Nicolás Fernández de Moratín

(1737–1780)

LA FIESTA DE TOROS EN MADRID

Madrid, castillo famoso 15

Que al rey moro alivia el miedo,

Arde en fiestas en su coso

Por ser el natal dichoso

De Alimenón de Toledo.

Su bravo alcaide Aliatar, 20

De la hermosa Zaida amante,

Las ordena celebrar,

Por si la puede ablandar

El corazón de diamante.

Pasó, vencida á sus ruegos, 25

Desde Aravaca á Madrid;

Hubo pandorgas y fuegos,

Con otros nocturnos juegos

Que dispuso el adalid.

Y en adargas y colores,

En las cifras y libreas,

Mostraron los amadores, 5

Y en pendones y preseas,

La dicha de sus amores.

Vinieron las moras bellas

De toda la cercanía,

Y de lejos muchas de ellas: 10

Las más apuestas doncellas

Que España entonces tenía.

Aja de Jetafe vino,

Y Zahara la de Alcorcón,

En cuyo obsequio muy fino 15

Corrió de un vuelo el camino

El moraicel de Alcabón.

Jarifa de Almonacid,

Que de la Alcarria en que habita

Llevó á asombrar á Madrid 20

Su amante Audalla, adalid

Del castillo de Zorita.

De Adamuz y la famosa

Meco llegaron allí

Dos, cada cual más hermosa, 25

Y Fatima la preciosa,

Hija de Alí el alcadí.

El ancho circo se llena

De multitud clamorosa,

Que atiende á ver en su arena 30

La sangrienta lid dudosa,

Y todo en torno resuena.

La bella Zaida ocupó

Sus dorados miradores

Que el arte filigranó

Y con espejos y flores

Y damascos adornó.

Añafiles y atabales,

Con militar armonía, 5

Hicieron salva y señales

De mostrar su valentía

Los moros principales.

No en las vegas de Jarama

Pacieron la verde grama 10

Nunca animales tan fieros

Junto al puente que se llama,

Por sus peces, de Viveros,

Como los que el vulgo vió

Ser lidiadores aquel día; 15

Y en la fiesta que gozó,

La popular alegría

Muchas heridas costó.

Salió un toro del toril,

Y á Tarfe tiró por tierra, 20

Y luego á Benalguacil;

Después con Hamete cierra,

El temerón de Conil.

Traía un ancho listón

Con uno y otro matiz 25

Hecho un lazo por airón,

Sobre la enhiesta cerviz

Clavado con un arpón.

Todo galán pretendía

Ofrecerle vencedor 30

A la dama que servía:

Por eso perdió Almanzor

El potro que más quería.

El alcaide muy zambrero

De Guadalajara huyó,

Mal herido al golpe fiero,

Y desde un caballo overo

El moro de Horche cayó.

Todos miran á Aliatar, 5

Que aunque tres toros ha muerto

No se quiere aventurar;

Porque en lance tan incierto

El caudillo no ha de entrar.

Mas viendo se culparía, 10

Va á ponerse delante:

La fiera le acometía,

Y sin que el rejón le plante

Le mató una yegua pía.

Otra monta acelerado: 15

Le embiste el toro de un vuelo.

Cogiéndole entablerado;

Rodó el bonete encarnado

Con las plumas por el suelo.

Dió vuelta hiriendo y matando 20

A los de pie que encontrara,

El circo desocupando;

Y emplazándose, se para,

Con la vista amenazando.

Nadie se atreve á salir: 25

La plebe grita indignada,

Las damas se quieren ir,

Porque la fiesta empezada

No puede ya proseguir.

