La ironía y el gracejo en los refranes

Dicen que los refranes encierran la sabiduría popular. La hay, cierto, á vueltas de no poca gramática parda y de mayor inspiración poética. No hay regla de retórica que no pudiera confirmarse con un buen montón de refranes. Pero lo que me parece más importante es buscar en ellos el ingenio nacional, que se retrata en las maneras graciosas de formular la sentencia. La flor y nata es la ironía, en sus variados matices. No es del caso hacer aquí un tratado de ella; baste recordar que consiste en decir lo contrario de lo que se quiere dar á entender, por manera que la forma contradiga al fondo, quedando éste por lo mismo tanto más clavado en las mientes cuanto más entra en ellas por el choque y chispazo debido al contraste. Brilla así más la doctrina y queda más hondamente impresa. Además, no sé qué de encanto tiene para el hombre el mentir, que, ya que no mintamos por el fondo, nos contenta mentir á lo menos por la forma. Ello es que la ironía es la única mentira provechosa y la flor más delicada y olorosa del ingenio. Y esta flor es variadísima y rica en matices; el caso es que tenga alguna pinta de ingeniosa mentira. En tiempo y lugar, el perder es ganar, dice un refrán de singular consejo. Paradoja hay entre el perder y el ganar, y mentira parece que gane el que pierde. Pero ahondad un poco, y hallaréis que el dar tiempo al tiempo, perdiéndolo al parecer, es ganar, y no sólo cualquier empresa, sino hasta ganar tiempo. Dígalo si no la tortuga, que se fué paso tras paso, y llegó antes que el caballo, el cual perdió el tiempo con quererlo aprovechar harto de corrida. Cede el lugar al superior, humíllate, y pronto te verás ensalzado, ganando puesto y lugar con lo que parece lo perdías.

En todo hay bellaquería, si no es en la ropería, dice otro. ¡Cómo!, ¿que no lo hay en la ropería? Porque allí no hay simple bellaquería, sino grandísima bellaquería, en grado superlativo. Mientras discurres, el refrán te va entrando más y más, y cuando caes en ello, ves que el contraste entre la forma y la idea te dice que no es como las demás la bellaquería de los roperos, sino de grado especial, al punto de que esa bellaquería ordinaria no existe realmente entre ellos.

En todo se mete Peralvillos, como el agua en los cestillos.—No es que se meta, sino que con la misma facilidad con que se mete se sale, como el agua que se echa en cesto. Á no ser así, allí dentro se quedaría; y entonces, ¿cómo se podría ir á meter en otro asunto?

En muriéndome yo, todo se acaba.—Valiente pata de gallo, está uno por decir; á no ser que salte y diga: te acabarás tú, que los demás... Y con todo, ni aquello es verdad, ni estotro; y ni es pata de gallo ó simpleza de vara y media, sino gravísima cordura; ni es cierto que se acabará el que lo dice, y no los demás, porque para él todo se acabó, y él de sí habla, no del Papa Marcelo II, de quien nada sabe ni le importa una higa. Salgamos de tan hondas filosofías, que á fe nos habían de anegar á poco que en ellas nos detuviéramos. No hay verdad más colosal que la de ese refrancillo, vestido de bobo.

En Hornachos, todos los asnos son machos.—Tiene gracia la perogrullada. Eso quiso el refrán ó el pueblo que lo inventó: que os cayera en gracia. Pero guardaos, no haya más en la aldehuela, que suena. No sea algún chalán, que os capee con esa gracia para atraeros y vender su mercancía. Y así es la verdad, que los asnos de Hornachos son ó eran antes, que yo no los conozco, pero me consta que fueron tamaños como machos ó mulos. El equívoco tiene de la ironía no menos que de la paradoja, puesto que una cosa dicen á la vista y otra tienen en el anverso, y la gracia está en que, engolosinados con la mentira, busquéis con mayor afán la verdad, volviendo la moneda, que ese manosearla os la dará mejor á conocer y os hará que menos la olvidéis.

Y ya que por machos va, vaya aquel otro: En efecto, que el Rey era macho.—¿No lo entendéis? Decidlo ante un corro, después que Fulano haya mostrado su crasa y supina ignorancia en cualquier materia, y á buen seguro que lo entiendan todos y vos con ellos.

