«Los sabios ¡oh lobo maldito! nos enseñan que la gente como tú, la gente que tiene la máscara de la fealdad, el aspecto grosero y el cuerpo mal formado, tiene también el alma tosca y desprovista de sutileza. ¡Y cuán verdadero es esto en lo que te concierne! Lo que me has dicho acerca de la amistad es muy exacto; pero ¡cómo te equivocas al quererlo aplicar á tu alma de traidor! Porque ¡oh estúpido lobo! si realmente fueses tan fértil en juiciosos consejos, ¿cómo no darías con el medio de salir de ahí? Y si eres de veras tan poderoso como dices, ¡trata de salvar tu alma de una muerte segura! ¿No recuerdas la HISTORIA DEL MÉDICO?» «Pero ¿qué médico es ése?», gritó el lobo. Y el zorro dijo:

«Había un aldeano que padecía un gran tumor en la mano derecha. Y aquello le impedía trabajar. Y cansado ya de intentar varias curaciones, mandó llamar á un hombre al cual se creía versado en las ciencias médicas. El sabio fué á casa del enfermo, con una venda en un ojo. Y el enfermo le preguntó: «¿Qué tienes en ese ojo, ¡oh médico!?» Éste contestó: «Un tumor que no me deja ver.» Entonces el enfermo exclamó: «¿Tienes ese tumor y no lo curas? ¿Y ahora vienes para curar el mío? ¡Vuelve la espalda, y enséñame la anchura de tus hombros!»

«Y tú, ¡oh lobo de maldición! antes de pensar en darme consejos y enseñarme ardides, sé lo bastante listo para librarte de ese hoyo y guardarte de lo que te va á llover encima. Y si no, quédate para siempre en donde estás.»

Entonces el lobo se echó á llorar, y antes de desesperarse por completo, dijo al zorro: «¡Oh compañero! Te ruego que me saques de aquí, acercándote por ejemplo al borde del hoyo y alargándome la punta del rabo. Y me agarraré á ella y saldré del agujero. Y entonces, prometo ante Alah arrepentirme de todas mis ferocidades pasadas, y me limaré las garras, y me romperé los dientes, para no sentir la tentación de atacar á mis vecinos. Después me pondré la ropa tosca de los ascetas y me retiraré á la soledad para hacer penitencia, sin comer más que hierba ni beber más que agua.» Pero el zorro, lejos de enternecerse, dijo al lobo: «¿Y desde cuándo se puede cambiar tan fácilmente de naturaleza? Lobo eres, y lobo seguirás siendo, y no he de ser yo quien crea en tu arrepentimiento. ¡Y además, muy candoroso tendría yo que ser para confiarte mi cola! Quiero verte morir, porque los sabios han dicho: «¡La muerte del malo es un beneficio para la humanidad, pues purifica la tierra!...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 150.ª NOCHE

Ella dijo:

«...¡La muerte del malo es un beneficio para la humanidad, pues purifica la tierra!»

Al oir estas palabras, el lobo, lleno de rabia y desesperación, se mordió una pata; pero dulcificando más la voz, dijo: «¡Oh zorro! La raza á que perteneces es famosa entre todos los animales de la tierra, por sus exquisitos modales, su elocuencia, su sutileza y la dulzura de su temperamento. ¡Termina, pues, este juego, y recuerda las tradiciones de tu familia!» Pero el zorro, al oir estas palabras, se echó á reir con tanta gana, que se desmayó. No tardó en volver en sí, y dijo al lobo: «Ya veo, ¡oh maravilloso bruto! que tu educación está completamente por hacer. Pero no tengo tiempo para dedicarme á semejante tarea, y me contentaré, antes de que revientes, con hacer penetrar en tus oídos algunas de las palabras de los sabios. ¡Sabe, pues, que todo tiene remedio, menos la muerte; que todo puede corromperse, menos el diamante; y por último, que se puede uno librar de todo, menos del Destino!