»En cuanto á ti, me has hablado hace un momento, según creo, de recompensarme al salir del hoyo y de otorgarme tu amistad. Sospecho que te pareces á aquella SERPIENTE cuya historia no debes conocer, dada tu ignorancia.» Y como el lobo confesase que la desconocía, el zorro dijo:
«Sabe ¡oh lobo! que hubo una vez una serpiente que había logrado escaparse de manos de un titiritero. Y esta serpiente, no acostumbrada á caminar por haber estado tanto tiempo enrollada en un saco, se arrastraba penosamente por el suelo, y seguramente habría sido aplastada, si un transeunte caritativo no la hubiera visto, y creyéndola enferma, movido de piedad, la cogió y le dio calor. Y lo primero que hizo la serpiente al recobrar la vida fué buscar el sitio más delicado del cuerpo de su salvador y clavar en él su diente cargado de veneno. Y el hombre cayó muerto inmediatamente. Ya lo dijo el poeta:
¡Desconfía y procura huir cuando la víbora se enrosque mimosamente! ¡Va á estirarse, y su veneno entrará en tu carne con la muerte!
»Y también ¡oh lobo! hay estos versos admirables, que vienen muy bien al caso:
¡Cuando un niño haya sido cariñoso contigo y tú le trates mal, no te asombre que te guarde rencor en el fondo del hígado, ni de que se vengue algún día cuando tenga pelos en el brazo!
»Y yo, maldito lobo, para dar comienzo á tu castigo y hacerte probar anticipadamente las delicias que te aguardan en el fondo de ese hoyo, mientras llega la ocasión de regar tu tumba como he dicho, he aquí lo que te ofrezco: ¡levanta la cabeza, amigo!»
Y el zorro, volviéndose de espaldas, se apoyó con las patas de atrás en el borde del hoyo, é hizo llover sobre el hocico del lobo lo suficiente para ungirle y perfumarle hasta sus últimos momentos.
Y hecho esto, se subió á lo más alto de la escarpa, y empezó á chillar llamando á los amos y á los guardas, que no tardaron en acudir. Y cuando se acercaron, se ocultó el zorro, pero lo bastante cerca para ver las piedras enormes que aquéllos tiraban al hoyo y oir los aullidos de agonía de su enemigo el lobo.
Al llegar á este punto, Schahrazada se detuvo un momento para beber un vaso de sorbete que le alargaba la pequeña Doniazada. El rey Schahriar exclamó: «¡Ardía en impaciencia por saber la muerte del lobo! ¡Ahora que ya ocurrió, quisiera oirte contar algo sobre la ingenua é irreflexiva confianza y sus consecuencias!» Y Schahrazada dijo: «¡Escucho y obedezco!»