Soñaba Gil, el ciego, que veía, y soñaba lo que quería.—Gracia tiene en el ciego Gil ó en el ciego Menga; pero más gracia tiene, por lo menos más risa da, en Perico el de los Palotes, que se despepita por servir á Don Espera-un-rato hasta echársele por los suelos, ó se quema las cejas á caza de consonantes en el Diccionario de los ídem, creyendo muy á pie juntillas que con eso va á subir á la cima del Parnaso, ó... ó... Añadid aquí, que tela hay cortada para cualquier parroquiano del barrio de la Quimera.

Enderezaos, Lucía, que váis torcida.—Este refrán no tiene hoy aplicación con las señoritas, por estar de moda el ir sobrado de tiesas y erguidas, bien sacados el polisón para atrás y los pechos adelante, porque no todo sea figurín pasado con un asador.

Envaine vuestra merced, que bien lo ha hecho.—Podéis decirlo á muchos militares, no después que hayan dejado de un guantazo roja como un tomate la cara del pobre quinto que se salió de la fila ó trabucó el paso, sino cuando los sintáis á las espaldas por el olor á perfumes, en lo que (en Dios y en mi ánima que no miento) vencen á las damas más emperejiladas. Bien podéis decirles aquel otro: En cueros y con sombrero y guantes y pañizuelo.

Entendió que pescaba bogas.—Tal vez se dijo por el que, llamados sus compañeros á cabo de gran esperanza y regocijo, sacó á la ribera el cadáver de todo un señor asno. Pero más vale dejarnos de glosas y saborear la ironía en los mismos refranes.

Entre bobos anda el juego, y eran todos fulleros.—La segunda parte en éste y sus semejantes suele naturalmente omitirse.

Entre gavilla y gavilla, hambre amarilla.—Paradoja que queda deshecha al advertir que se trata de la mengua que sienten los labradores entre la siega de la cebada y la del trigo, por haberse acabado el repuesto del año anterior.

Entre col y col, lechuga.—Así plantan los hortelanos; dícese del tomar algún alivio entre el trabajo.

Es moza de buen recaudo, que antes que salga se manca en el establo.

Es hablar adefesios.—Á quien no entiende, ó lo que es lo mismo, cosas disparatadas, que lo son para ese tal: como cuando San Pablo escribió ad Ephesios á los de Éfeso, que no le atendían por estar apasionados con su famoso templo de Diana.

Eso y nada lleváoslo en la halda.—Todo eso no vale nada.

El mur (ratón) no cabía en el horado (agujero), y atóse una maza al rabo.

El muleto siempre parece asno, quier en la oreja, quier en el rabo.

El rosario al cuello, y el diablo en el cuerpo.—De los devotos farisaicos.

El hato de la liebre.—Para decir que no tiene más que lo puesto.

El harto de ayuno no tiene duelo ninguno.

El herrero de Arganda, que á puras martilladas olvidó el oficio.

El hijo de la cabra siempre ha de ser cabrito.—El natural tiene que aparecer en cada uno: El hijo del asno dos veces rebuzna; El hijo del gato mata al rato; ó El hijo de la gata, ratones mata; ó El hijo de la cabra, de una hora á otra bala.

En aldeas, pon la capa do la veas.—No te la espulguen.

En Aracena, quien no tiene pan no cena.—Y fuera de Aracena tres cuartos de lo mismo; como En Atienza, cada uno de sí piensa; y En el andar y el meneo, luego vi que era de Toledo, porque en todas partes En el andar y en el vestir, serás juzgado entre mil. Lo mismo: En la tierra de Matadura, quien no trabaja no manduca.

En eso estaba pensando.—Ironía con que niega uno lo que le piden.

En la mula de San Francisco.—Cuando uno camina á pie.

En Cantillana, el que madruga se levanta de mañana.

¿En qué mes cae Santa María de Agosto?—Á los simples; como ¿La mujer del quesero que será?

El polluelo del labrador y el bizcocho de la monja traen costa.—Dan poco para que les den mucho; ó El mensajero de Villamelera, lo que trae en el papo lo lleva.

El primer año, doctor; el segundo, licenciado; el tercero, bachiller; el cuarto, estudiante; el quinto, ignorante que comienza y quiere saber.—Atrás como el cangrejo es este progreso, aplicable de lleno á los estudiantes del día, gracias á los excelentes planes de enseñanza que nos desasnan.

El tal por tal debe ser igual, como el tanto por tanto, que es otro tanto.—Aclárase por el otro: El tal por tal es bueno, si es tanto, como tanto por tanto.

El tejedor del villar huelga toda la semana, y el domingo quiere trabajar.

El tiempo lo cura todo, ó lo pone del lodo; ó El tiempo aclara las cosas y el tiempo las oscurece.—Contra los que fían demasiado del tiempo diciendo: El tiempo cura las cosas; ó El tiempo y yo, para otros dos, como repetía Felipe II. Lo mismo: El tiempo todo lo trae y todo se lo lleva.

El toro se lo rompa.—Al que trae vestido nuevo, con ironía.

El villano y el nogal, á palos dan lo que dan.

El mejor lance de los dados es no jugarlos; ó El mejor nadar es guardar la ropa.

El mejor pienso del caballo es el ojo del amo; y con la cebada que le sobra, fregarle la cola; ó El pienso mejor es el ojo del señor.

El mozo bueno, bueno es; de tres torreznos, dadle los dos, y el mandado hacéoslo vos.

El buen estudiante, harto de sueño y muerto de hambre.—Se supone no de estudiar, sino de andar á picos pardos y ser gastador.

El buen hombre al sol se seque.—Ironía y maldición.

El buen vino ha de ser añejo, y ha de tener buen olor, y buen color, y buen gusto, y mal dejo.—Mala gana de dejarlo de la boca; esperábase buen dejo.

El caso es que me caso, y no hay más caso.—Linda repetición.

El caballo del rey cayó á mi puerta, y en mi portal la haca de la reina.—De los que se jactan de vanos favores de los mayores.

El que las sabe, las tañe; y eran campanas.

El que no tiene casa de suyo, vecino es de todo el mundo.

El convite del cordobés: ya habréis almorzado, no querréis comer.—Pasan por tacaños los cordobeses: no lo sé por experiencia. Las gentes maliciosas siempre achacan á otros las cosas. Así otros dicen de los toledanos: El convite del toledano: bebiérades, si hubiéredes almorzado.

El papagayo tiene cuartanas, porque no le dan almendras confitadas.—Contra regalones.

El pensar no es saber.—Del que menudea el pensé que; y le dicen: penseque, asneque, burreque.

El pobre que pide pan, carne toma si se lo dan.

El potro de Merlín, cada día más ruín.

Él se sabe su canción con dos guiaderas.—Del doblado.

El ser señor no es saber; más eslo el saberlo ser.—Sentencia bien torneada.

El secreto de Anchuelo, que lo decía dando voces; ó secreto á voces.

El sastre que no hurta no es rico por la aguja.—Todos son sisadores.

El día de hoy no hay de quién fiar.—Como Hoy no se fía aquí, mañana sí; y El día de mañana no le vimos.

El dormir no quiere prisa, ni la prisa quiere dormir.

El dolor de cabeza es mío, y las vacas son nuestras.—El trabajo, para el particular; y el provecho que de él se saca, para la comunidad.

El fraile predicaba que no se debe hurtar, y él tenía en el capillo el ansar.

El gaitero de Arganda, que le dan uno por que comience y diez por que lo deje.—Tan bien lo hace. Ó El gaitero de Bujalance, un maravedí por que tanga y diez por que acabe.

El barato de Juan del Carpio.—Aporreó á su mujer, pidiéndole barato, y al revés: El barato de Cordovilla.—Que alumbró toda la noche á los jugadores por el barato, y ellos le dieron con el candelero en la cabeza.

El bobo de Coria, que empreñó á su madre y hermanas, y preguntaba si era pecado.

El buen escribano, primero el borrón que la pluma en la mano.

Años no me lleves, que meses los que quisieres.—Es pedir que no le den de comer, pero que le hinchan el pancho.

Ea, caballeros, que entre señores no ha de haber pesadumbres; y eran tejedores.

¿Heredástelo ó ganástelo?—Que lo heredado se gasta con menos duelo que lo ganado por sí mismo.

El aliño de Pedro Fernández, que vino el jueves y fuése el martes.—Fuése dos días antes de venir.

El alfayate de la encrucijada, que ponía el hilo de su casa; ó El sastre del campillo, que cosía de balde y ponía el hilo; ó del cantillo, como dicen otros; ó El alfayate del castillo, que hacía la costura de balde y ponía el hilo.—Este refrán, del cual conozco hasta diez variantes, dícese del que pide gollerías.

El sastre de Ciguñuela, que pone la costa y hace de balde la obra. El sastre de Peralvillo, que hacía la costura de balde y ponía el hilo. El sastre de Piedras Albas, que ponía el hilo de su casa. El sastre del cantillo, que cosía de balde y ponía el hilo.

El abad de la Magdalena, si bien come, mejor cena.—Adversativa en la forma, que refuerza más que si fuera copulativa; como El asno chiquillo, siempre borriquillo, donde se esperaba algo que saliera en su favor.

El abad de Bamba, lo que no puede comer dalo por su alma.

El invierno en Burgos, y el verano en Sevilla.—Esperábase todo lo contrario; pero es que tienen comodidad las viviendas en cada lugar para estos tiempos. Atribuyen el dicho á Isabel la Católica.

El olivar de Lope de Rueda.—Alusión á las olivas del olivar que sólo tenían en esperanza. Como Hijo no tenemos y nombre le ponemos; y No asamos y ya empringamos.

El olivar, hacerte ha bien, si le haces mal.—Requiere atocharle y cortarle las ramas viejas para renovarse y varearle al coger la aceituna.

El hombre desgraciado, en la cama se despalda.—¡Ya es tener mala suerte!

El oficio del gato: matar el rato.—Al ratón. De los que no dejan sus mañas; lo mismo que: El oficio del perezoso.

El lobo harto de carne métese fraile.—Dícese del que, harto y regalado, trata de la estrechez que deben guardar los religiosos, estando él tan lejos de imitarles como el lobo. Y aplícase á otras cosas, conforme al otro refrán: Médico, cúrate á tí mismo.

El lunes á la Parla, el martes á Paliza, el miércoles á Puño en rostro, el jueves á Cocea, el viernes á la Greña, el sábado Cierne y masa, el domingo descansa.—De las vecinas del barrio, que por parlar y holgar, sus maridos las castigan á puñete, palo y coz, etc.

El lunes mojo, el martes lavo, el miércoles cuelo, el jueves saco, el viernes cierno, el sábado maso; el domingo, que yo hilaría, todos me dicen que no es día.—De los perezosos y para poco, que todo se les va en preparativos y aun en propósitos.

El sabio de Almudévar, Pedro Zaputo.—Por ironía del necio; como El santo macarro jugando al abejón.

Él se sabe su salmo.—Del astuto.

Aquélla es mi nuera, la de los pabilones en la rueca; y aquélla es mi hija, la que bonito hila.—De los que alaban sus agujetas.

Aquí es donde se daban los frailes de capillazos por falta de piedras.—Ironía para decir que hay allí muchos guijarros.

Aquí estáis vos, y la horca vacía.—Hablando de un bellaco.

Aquí cómense las capas.—Dícese donde hay aire frío y no se puede parar. Metáfora con ironía de los que venden las capas con necesidad para comer y dicen es para que no se coman de polilla.

Aquí venden ropa.—De lugar airoso y frío.

Apagar el fuego con aceite.—En vez de remediar la cosa, la enconan y encienden más.

El maestro Ciruela, que no sabía leer y puso escuela; ó Aprendiz de Portugal: no sabe coser y quiere cortar.

Ave por ave, el carnero si volase.—Así al carnero, cabrito, etc., llamaba el ventero de la segunda parte del Quijote (c. 59) aves de la tierra, en oposición á las pajaricas del aire.

Amigo por amigo, mi pan y mi vino.—Como Ave de tuyo.

Arremangóse pereza, y echó fuego á la leña.

Arriba, caudal; y jugaba las hormas.

Arrópate, que sudas.—Al que de poco se cansa.

Achaques al jueves, para no ayunar el viernes.

Ande la recua, que ya está cargada.—Á los corcovados.

Antes de mil años, todos seremos calvos.—De lo muy lejano.

