Había una mujer cuyo oficio no era otro que descortezar sésamo. Y un día le llevaron una medida de sésamo de primera calidad, diciéndole: «El médico ha mandado á un enfermo que se alimente exclusivamente con sésamo. Y te lo traemos para que lo limpies y lo mondes con cuidado.» La mujer lo cogió, puso en seguida manos á la obra, y al acabar el día lo había limpiado y mondado completamente. ¡Y daba gusto ver aquel sésamo tan blanco! Así es que una comadreja que andaba por allí se vió tentadísima, y llegada la noche, se dedicó á transportarlo desde la bandeja en que estaba á su madriguera. Y tan bien lo hizo, que por la mañana no quedaba en la bandeja más que una cantidad muy pequeña de sésamo.
Y oculta la comadreja, pudo juzgar el asombro y la ira de la mondadora al ver aquella bandeja casi limpia del contenido. Y la oyó exclamar: «¡Ah, si pudiera dar con el ladrón! ¡No pueden ser más que esos malditos ratones que infestan la casa desde que se murió el gato! ¡Como pillase á uno, le haría pagar las culpas de todos los otros!»
Cuando la comadreja oyó estas palabras, se dijo: «Es necesario, para resguardarme de la venganza de esta mujer, tener que confirmar sus sospechas, en cuanto atañe á los ratones. ¡Si no, puede que la tomara conmigo y me rompiera los huesos!» Y en seguida fué á buscar al ratón, y le dijo: «¡Oh hermano! ¡Todo vecino se debe á su vecino! ¡No hay nada tan antipático como un vecino egoísta que no guarda atención alguna á los que viven á su lado y no les envía nada de los platos exquisitos que las hembras de la casa han guisado, ni de los dulces y pasteles preparados en las grandes festividades!» Y el ratón contestó: «¡Cuán verdad es todo eso, buena amiga! ¡Por eso, aunque haga pocos días que estés aquí, me congratulo tanto de las buenas intenciones que manifiestas! ¡Plegué á Alah que todos los vecinos sean tan buenos y tan simpáticos como tú! Pero ¿qué tienes que anunciarme?» La comadreja dijo: «La buena mujer que vive en esta casa ha recibido una medida de sésamo fresco muy apetitoso. Se lo han comido hasta hartarse entre ella y sus hijos, y sólo han dejado un puñado. Por eso vengo á avisártelo; prefiero mil veces que lo aproveches tú, á que se lo coman los glotones de sus parientes.»
Oídas estas palabras, el ratón se alegró tanto, que empezó á dar brincos y á mover la cola. Y sin tomarse tiempo para reflexionar, ni advertir el aspecto hipócrita de la comadreja, ni fijarse en la mujer que acechaba, ni preguntarse siquiera qué móvil podía impulsar á la comadreja á semejante acto de generosidad, corrió locamente y se precipitó en medio de la bandeja, en donde brillaba el sésamo esplendente y mondado. Y se llenó glotonamente la boca. Pero en aquel instante salió la mujer de detrás de la puerta, y de un palo hendió la cabeza del ratón.
¡Y así el pobre ratón, por su imprudente confianza, pagó con la vida las culpas ajenas!
Al oir estas palabras, el rey Schahriar exclamó: «¡Oh Schahrazada! ¡Qué lección de prudencia hay en ese cuento! ¡Si lo hubiera sabido antes, me habría guardado muy bien de poner una confianza sin límites en mi esposa, aquella libertina á quien maté con mis propias manos, y no hubiese creído en los miserables eunucos negros que ayudaron á la traidora! ¿Sabes por ventura alguna historia referente á la fiel amistad?»
Y Schahrazada dijo:
He llegado á saber que un cuervo y un gato de Algalia habían trabado una firme amistad y se pasaban las horas retozando y jugando á varios juegos. Y un día que hablaban de cosas realmente interesantes, pues no hacían caso de lo que pasaba á su alrededor, fueron devueltos á la realidad por el rugido espantoso de un tigre, que resonaba en el bosque.