Ninguno al riesgo se entrega 30

Y está en medio el toro fijo;

Cuando un portero que llega

De la puerta de la Vega

Hincó la rodilla y dijo:

«Sobre un caballo alazano,

Cubierto de galas y oro,

Demanda licencia urbano

Para alancear á un toro

Un caballero cristiano.» 5

Mucho le pesa á Aliatar;

Pero Zaida dió respuesta

Diciendo que puede entrar;

Porque en tan solemne fiesta

Nada se debe negar. 10

Suspenso el concurso entero

Entre dudas se embaraza,

Cuando en un potro ligero

Vieron entrar por la plaza

Un bizarro caballero; 15

Sonrosado, albo color,

Belfo labio, juveniles

Alientos, inquieto ardor,

En el florido verdor

De sus lozanos abriles. 20

Cuelga la rubia guedeja

Por donde el almete sube,

Cual mirarse tal vez deja

Del sol la ardiente madeja

Entre cenicienta nube. 25

Gorguera de anchos follajes,

De una cristiana primores,

En el yelmo los plumajes,

Por los visos y celajes

Vergel de diversas flores. 30

En la cuja gruesa lanza,

Con recamado pendón,

Y una cifra á ver se alcanza

Que es de desesperación,

Ó á lo menos de venganza.

En el arzón de la silla

Ancho escudo reverbera

Con blasones de Castilla, 5

Y el mote dice á la orilla:

Nunca mi espada venciera.

Era el caballo galán,

El bruto más generoso,

De más gallardo ademán; 10

Cabos negros, y brioso,

Muy tostado y alazán.

Larga cola recogida

En las piernas descarnadas,

Cabeza pequeña, erguida, 15

Las narices dilatadas,

Vista feroz y encendida.

Nunca en el ancho rodeo

Que da Betis con tal fruto

Pudo fingir el deseo 20

Más bella estampa de bruto,

Ni más hermoso paseo.

Dió la vuelta al rededor:

Los ojos que le veían

Lleva prendados de amor. 25

¡Alah te salve! decían,

¡Déte el Profeta favor!

Causaba lástima y grima

Su tierna edad floreciente:

Todos quieren que se exima 30

Del riesgo, y él solamente

Ni recela ni se estima.

Las doncellas, al pasar,

Hacen de ámbar y alcanfor

Pebeteros exhalar,

Vertiendo pomos de olor

De jazmines y azahar.

Mas cuando en medio se para,

Y de más cerca le mira 5

La cristiana esclava Aldara,

Con su señora se encara,

Y así le dice, y suspira:

«Señora, sueños no son;

Así los cielos vencidos 10

De mi ruego y aflicción,

Acerquen á mis oídos

Las campanas de León,

«Como ese doncel que ufano

Tanto asombro viene á dar 15

A todo el pueblo africano,

Es Rodrigo de Bivar,

El soberbio Castellano.»

Sin descubrirle quién es,

La Zaida desde una almena 20

Le habló una noche cortés

Por donde se abrió después

El cubo de la Almudera;

Y supo que fugitivo

De la corte de Fernando, 25

El Cristiano, apenas vivo,

Está á Jimena adorando

Y en su memoria cautivo.

Tal vez á Madrid se acerca

Con frecuentes correrías, 30

Y todo en torno la cerca,

Observa sus saetías,

Arroyadas y ancha alberca.

Por eso le ha conocido:

Que en medio de aclamaciones,

El caballo ha detenido

Delante de sus balcones

Y la saluda rendido.

La Mora se puso en pie, 5

Y sus doncellas detrás:

El alcaide que lo ve,

Enfurecido además,

Muestra cuán celoso esté.

Suena un rumor placentero 10

Entre el vulgo de Madrid:

No habrá mejor caballero,

Dicen, en el mundo entero;

Y algunos le llaman Cid.

Crece la algazara, y él 15

Torciendo las riendas de oro,

Marcha al combate crüel:

Alza el galope y al toro

Busca en sonoro tropel.

El bruto se le ha encarado 20

Desde que le vió llegar,

De tanta gala asombrado;

Y al rededor le ha observado

Sin moverse de un lugar.