Asienta, escribano, que una blanca me debe fulano.—Es el testamento del gallego, entre cuyos capítulos era uno: «que dejo á mi hermano un olivar, que no tiene olivos ni dónde plantar»; otro: «una camisa, que no tiene faldas, pechera ni mangas».

Aciértalo tú, que yo lo diré.

¿Adónde pondremos este santo?—Del que se regala y se estima en mucho.

Adivino de Salamanca, que no tiene dinero quien no tiene blanca.—Como la ciencia de Pero Grullo, que á la mano cerrada llamaba puño.

Adelante los de Cascante, siete con tres orejas y las dos lleva el asno.—Por la cuenta, entre todos no había más que una oreja. Motéjalos de ladrones desorejados.

Agua, agua, que se quema la fragua.

Agua lo dió, y agua lo llevó.—Del tabernero, á quien el agua le inundó la bodega.

Agudo como punta de colchón, ó de majadero.—Contra el rudo y romo.

Agradecédmelo, vecinas, que echo salvado á mis gallinas.—Contra los que quieren se les agradezca lo que interesadamente emprenden.

Más acá hay posada.—Sofrenada al que se alarga en mentir y encarecer, como Baja acá, Marica, ó Baja acá, gallo, que estás encaramado.

Alabaos, nariguda.—Como Alábate, burro, que te crece el rabo; y Alábate, cesto, que venderte quiero; ó Alábate, polla, que un huevo has puesto, y ese huero.

Alegraos, perros, que ya podan.—Á las esperanzas largas.

Algarabía de allende, que el que la habla no la entiende.—De aplicación continua en estos tiempos de ignorancia española, en que somos tantos los intelectuales.

Algo ajeno no hace heredero.

Algún ciego me quisiera ver.—¡Y tanto!

Albricias, padre, que el obispo es chantre.—Del que se alegra neciamente, cuando debiera llorar.

Alquimista certero, del hierro pensó hacer oro, é hizo del oro hierro.

Al revés me la vestí, mas ándese así.—Contra flojos y desaliñados, y los que no enmiendan sus defectos.

Así medre mi suegro, como la rama tras el fuego.

Ángel patudo, que quiso volar y no pudo.

Anda, mozo, anda, de Burgos á Aranda; que de Aranda á Extremadura, yo te llevaré en mi mula.—Pasado el puente de Aranda ya se está en Extremadura, como lo dice este nombre, extremun Duriæ, extremo del río Duero, el río de Aranda.

Andar á caza con hurón muerto.

¿Hay más pan que rebane este fraile?—Del gorrón.

Ahí me las den todas.—En otro, donde no duele.

Ayuna, como el cuervo en el arado y la gallina en casa.

¿Ayunáis, gallego?Sí, á pesar de o demo.

Ayúdame aquí, don Estorba.

Ahora te lloraré, abuelo, después de un año muerto.

Aramos, dijo la mosca, y estaba en el cuerno del buey.—Á los que no siendo nada dan á entender que son mucho, y no teniendo parte en las cosas se venden como principales en ellas.

Al ojo con el codo.—Del restregarse los ojos, que ha de ser con el codo, lo cual es imposible: por no decir que jamás se ha de restregar. Es como lo otro de que sólo conviene tomar el sol los meses que no tienen r, que son los calurosos, cuando nadie lo apetece.

Al diablo que no vi, beso que le di.—Ironía de lo que nunca vió y desprecio de lo que no se conoce.

Al fiar, vista, dulcedo; al pagar, á tí suspiramos.

Al que te quiere comer, almuérzale primero.

Al que te quiere mal, cómele el pan; y al que bien, también.—Es decir, que hay cosas que parecen mangas; vueltas del revés, mangas otra vez.

Á asno lerdo, modorro arriero; ó Á asno tocho, arriero tonto; ó Á asno tonto, arriero modorro.—El sentido es que á uno mal inclinado ó que necesita de corrección hásele de dar quien pueda enderezarle. Y con todo eso, en vez de darle un buen maestro ó guía que carezca de las malas mañas del discípulo, dice que le den otro que sea horma de su zapato y tan avieso como él. Además de estas tres variantes, se dijo poniendo recuero por arriero.

