Ramón de Campoamor y Campoosorio

(1817–1901)

LOS SOLLOZOS

Si á mis sollozos les pregunto adónde

La dura causa está de su aflicción,

De un ¡ay! que ya pasó, la voz responde: 15

«De mi antiguo dolor recuerdos son.»

Y alguna vez, cual otras infelice,

Que sollozo postrado en la inacción!

De otro ¡ay! que aun no llegó, la voz me dice:

«De mi dolor presentimientos son.» 20

¡Ruda inquietud de la existencia impía!

¿Dónde calma ha de hallar el corazón,

Si hasta sollozos que la inercia cría,

Presentimientos ó memorias son?

EL MAYOR CASTIGO

Cuando de Virgilio en pos

Fué el Dante al infierno á dar,

Su conciencia, hija de Dios,

Dejó á la puerta al entrar.

Después que á salir volvió, 5

Su conciencia el Dante hallando,

Con ella otra vez cargó,

Mas dijo así suspirando:

Del infierno en lo profundo,

No ví tan atroz sentencia 10

Como es la de ir por el mundo

Cargado con la conciencia.

¡QUIÉN SUPIERA ESCRIBIR!

I

—Escribidme una carta, señor cura.

—Ya sé para quién es.

—¿Sabéis quién es, porque una noche obscura 15

Nos visteis juntos?—Pues.

—Perdonad, mas...—No extraño ese tropiezo.

La noche... la ocasión...

Dadme pluma y papel. Gracias. Empiezo:

Mi querido Ramón: 20

—¿Querido?... Pero, en fin, ya lo habéis puesto...

—Si no queréis...—¡Sí, sí!

¡Qué triste estoy! ¿No es eso?—Por supuesto.

Qué triste estoy sin ti!

Una congoja, al empezar, me viene...

—¿Cómo sabéis mi mal?...

—Para un viejo, una niña siempre tiene

El pecho de cristal.

¿Qué es sin ti el mundo? Un valle de amargura. 5

¿Y contigo? Un edén.

—Haced la letra clara, señor cura,

Que lo entienda eso bien.

El beso aquel que de marchar á punto

Te dí...—¿Cómo sabéis?... 10

—Cuando se va y se viene y se está junto,

Siempre... no os afrentéis.

Y si volver tu afecto no procura

Tanto me harás sufrir...

—¿Sufrir y nada más? No, señor cura, 15

¡Que me voy á morir!

—¿Morir? ¿Sabéis que es ofender al cielo?...

—Pues, sí, señor; ¡morir!

—Yo no pongo morir.—¡Qué hombre de hielo!

¡Quién supiera escribir! 20

II

¡Señor Rector, señor Rector! En vano

Me queréis complacer,

Si no encarnan los signos de la mano

Todo el sér de mi sér.

Escribidle, por Dios, que el alma mía 25

Ya en mí no quiere estar;

Que la pena no me ahoga cada día...

Porque puedo llorar.

Que mis labios, las rosas de su aliento,

No se saben abrir;

Que olvidan de la risa el movimiento

A fuerza de sentir.

Que mis ojos, que él tiene por tan bellos, 5

Cargados con mi afán,

Como no tienen quien se mire en ellos,

Cerrados siempre están.

Que es, de cuantos tormentos he sufrido,

La ausencia el más atroz; 10

Que es un perpetuo sueño de mi oído

El eco de su voz.

Que siendo por su causa, ¡el alma mía

Goza tanto en sufrir!...

Dios mío, ¡cuantas cosas le diría 15

Si supiera escribir!...

III

Epílogo

—Pues señor, ¡bravo amor! Copio y concluyo:

A don Ramón... En fin,

Que es inútil saber para esto arguyo

Ni el griego ni el latín.— 20

EL DESCREIMIENTO

(A S.M. la Reina Doña Isabel II)

Más que la luz de la razón humana,

Amo la oscuridad de mi deseo,

Y más que la verdad de cuanto veo,

Quiero el error de mi esperanza vana.

Tenéis razón, hermosa Soberana,

Que no sé cuando dudo y cuando creo;

Si hoy, comparado á mí, todo es ateo,

Tal vez de todo dudaré mañana.

Entre creer y dudar, mi alma indecisa, 5

Mientras pasa esta vida de quebranto,

Que es eterna en dar fin, yendo de prisa,

El dudar y creer confunde tanto,

Que unas veces mi llanto acaba en risa,

Y otras veces mi risa acaba en llanto. 10

EL CIELO DE LEOPARDI

¡Genio infeliz! en su primer momento

A su amiga la muerte le decía:

—«Dame la nada, esa región vacía

En que no hay ni placer ni sufrimiento.

Donde se halla la vida está el tormento. 15

Dame paz en la nada—repetía,—

Y mata con el cuerpo el alma mía,

Esta amarga raíz del pensamiento.»

Al oirle implorar de esta manera

Consolando al filósofo afligido, 20

La muerte le responde:—«Espera, espera;

Que en paga de lo bien que me has querido,

Mañana te daré la muerte entera

Y volverás al sér del que no ha sido.»

LAS DOS GRANDEZAS

Uno altivo, otro sin ley, 25

Así dos hablando están:

—Yo soy Alejandro el rey.

—Y yo Diógenes el can.

—Vengo á hacerte más honrada

Tu vida de caracol.

¿Qué quieres de mí?—Yo, nada;

Que no me quites el sol.

—Mi poder...—Es asombroso, 5

Pero á mí nada me asombra.

—Yo puedo hacerte dichoso.

—Lo sé, no haciéndome sombra.

—Tendrás riquezas sin tasa,

Un palacio y un dosel. 10

—¿Y para qué quiero casa

Más grande que este tonel?

—Mantos reales gastarás

De oro y seda.—¡Nada, nada!

¿No ves que me abriga más 15

Esta capa remendada?

—Ricos manjares devoro.

—Yo con pan duro me allano.

—Bebo el Chipre en copas de oro.

—Yo bebo el agua en la mano. 20

—Mandaré cuanto tú mandes.

—¡Vanidad de cosas vanas!

¿Y á unas miserias tan grandes

Las llamáis dichas humanas?

—Mi poder á cuantos gimen, 25

Va con gloria á socorrer.

—¡La gloria, capa del crimen;

Crimen sin capa ¡el poder!

—Toda la tierra iracundo

Tengo postrada ante mí.

—¿Y eres el dueño del mundo,

No siendo dueño de ti?

—Yo sé que, del orbe dueño, 5

Seré del mundo el dichoso.

—Yo sé que tu último sueño

Será tu primer reposo.

—Yo impongo á mi arbitrio leyes.

—¿Tanto de injusto blasonas? 10

—Llevo vencidos cien reyes.

—¡Buen bandido de coronas!

—Vivir podré aborrecido,

Mas no moriré olvidado.

—Viviré desconocido, 15

Mas nunca moriré odiado.

—¡Adiós! pues romper no puedo

De tu cinismo el crisol.

—¡Adiós! ¡Cuán dichoso quedo,

Pues no me quitas el sol!— 20

Y al partir con mutuo agravio,

Uno altivo, otro implacable,

—¡Miserable! dice el sabio;

Y el Rey dice:—¡Miserable!

LAS DOS TUMBAS

«¡Cuán honda, oh cielos, será!,» 25

Dije, mi tumba mirando,

Que va tragando, tragando,

Cuanto nació y nacerá.

Y huyendo del vil rincón

Donde al fin seré arrojado,

Los ojos metí espantado

Dentro de mi corazón.

Mas cuando dentro miré, 5

Mis ojos en él no hallaron

Ni un sér de los que me amaron,

Ni un sér de los que yo amé.

Si no hallo aquí una ilusión,

Y allí sólo hallo el vacío, 10

¿Cuál es más hondo, Dios mío,

Mi tumba, ó mi corazón?...