Cual flecha se disparó 25

Despedida de la cuerda,

De tal suerte le embistió;

Detrás de la oreja izquierda

La aguda lanza le hirió.

Brama la fiera burlada; 30

Segunda vez acomete,

De espuma y sudor bañada;

Y segunda vez le mete

Sutil la punta acerada.

Pero ya Rodrigo espera

Con heroico atrevimiento,

El pueblo mudo y atento;

Se engalla el toro y altera,

Y finge acometimiento. 5

La arena escarba ofendido,

Sobre la espalda la arroja

Con el hueso retorcido;

El suelo huele y le moja

En ardiente resoplido. 10

La cola inquieto menea,

La diestra oreja mosquea,

Vase retirando atrás,

Para que la fuerza sea

Mayor, y el ímpetu más. 15

El que en esta ocasión viera

De Zaida el rostro alterado

Claramente conociera

Cuánto le cuesta cuidado

El que tanto riesgo espera. 20

Más ¡ay! que le embiste horrendo

El animal espantoso.

Jamás peñasco tremendo

Del Cáucaso cavernoso

Se desgaja, estrago haciendo, 25

Ni llama así fulminante,

Cruza en negra oscuridad,

Con relámpagos delante,

Al estrépito tonante

De sonora tempestad, 30

Como el bruto se abalanza

En terrible ligereza;

Mas rota con gran pujanza

La alta nuca, la fiereza

Y el último aliento lanza.

La confusa vocería

Que en tal instante se oyó

Fué tanta, que parecía 5

Que honda mina reventó,

Ó el monte y valle se hundía.

A caballo como estaba,

Rodrigo el lazo alcanzó

Con que el toro se adornaba: 10

En su lanza le clavó

Y á los balcones llegaba.

Y alzándose en los estribos,

Le alarga á Zaida, diciendo:

«Sultana, aunque bien entiendo 15

Ser favores excesivos,

Mi corto don admitiendo,

«Si no os dignáredes ser

Con él benigna, advertid

Que á mí me basta saber 20

Que no le debo ofrecer

A otra persona en Madrid.»

Ella, el rostro placentero,

Dijo, y turbada: «señor,

Yo le admito y le venero, 25

Por conservar el favor

De tan gentil caballero.»

Y besando el rico don,

Para agradar al doncel

Le prende con afición 30

Al lado del corazón,

Por brinquiño y por joyel.

Pero Aliatar el caudillo

De envidia ardiendo se ve:

Y trémulo y amarillo,

Sobre un tremecén rosillo

Lozaneándose fué.

Y en ronca voz, «Castellano,»—

Le dice,—«con más decoros 5

Suelo yo dar de mi mano,

Si no penachos de toros,

Las cabezas de Cristiano.

«Y si vinieras de guerra

Cual vienes de fiesta y gala, 10

Vieras que en toda la tierra,

Al valor que dentro encierra

Madrid, ninguno se iguala.»

«Así,»—dijo el de Bivar,—

«Respondo,» y la lanza en ristre 15

Pone, y espera á Aliatar;

Mas sin que nadie administre

Orden, tocaron á armar.

Y fiero bando con gritos

Su muerte ó prisión pedía, 20

Cuando se oyó en los distritos

Del monte de Leganitos

Del Cid la trompetería.

Entre la Moncloa y Soto

Tercio escogido emboscó, 25

Que viendo cómo tardó,

Se acercó, oyó el alboroto,

Y al muro se abalanzó.

Y si no vieran salir

Por la puerta á su señor 30

Y Zaida á le despedir,

Iban la fuerza á embestir:

Tal era ya su furor.

El alcaide, recelando

Que en Madrid tenga partido,

Se templó, disimulando;

Y por el parque florido

Salió con él razonando.

Y es fama, que á la bajada 5

Juró por la cruz el Cid

De su vencedora espada,

De no quitar la celada

Hasta que gane á Madrid.