El cuervo repuso: «Puesto que hablas de pruebas, dispuesto estoy á oir esa Historia de la pulga y el ratón, que desconozco.» Y el zorro la narró de este modo:
«¡Oh amigo, lleno de gentileza! Los sabios versados en los libros antiguos y modernos nos cuentan que una pulga y un ratón fueron á vivir en la casa de un rico mercader, cada cual en el lugar que fué más de su agrado.
»Ahora bien; cierta noche, la pulga, harta de chupar la sangre agria del gato de la casa, saltó á la cama donde estaba tendida la esposa del mercader, se deslizó entre la ropa, se escurrió por debajo de la camisa para llegar á los muslos, y desde allí brincó hasta el pliegue de la ingle, precisamente en el sitio más delicado. Y notó realmente que aquel sitio era muy delicado, muy suave, muy blanco y liso á pedir de boca. No tenía ni arrugas ni pelos indiscretos. Al contrario, ¡oh cuervo amigo! al contrario. Y fué el caso que la pulga se encasilló en aquel paraje y se puso á chupar la deliciosa sangre de la mujer hasta llegar á la hartura. Sin embargo, puso tan poca discreción en su trabajo, que la mujer se despertó al sentir la picadura, y llevó la mano velozmente al sitio picado, y habría aplastado á la pulga si ésta no se hubiese escurrido diestramente por el calzón, corriendo á través de los innumerables pliegues de esa prenda especial de la mujer, y saltando desde allí al suelo para refugiarse en el primer agujero que encontró. ¡Esto en cuanto á la pulga!
»En cuanto á la mujer, como lanzase un alarido de dolor que hizo acudir á todas las esclavas, advertidas éstas de la causa del sufrir de su señora, se apresuraron á remangarse los brazos y á buscar la pulga entre las ropas. Dos esclavas se encargaron de las faldas, otra de la camisa, y otras del amplio calzón, cuyos pliegues examinaron escrupulosamente uno tras otro. Entretanto, la mujer se hallaba completamente en cueros, y á la luz de los candelabros se registraba la parte delantera mientras que la esclava favorita le inspeccionaba minuciosamente la trasera. Pero ya te puedes figurar, ¡oh cuervo! que no encontraron nada. ¡Y esto es todo en cuanto á la mujer!»
El cuervo exclamó: «Pero á todo eso, ¿en dónde están las pruebas de que me hablabas?» El zorro repuso: «¡Precisamente vamos á ello!» Y prosiguió de esta manera:
«He aquí que el agujero en que se había refugiado la pulga era la madriguera del ratón...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 151.ª NOCHE
Ella dijo: