»Y de este modo supo agradecer la pulga la hospitalidad del ratón, recompensándole con creces.
»Y tú, amigo cuervo—prosiguió el zorro—, espero que pronto verás mi abnegación en cambio del pacto de amistad que sellemos.»
Pero el cuervo dijo: «Verdaderamente, ¡oh mi señor zorro! tu historia no me ha convencido ni mucho menos. Al cabo y al fin, cada cual puede libremente hacer ó dejar de hacer el bien, sobre todo cuando este bien amenaza convertirse en causa de varias calamidades. Y este es el caso presente. Hace mucho tiempo que eres famoso por tus perfidias y por el incumplimiento de la palabra empeñada. ¿Cómo ha de inspirarme ninguna confianza un ser como tú, de mala fe, y que ha sabido últimamente traicionar y hacer perecer á su primo el lobo? Porque ¡oh traidor entre los traidores! estoy bien enterado de esa fechoría tuya, cuyo relato es sabido de toda la gente animal. ¡De modo que si te prestaste á sacrificar á uno que si no era de tu especie era de tu raza, si lo has traicionado después de tratarle como amigo tanto tiempo y de adularle de mil maneras, es seguro que para ti será un juego la perdición de cualquier otro animal que sea de raza diferente de la tuya! Esto me recuerda una historia muy aplicable al caso.» El zorro preguntó: «¿Qué historia?» Y el cuervo dijo: «¡La del buitre!» Entonces exclamó el zorro: «No conozco nada de esa Historia del buitre. ¡Cuéntamela!» Y el cuervo habló de este modo:
«Había un buitre cuya tiranía sobrepasaba todos los límites conocidos. No se sabía de ave alguna, ni chica ni grande, que estuviese libre de sus vejaciones. Había sembrado el terror entre todos los lobos del aire y de la tierra, y de tal modo se le temía, que las alimañas más feroces, al verle llegar, soltaban lo que tuvieran y huían espantadas de su pico formidable y de sus plumas erizadas. Pero llegó un tiempo en que los años, acumulados sobre su cabeza, se la desplumaron del todo, le gastaron las garras y le hicieron caer á pedazos las quijadas amenazadoras. La intemperie ayudó también á dejarle el cuerpo baldado y las alas sin virtud. Entonces se convirtió en tal objeto de lástima, que sus antiguos enemigos no quisieron devolverle sus tiranías y sólo le trataron con desprecio. Y para comer tenía que contentarse con las sobras que dejaban las aves y los animales.
»Y he aquí ¡oh zorro! que tú has perdido ahora tus fuerzas, pero te queda aún la alevosía. Quieres, viejo é imposibilitado como estás, aliarte conmigo, que, gracias á la bondad del Hacedor, conservo intacto el empuje de mis alas, lo agudo de mi vista y lo acerado de mi pico. ¡No quieras hacer conmigo lo que hizo EL GORRIÓN!» Pero el zorro, lleno de asombro, preguntó: «¿De qué gorrión hablas?» Y el cuervo dijo:
«He llegado á saber que un gorrión habitaba un prado, en el cual pacía con un rebaño de corderos. Rayaba la tierra con el pico, siguiendo á los carneros, cuando de pronto vió que un águila enorme se precipitaba sobre un corderillo, se lo llevaba en las garras y desaparecía con él á lo lejos. El gorrión, sintiéndose acometido de una extrema arrogancia, extendió las alas poseído de vanidad, y dijo para sí: «También yo sé volar, y por tanto, podré arrebatar un carnero de los más grandes.» Inmediatamente eligió el carnero más gordo que pudo hallar entre todos: tenía una lana abundante y añeja, y por debajo del vientre, empapada con los orines de por la noche, no era más que una masa pegajosa y putrefacta. El gorrión se lanzó sobre el lomo del carnero, y quiso llevárselo. Pero al primer impulso, las patas se le quedaron enredadas en las vedijas de lana, y entonces él fué el que quedó prisionero. Acudió el pastor, se apoderó de él, le arrancó las plumas de las alas, y atándole una pata con un bramante, se lo dio á sus hijos para que jugasen con él, y les dijo: «¡Mirad bien este pájaro! Ha querido, por desgracia suya, habérselas con quien es más fuerte que él, y por eso ha sido castigado con la esclavitud.»
»Y tú ¡oh zorro inválido! quieres ahora compararte conmigo, pues tienes la audacia de proponerme tu alianza. ¡Vamos, viejo taimado, vuelve las espaldas en seguida!» Comprendió el zorro entonces que era inútil querer engañar á un individuo tan listo como el cuervo. Y dominado por la rabia, empezó á rechinar tan de recio las mandíbulas, que se rompió un diente. Y el cuervo, burlonamente, dijo: «¡Siento de veras que te hayas roto un diente por mi negativa!» Pero el zorro le miró con un respeto sin límites, y le dijo: «No es por tu negativa por lo que me he roto el diente, sino por la vergüenza de haber dado con uno más listo que yo.»
Y dichas estas palabras, el zorro se apresuró á largarse para ir á esconderse.
Y tal es ¡oh rey afortunado!—prosiguió Schahrazada—la historia del zorro y el cuervo. Acaso haya sido poco larga; pero ahora me propongo, si Alah me otorga vida hasta mañana, y tienes gusto en ello, contarte la Historia de la bella Schamsennahar con el príncipe Alí ben-Bekar.