Á Aznaga por aceite, y á la Granja por naranja.—Es como pedir peras al olmo y cinco pies al gato, pues en tales lugares no se dan esos frutos.

Á ese paso, llevaos mi mula; ó Á ese precio vendimiado es lo mollar; ó Para eso no necesitábamos alforjas.—En vez de es demasiado caro lo que pedís, se le da encima la mula. Sin ironía dijo Jesucristo que al que le quiten la capa le den el sayo también.

Á esotra puerta, que ésta no se abre.—No es despedir á uno, como parece á primera vista. Dícese cuando no responde un sordo ú otros, y en vez de decir ¿qué queréis?, hablando uno por el desatento, dice: no oigo.

Á escudero pobre, carbón de cañuto.—El carbón de cañuto se gasta mucho y dura poco, y el escudero pobre había menester lo contrario, lo que dice el otro refrán: Á escudero pobre, taza de plata y cántaro de cobre, por que le dure.

¿Á cómo vale el quintal de hierro? Dadme una aguja.—Contra los que para comprar una nonada se informan y preguntan á cómo vale la arroba.

Aquí del ¡eche usted jierro! ¡quite usted jierro!

Á propósito, Dr. Jarro.—Al gorrón borracho, y puede servirle de comentario el siguiente sucedido, que no cuento, y fué en Tudela. Merendaban en el campo unas costillas, y vieron venir hacia ellos un conocido gorrón.—Cuidado con convidarle.—Llega, nota que no le invitan, y á propósito de haberle preguntado que qué le hizo á fulano el otro día cuando le faltó en la taberna, y respondiendo él que ¿qué le podía hacer? Paciencia—repone uno de los de la merienda:—Haberle roto las costillas.—Tómale la palabra el de gorra, y sentándose muy frescamente, dice: ¡Pa no hacer disprecio...!. Y dió en las costillas con tan fiero y hambriento diente, que hubieron de apretar los otros los suyos para que no les dejase en ayunas, y sus propias costillas por no descostillarse de risa.

Y á propósito también de equívocos, no es malo el siguiente refrán con su comento de un grave autor antiguo, de principios del siglo XVII. «Á teatino, ni el dedo menino». (Que no se les ha de dar entrada ni en muy mínima cosa, porque no se alcen con todo; ya es notorio á quiénes llaman teatinos en Castilla. Dícelo aquel jeroglífico «pues que nadie te atina, yo te atino, dinero mío»).

Á tí lo digo, hijuela; entiéndelo, mi nuera.

Á tu tía.—Despidiendo, que se vaya con Dios. O como dice otro: Á Tuta, que es lugar de limosnas, ó á Tetuán. Despide y burla del que pide lo que le quieren dar, remitiéndole adonde no halle bien ninguno. Tuta, lugar imaginario, y tu-tía por el sonsonete: equivalen á pedir; tute y tus-tus explican la etimología del tu-ta, tu-s, tu=to, llamar á uno y pedir en éuskera.

Á vísperas dan paz.—Por lo que es fuera de sazón, pues la paz se da en la misa y no en las vísperas.

Á maravedí el palmo.—Dícese en lo que á uno no le va ni le viene, ni maldito lo que le importa en lo que se entremete.

Á más priesa, más vagar.—Paradoja bien clara en Vísteme despacio, que estoy de prisa.

Á mí que no pido.—Cuando se reparte algo, los muchachos todos piden y son importunos; el que no lo es, tomando su modestia por derecho, dice el refrán. Otros muchos, por no parecer muchachos, dícenlo para su capote. Á todos alcanza el dicho.

¡Ay, ay, ay!, que me quejo y no tengo mal.

Ahí es, junto á casa.—Ironía cuando está muy lejos aquello por que se pregunta.

Hay hombres bestias como ansares pardas.—Por no decir que hay pocos que no lo sean.

¡Ay qué trabajo, vecina; el ciervo muda el penacho cada año, y vuestro marido cada día!—Pulla manifiesta.

Á ésta no la toco, á ésta no la toco.—Del que finge no querer y se lo está comiendo con los ojos, y así otros añaden: y todas se las comió. Suele pasar á los niños bien criados, á quienes se les enseña á rehusar cortesmente en sociedad cuando se les ofrece algo. Sólo que después resulta que si el ofrecimiento es sincero y acaba por aceptar, como debe hacerlo, no deja ni las raspas y muestra su mala crianza, en lo que quiso mostrarla demasiado esmerada. Otra variante: Á éste le dió, á éste no le dió, y todos se los comió.

