Al oir estos versos, el príncipe Alí ben-Bekar y la hermosa Schamsennahar se miraron largo rato; pero ya una tercera cantarina decía:

¡Las horas dichosas ¡oh jóvenes! corren como el agua, rápidas como el agua! ¡Creedme, enamorados, no aguardéis más!

¡Aprovechad la dicha! ¡Sus promesas son fugaces! ¡Aprovechad la belleza de vuestros años y el momento que os une!

Cuando la cantarina hubo acabado su estrofa, el príncipe Alí exhaló un prolongado suspiro, y sin poder reprimir por más tiempo su emoción, rompió en sollozos. Schamsennahar, que no estaba menos conmovida, se echó á llorar también, y no pudiendo sobreponerse á su pasión, se levantó del trono y se dirigió hacia la puerta de la sala. Inmediatamente Alí ben-Bekar corrió en la misma dirección, y al llegar detrás del cortinaje que cubría la puerta se encontró con su amada. Fué tan grande su emoción al besarse y tan intenso su delirio, que se desmayaron uno en brazos de otro, y seguramente se habrían caído al suelo si no los hubiesen sostenido las doncellas que habían seguido á cierta distancia á su ama. Las esclavas se apresuraron á llevarlos á un diván, donde les hicieron volver en sí á fuerza de rociarlos con agua de rosas y con perfumes vivificantes.

Y Schamsennahar, al volver en si, sonrió dichosa al ver á su amigo Alí ben-Bekar; pero como no viese á Abalhassan ben-Taher, preguntó ansiosamente por él. Y Abalhassan, por discreción, se había retirado de allí temiendo las consecuencias desagradables que pudiese tener aquella aventura si llegaba á divulgarse por el palacio. Pero en cuanto se enteró de que la favorita preguntaba por él, avanzó respetuosamente y se inclinó ante ella. Y Schamsennahar dijo: «¡Oh Abalhassan! ¿cómo podré agradecerte tus buenos oficios? ¡Gracias á ti he conocido lo más digno de ser amado que hay entre las criaturas, y he gozado unos instantes incomparables en que el alma se llena de felicidad! ¡Sabe ¡oh Ben-Taher! que Schamsennahar no será ingrata!» Y Abalhassan se inclinó profundamente ante la favorita, pidiendo á Alah que le concediese todos los deseos que pudiera sentir su alma.

Entonces Schamsennahar se volvió hacia su amigo Alí ben-Bekar, y le dijo: «¡Oh mi señor! ¡ya no dudo de tu cariño, aunque el mío supere á todo lo que puedas sentir hacia mí! Pero ¡ay! el Destino es muy cruel al tenerme sujeta á este palacio y no serme posible dar entera satisfacción á mi ternura.» Alí ben-Bekar contestó: «¡Oh mi señora! ¡tu amor ha penetrado en mí de tal suerte, que forma parte de mi alma, hasta el punto de que después de mi muerte seguirá unido á ella! ¡Cuán desdichados somos al no podernos amar libremente!» Y dicho esto, las lágrimas inundaron como una lluvia las mejillas del príncipe Alí y las de Schamsennahar. Pero Abalhassan se acercó á ellos discretamente, y les dijo: «¡Por Alah! ¡No entiendo nada de ese llanto, ahora que estáis juntos! ¿Qué sería si estuvierais separados? El momento no es para estar tristes, sino para alegraros y pasar el tiempo agradablemente.»

Y la bella Schamsennahar, al oir estas palabras de Abalhassan, cuyos consejos estimaba en mucho, se secó las lágrimas é hizo seña á una de sus esclavas, que salió en seguida, volviendo después con varias criadas que llevaban grandes bandejas de plata con toda clase de viandas de aspecto tentador. Y colocadas las bandejas en la alfombra entre Alí ben-Bekar y Schamsennahar, se alejaron las criadas y permanecieron inmóviles junto á la puerta.

Entonces Schamsennahar invitó á Abalhassan á sentarse con ellos frente á los platos de oro cincelado, donde aparecían las frutas redondas y maduras y los sabrosos pasteles. Y con sus propias manos, la favorita se puso á servirles de cada plato, y colocaba los bocados en los labios de su amigo Alí ben-Bekar. Cuando hubieron comido, apresuráronse los criados á llevarse las fuentes de oro, y les presentaron un jarro de oro fino en una palangana de plata cincelada, y se lavaron las manos con el agua perfumada que les echaron. Después se sentaron de nuevo, y las esclavas negras les ofrecieron copas de ágata de varios colores llenas de un vino exquisito, que alegraba los ojos y ensanchaba el alma. Lo bebieron lentamente mirándose largo rato, y vacías ya las copas, Schamsennahar despidió á todas las esclavas, quedando solamente las cantarinas y tañedoras de instrumentos.

Entonces, teniendo deseos de cantar, la favorita mandó á una de las esclavas que preludiase el tono, y la esclava templó su laúd, y cantó dulcemente: