»...He aquí que el agujero en que se había refugiado la pulga era la madriguera del ratón; de modo que cuando el ratón vió entrar á la pulga en su casa se indignó extraordinariamente, y le dijo: «¿Qué vienes á hacer aquí, ¡oh pulga! ya que no eres de mi especie ni de mi esencia? ¿Qué buscas aquí, ¡oh parásito! del cual sólo se puede esperar algo desagradable?» Y la pulga contestó: «¡Oh ratón hospitalario entre los ratones! Sabe que si he invadido tan indiscretamente tu domicilio, ha sido contra mi voluntad, pues lo he hecho para librarme de la muerte con que me amenazaba la dueña de esta casa. ¡Y todo por un poco de sangre que le he chupado! ¡Verdad es que era de primera calidad, suave, tibia y de maravillosa digestión! Vengo, pues, á ti, confiada en tu bondad, para rogarte que me tengas en tu casa hasta que haya pasado el peligro. Lejos de atormentarte y obligarte á huir de tu domicilio, te demostraré una gratitud tan señalada, que darás las gracias á Alah por haberme admitido en tu compañía.» Entonces, convencido el ratón por el acento sincero de la pulga, dijo: «Si realmente es así, ¡oh pulga! puedes compartir mi albergue y vivir aquí tranquila. Serás mi compañera en la próspera y en la adversa fortuna. Y en cuanto á la sangre bebida en el muslo de la mujer, no te apures. Digiérela gozosamente en la paz de tu corazón y con delicia. Cada cual encuentra su alimento donde puede, y nada hay en ello de reprensible; y si Alah nos ha dado la vida, no ha sido para que nos dejemos morir de hambre ni de sed. Y á este propósito, he aquí los versos que oí recitar un día por las calles á un santón:
¡Nada tengo en la tierra que me sujete: ni muebles, ni esposa que me gruña, ni casa! ¡Oh corazón mío, cuán libre estás!
¡Un pedazo de pan, un sorbo de agua y un poco de sal bastan para mi alimento, pues estoy completamente solo! ¡Un raído ropón me sirve de traje, y aún me sobra!
¡Tomo el pan donde lo encuentro, y acato el Destino conforme viene! ¡Nada me pueden quitar! ¡Lo que cojo á los demás para vivir, es lo que les sobra! ¡Corazón mío, cuán libre estás!»
»Cuando la pulga oyó este discurso del ratón, se sintió muy conmovida, y lo dijo: «¡Oh ratón, hermano mío, qué vida tan deliciosa vamos á pasar juntos! ¡Alah apresure el momento en que pueda agradecer tus bondades!»
»Y el tal momento no tardó en llegar. Efectivamente, la misma noche, el ratón, que había ido á dar una vuelta por la casa del mercader, oyó un rumor metálico, y sorprendió al mercader que contaba uno por uno los numerosos dinares guardados en un saquito, y cuando hubo echado la cuenta, los escondió bajo la almohada, se tumbó en la cama, y se durmió.
»Entonces el ratón fué á buscar á la pulga, le contó lo que acababa de ver, y le dijo: «Ha llegado la ocasión de que me ayudes á transportar esos dinares de oro desde la cama del mercader hasta mi albergue.» Al oir estas palabras, la pulga estuvo á punto de desmayarse de emoción, por lo exorbitante que le pareció todo aquello, y exclamó con tristeza: «No debes pensar en eso, ¡oh ratón! ¿Cómo he de llevar yo á cuestas un dinar, cuando mil pulgas juntas no podrían ni siquiera moverlo? En cambio puedo ayudarte de otro modo, pues tan pulga como me ves, me encargo de sacar al mercader de su habitación ahuyentándole de la casa; y entonces serás el amo del terreno, y sin apresurarte y á tu gusto podrás transportar los dinares á tu madriguera.» El ratón exclamó: «¡Eres en verdad una pulga excelente, y no había caído en ello hasta ahora! Mi madriguera es lo suficientemente grande para encerrar todo el oro, y he abierto setenta puertas para poder salir en el caso de que quisieran emparedarme en ella. ¡Date prisa á ejecutar lo que me has ofrecido!»
»Entonces la pulga, dando brincos, saltó á la cama en que dormía el mercader, fué rectamente hacia las posaderas, y en ellas le picó como nunca había picado pulga alguna en trasero humano. El mercader, al sentir la picadura y el agudísimo dolor que le produjo, se levantó rápidamente, llevándose la mano al honroso sitio, del cual ya se había apresurado á alejarse la pulga. Y el mercader empezó á lanzar mil maldiciones, que resonaban en el vacío de la casa silenciosa. Después de dar mil vueltas, trató de volverse á dormir. ¡Pero no contaba con su enemigo! En vista de que el mercader se empeñaba en seguir acostado, la pulga volvió á la carga más enfurecida que antes, y esta vez le picó con todas sus fuerzas en el sensible lugar que se llama el perineo.
«Entonces el mercader, sobresaltado y rugiendo, rechazó las mantas y las ropas, y bajó corriendo al lugar donde estaba el pozo, y allí se remojó insistentemente con agua fría, á fin de calmar el escozor. Y ya no quiso volver á su alcoba, sino que se echó en un banco del patio para pasar el resto de la noche.
»De esta suerte el ratón pudo transportar á su madriguera sin ninguna dificultad todo el oro del comerciante, y cuando amaneció ya no quedaba un dinar en el saco.