Inmediatamente, el cuervo, que estaba en el tronco de un árbol al lado de su amigo, se apresuró á ganar las ramas altas. En cuanto al gato, de espantado no sabía dónde ocultarse, pues ignoraba el sitio de donde acababa de salir el rugido del tigre. En tal perplejidad, dijo al cuervo: «¿Qué haré, amigo mío? Dime si puedes indicarme algún medio, ó si puedes prestarme algún socorro eficaz.» El cuervo respondió: «¿Qué no haría yo por ti, buen amigo? Estoy dispuesto á afrontarlo todo para sacarte de apuros; pero antes de acudir en tu socorro, déjame recordarte lo que dijo el poeta:

¡La verdadera amistad es la que nos impulsa á arrojarnos al peligro para salvar al objeto amado, arriesgándonos á sucumbir!

¡Es la que nos hace abandonar bienes, padres y familia para ayudar al hermano de nuestra amistad!»

En seguida el cuervo se apresuró á volar hacia un rebaño que pasaba por allí, guardado por enormes perros, más imponentes que leones. Y se fué derecho á uno de los perros, se precipitó sobre su cabeza y le dió un fuerte picotazo. Después se lanzó sobre otro perro é hizo lo mismo; y habiendo excitado así á todos los perros, echó á volar á una altura suficiente para que le fueran persiguiendo, pero sin que le alcanzaran sus dientes. Y graznaba á toda voz, como para mofarse de ellos. De modo que los perros le fueron siguiendo cada vez más furiosos, hasta que los atrajo hacia el centro del bosque. Y cuando los ladridos hubieron resonado en todo el bosque, el cuervo supuso que el tigre, espantado, había debido huir; entonces el cuervo se remontó cuanto pudo, y habiéndolo perdido de vista los perros, regresaron al rebaño. El cuervo fué á buscar á su amigo el gato, al cual había salvado de aquel peligro, y vivió con él en paz y felicidad.

Y ahora deseo contarte, ¡oh rey afortunado!—prosiguió Schahrazada—la Historia del cuervo y el zorro.

Se cuenta que un zorro viejo, cuya conciencia estaba cargada de no pocas fechorías, se había retirado al fondo de un monte abundante en caza, llevándose consigo á su esposa. Y siguió haciendo tanto destrozo, que acabó por despoblar completamente la montaña, y para no morirse de hambre, empezó por comerse á sus propios hijos y estrangular una noche traidoramente á su esposa, á la cual devoró en un momento. Y hecho ésto, no le quedó nada á que hincar el cliente.

Era demasiado viejo para cambiar de residencia, y no era bastante ágil para cazar liebres y coger al vuelo las perdices. Mientras estaba absorto en estas ideas, que le ennegrecían el mundo delante del hocico, vió posarse en la copa de un árbol á un cuervo que parecía muy cansado. Y en seguida pensó: «¡Si pudiera hacerme amigo de ese cuervo, sería mi felicidad! ¡Tiene buenas alas que le permiten hacer lo que no pueden mis patas baldadas! ¡Así, me traería el alimento, y además me haría compañía en esta soledad que empieza á serme tan pesada!» Y pensado y hecho: avanzó hasta el pie del árbol en que estaba posado el cuervo, y después de las zalemas acostumbradas, le dijo: «¡Oh mi vecino! No ignoras que todo buen musulmán tiene dos méritos para su vecino. El de ser musulmán y el de ser su vecino. Reconozco en ti esos dos méritos, y me siento conmovido por la atracción invencible de tu gentileza y por las buenas disposiciones de amistad fraternal que te supongo. Y tú, ¡oh buen cuervo! ¿qué sientes hacia mí?»

Al oir estas palabras el cuervo se echó á reir de tan buena gana, que le faltó poco para caerse del árbol. Después dijo: «¡No puedo ocultarte que es muy grande mi sorpresa! ¿De cuándo acá, ¡oh zorro! esa amistad insólita? ¿Y cómo ha entrado la sinceridad en tu corazón, cuando sólo estuvo en la punta de tu lengua? ¿Desde cuándo dos razas tan distintas pueden fundirse tan perfectamente, siendo tú de la raza de los animales y yo de la raza de las aves? Y sobre todo, ¡oh zorro! ya que eres tan elocuente, ¿sabrías decirme desde cuándo los de tu raza han dejado de ser de los que comen y los de mi raza los comidos? ¿Te asombras? ¡Pues ciertamente no hay por qué! ¡Vamos, zorro, viejo malicioso, vuelve á guardar todas esas hermosas palabras en tu alforja, y dispénsame de una amistad respecto á la cual no me has dado pruebas!»

Entonces el zorro exclamó: «¡Oh cuervo juicioso, cuán perfectamente razonas! Pero sabe que nada es imposible para Aquel que formó los corazones de sus criaturas, y ha engendrado en el mío ese generoso sentimiento hacia ti. Y para demostrarte que individuos de distinta raza pueden estar de acuerdo, y para darte las pruebas que con tanta razón me reclamas, no encuentro nada mejor que contarte la historia que he llegado á saber, la historia de la pulga y el ratón, si es que quieres escucharla.»