no cansados 20

Desolación del bárbaro enemigo

Eran siempre en la lid espantadora.

¿Quién diera á mi deseo

Tantos lauros contar? Cada llanura

Fué campo de batalla, 25

Cada colina vencedor trofeo;

Los sitios mismos que el baldón miraron,

Miraron la venganza, y las afrentas

En torrentes de sangre se lavaron.

«Venid, venid, el Árabe decía, 30

Volad, hijos de Agar; ya los esclavos

El yugo intentan sacudir que un día

En su arrollado cuello

Vuestro valor indómito cargara.

¿Lo sufriréis? Las naves aprestemos,

Y el ancho valladar con que el destino

La Europa y Libia dividió salvemos.

Venid, venid; que nuestra fiera saña

Estremecida España 5

Sientra otra vez; acometed, y abiertas

De Calpe y de Tarifa os son las puertas.»

Mas no las puertas de Tarifa entonces

Al pérfido Julián obedecían;

El valor y el honor las defendían; 10

El honor y el valor que siempre fueron

Escudo impenetrable el más seguro.

¿Qué sin ellos valer el alto muro

Ni el grueso torreón jamás pudieron?

El hombre es solo quien guarnece al hombre. 15

¡Oh pueblo numantino!

¡Oh sagrada ciudad de alto renombre!

¿Quién sino tu constancia te ceñía

Cuando las olas del poder romano

Sobre ti vanamente se estrellaban, 20

Y sus feroces águilas temblaban?

Tal Guzmán impertérrito defiende

La fortaleza en donde

Quebrada el Moro su pujanza vía;

Que ataca en vano, y de furor se enciende, 25

Y truena, al fin, con la espantable saña

De nube que se rompe

Con estruendo fragoso en la montaña.

«¿Así será que la esperanza mía

Un hombre solo á contrastar se atreva? 30

Oye, Guzmán: las leyes del destino

Esta prenda infeliz de tus amores

A mi venganza dieron:

Hijo es tuyo, ¿le ves? Si en el momento

Ante mis pies no allanas

La firme valla del soberbio fuerte,

Tú, que le diste el ser, tú le das muerte.»

Así la iniquidad habla á la tierra,

Cuando, de orgullo y de poder henchida, 5

Mueve á los hombres espantosa guerra.

¡Oh! ¡no tembléis! Magnánimo á su encuentro

La virtud generosa se levanta,

Y sus soberbios ímpetus quebranta.

Ella elevó á Guzmán; de ella inspirado, 10

«Conóceme, tirano, respondía;

Y si es que espada en tu cobarde mano

Falta á la atrocidad, ahí va la mía;

Que yo consagro mi inocente hijo

Sobre las aras de mi patria amada.» 15

Esto sereno dijo,

Y arroja al campo la fulmínea espada.

Y estremécese el campo, y da un gemido

Al vacilar la víctima, do esconde

Su punta aguda el inclemente acero. 20

Calpe con gritos de dolor responde

Al grito universal, y del guerrero

También la faz valiente

Brotando riega involuntario el llanto.

¡Ah! tú padre de España eres primero; 25

Mira cuál ella la segura frente

Alza y su numen tutelar te aclama;

Mira á tu gloria despertar la fama,

Que, sus doradas alas desplegando

Y sonando la trompa refulgente, 30

Los grandes ecos de tu nombre envía

Del norte al mediodía,

Del templo de la aurora al occidente.

Y esta soberbia aclamación oyendo,

De horror y espanto el Berberisco herido,

Huye al mar confundido,

Entre sollozos trémulos diciendo:

«Huyamos ¡ay! á nuestra ardiente arena.

¿Cómo arrancar la tímida paloma 5

Podrá su presa al águila valiente

Del aire vago en la región serena?

Quiébrase el cetro á la africana gente,

Su trono se hunde, y la cruel venganza

Del Godo vencedor, estrago y ruina 10

Contra el ceño de África fulmina.»

Así temblando el Musulmán huía

Del Español guerrero,

Que sobre él centellando revolvía.

Bien como cuando su valor primero, 15

Sorprendido, el león pierde, y se amansa,

Y en sí el oprobio de servir consiente.

¿Cómo á tan vergonzoso vituperio

La generosa frente

Pudo ya doblegar? ¿Do fue el espanto 20

Que dio á la selva atónita su imperio?

¿Nació quizá para vivir esclavo?

No, que llega su vez, y ardiendo en ira,

Rompe, y se libra, y con feroz semblante

Del vil ultraje á la venganza aspira, 25

Bañando en sangre las atroces manos;

Y ruge, y amedrenta á sus tiranos.