¡Á ellos!, ¡á ellos!; é iban huyendo.—Entiéndese que lo decían los que huían.

¡Á ellos, padre! Vos á las berzas, y yo á la carne: y si os sentís agraviado, vos á las berzas, y yo al jarro.—Es la figura retórica aprosdoqueton, que denota lo que no se esperaba; se espera una cosa y dispara en otra irónicamente. Como decimos: el que parte, bien reparte; bien para sí, por supuesto.

Á la sierra, ni dueña ni cigüeña.—Modo de decir que las dueñas se meten en todo, pues se las encuentra hasta en despoblado, aunque el dicho diga de hecho lo contrario.

Á la dicha que habéis, padre, ahorcado habéis de morir.—Otro aprosdoqueton. Dicha vale buena y mala ventura, como suerte y casualidad, y aunque de suyo díjose de la buena, por el irónico modo de hablar tomó también el valor opuesto, como sucede en otros vocablos, por antítesis, como dicen. Por ejemplo, en el Quijote (I, c. 40): «si á dicha se pierden, ó los cautivan, sacan sus firmas»: es decir, si por mala suerte.

Á la boda de Don García, lleva pan en la capilla.—Es paradoja, pues en las bodas suele haber abundancia; pero enseña que nadie se fíe en hacienda y provisión ajena, por rico que sea el otro y favorecedor que se presente.

Á la boda del herrero, cada cual con su dinero.—También parece paradoja; como todos han menester de él en los pueblos chicos, van en su boda á ofrecerle, en vez de comer á su costa.

Á la boda del horno, perdió Mariquita el bollo.—Paradoja clara, y la sentencia bien se clarea tras la metáfora.

Á la borracha, pasas.—Lo que ella quisiera fuera vino: dénselo en pasas.

Á la borrica arrodillada doblar la carga.—En vez de aliviársela; como al que no quiere taza, taza y media.

Á la buena, júntate con ella, y á la mala, ponla la almohada.—No por darle gusto, sino porque haga sus visitas de puro cumplido y se parta cuanto antes.

Á la vieja que no puede andar, meterla en el arenal.—Desayudarla; en vez de sacarla del atolladero, meterla en otro peor.

Á la mosca, que es verano.—Dícenlo por los que se van libres de amo.

Á la muerte no hay remedio cuando venga sino tender la pierna.—Dejarse morir, que es remedio eficaz para salir del paso.

Á la mula con halago, y al caballo con el palo.—Al revés te lo digo, para que me entiendas.

Á la mujer barbuda, de lejos me la saluda, con dos piedras, que no con una.

Á la mujer ventanera, tuércela el cuello si la quieres buena.—Buen remedio acabar con ella; pero no hay otro, porque es resabio sin remedio.

Á las veces más vale el vino que las heces.—Esperábase oir todo lo contrario; como lo barato es caro.

Á los de la facultad no llevamos dinero.—Así un albéitar á un médico que le pagaba la cura de su mula.

Á nadar anadinos, patos y patinos; entrad vos, patón, nadaréis mejor.—En vez de lo haréis peor.

No hay cosa mejor dicha que la que está por decir.—Paradoja, aconsejando el secreto y la discreción.

Á segar son idos tres con una hoz.—Suéltase el problema irónico: mientras uno siega holgaban los dos.

¡Ah, señor, por quien tú eres, no se acaben las mujeres!—En vez de decir: ojalá cargue con todas el diablo.

Á su tiempo viene lo que Dios envía y quiere; y Á su tiempo se cogen las uvas, cuando están maduras.—Esperábase más honda razón. Y es la explicación de Don Quijote á Sancho del por qué le dolían todas las espaldas, declarándoselo profundamente, que como el palo con que le molieron era largo y tendido, le dolía cuanto el palo le cogió, y «si más te cogiera más te doliera».

Á jueces galicianos, con los pies en las manos.—Á magistrados codiciosos ó gallegos, llevarles aves asidas por los pies con las manos.

Á Dios y á ventura dígola abutarda.—Siendo la guía, debiera saber el camino, y llama gobernador al desgobernador y que no sabe de trazas ni lo que se pesca.

Á Dios y veámonos, y eran dos ciegos.—Como veamos, dijo el ciego, y nunca veía.

Á Dios, Benavente, que se parte el Conde; y salía un cocinero.—De la población llamada Benavente; como Á Dios, Madrid, que te quedas sin gente.

Á Dios, que pinta la uva.—los mozos que se despiden del amo, cuando más los había menester.

Á Dios, paredes, que me voy á ser santo; é iba á ser ventero.—Tan de buena conciencia como el que armó caballero á Don Quijote.

Á do te quieren mucho, no vayas á menudo.—Y no es ironía; para no cansar y hacer que te dejen de querer. Sentencia bien honda y práctica.

Á dos palabras, tres porradas.—Habla el necio dos palabras y son tres necedades.

Á falta de hombres buenos, hicieron á mi padre alcalde.—De quien el hijo no tenía muy buena opinión que digamos.

Á falta de caldo, buena es la carne.—Como á falta de pan, buenas son tortas; ó á falta de vaca, buenos son pollos con tocino.

Á bien te salgan, hijo, tus barraganadas.—Ironía contra los presuntuosos. Barraganadas son valentías; y prosigue: El toro estaba muerto, y hacíale alcocarras con el capirote desde las ventanas, que hoy diríamos le quería capear desde la talanquera.

Á buey viejo, cencerro nuevo.—Cosas desproporcionadas, y en particular el que casa de viejo con mujer moza; ó á casas viejas, puertas nuevas.

Á buen santo lo encomendáis.—Á quien no tiene influencias, santo de poca cabida con Dios.

Á buen comer ó mal comer, tres veces beber: la primera pura, la segunda como Dios la crió en la uva, la tercera como sale de la cuba.—Siempre y en todo caso buen trago y de lo no bautizado.

Á buen tiempo hemos llegado.—Del tiempo trabajoso y del verse desdeñados.

Á buen viento está la parva.—Del descuidado é inepto.

Á buscarla ando, la mala de la rueca, y no la hallo.—Dicen que lo dice la perezosa, que carga á la rueca la culpa de su dejadez.

Á quien da y toma, nácele una corcova.—Los muchachos á los cicateros, mudando irónicamente el otro: Á quien da y toma, nácele una corona, que el dar le fué granjeo, porque el que siembra coge.

Á quien da no escoge; y dábanle de palos.

Ha comido cazuela.—Dícenle á uno que se pasea por no tener blanca.

Allá va la lengua, do duele la muela.—El que mejor lo aplicaba fué el que lo decía á las vecinas del barrio, cuando hablaban mal de otras, pues acaece las más veces que lo que más critican es lo que más falta les hace, y esto aunque no sean vecinas del barrio. Y confírmalo el otro refrán: Allí perdió la dueña el honor, donde habló mal y oyó peor.—Porque Allí tiene la gallina los ojos, donde tiene los huevos y pollos.

Año de siete, ¡quién lo oyese y no lo viese!—Común y antigua creencia es que en las enfermedades el seteno día, y en la vida el año siete y todos sus múltiplos, son peligrosos. Aun en las frutas, cada año de siete no lo tienen por bueno los labradores, porque dicen que parece que descansa en él la tierra. Los hebreos no sembraban el año séptimo; pero era por el septenario de la creación con su descanso final, como en la semana, que terminaba en sábado ó descanso. El que quiera enterarse de las virtudes y daños del número siete lea lo que de Varron trae Aulo Gelio, en el capítulo 10 del libro 3.º de sus Noches áticas, donde, entre otras mil, trae esta misma supersticiosa creencia. «En los septenarios se verifican los que llaman climacteres los Caldeos, las crisis peligrosas de la vida del hombre y de su fortuna». Estos mismos datos y otros muchos de diversos autores recuerdo haber leído en el primero de los Diálogos que escribió en riquísimo castellano el P. Fray Juan de Pineda sobre la Agricultura cristiana, libro raro, de lo mejor que se ha escrito en castellano, fuera de su desmesurada extensión, pues consta de dos tomos en folio; hállase en la Biblioteca Nacional.