»Al oir esto, la madre de Alí exhaló un gran grito, y cayendo de bruces al suelo, exclamó: «¡Qué horror! ¿Habrá muerto mi hijo?»
»Yo bajé los ojos, sin poder pronunciar una palabra. Y vi cómo la pobre madre, ahogada por los sollozos, se desmayaba. Y me puse á llorar todas las lágrimas de mi corazón, mientras las mujeres llenaban la casa con sus lamentos.
»Cuando por fin pudo oirme la madre de Alí, le conté los pormenores de la muerte, y le dije: «¡Reconozca Alah lo grande de tus méritos ¡oh madre de Alí! y te remunere con sus beneficios y su misericordia!» Entonces ella me preguntó: «¿Pero no ha dejado ningún encargo para que me lo transmitieras?» Yo contesté: «Me dijo que, si moría, era su mayor deseo que lo transportaran á Bagdad.» La madre del príncipe volvió á romper en llanto, desgarrándose los vestidos, y dijo que inmediatamente iría con una caravana para recoger el cadáver de su hijo.
»Y dejándola entregada á sus preparativos de marcha, regresé á mi domicilio, pensando: «¡Oh príncipe Alí, desventurado amante! ¡Qué lástima que tu juventud haya sido segada en su más hermosa floración!»
»Y al llegar á mi casa, cuando eché mano al bolsillo para sacar la llave, me tocaron en el brazo; me volví, y vi á la confidente de Schamsennahar vestida de luto y con cara muy triste. Quise escaparme, pero la joven me obligó á entrar en casa con ella. Y sin hablarnos, rompimos á llorar uno y otro. Después le dije: «¿Ya sabrás la desgracia?» Ella respondió: «¿A cuál te refieres, Amín?» Yo le dije: «¡La muerte del príncipe Alí!» Y al verla llorar de nuevo comprendí que nada sabía, y la enteré en medio de grandes sollozos.
»Después ella me preguntó: «¿Y tú, conoces mi desgracia?» Yo exclamé: «¿Habrá perecido Schamsennahar por orden del califa?» Ella contestó: «Schamsennahar ha muerto, pero no como supones. ¡Oh desventurada señora mía!» Y rompió á llorar, hasta que por fin me dijo: «¡Escúchame, Amín!
»Cuando Schamsennahar llegó acompañada por los veinte eunucos á presencia del califa, éste despidió á todo el mundo, se acercó á ella, la mandó sentar junto á él, y con voz llena de bondad le dijo: «¡Oh Schamsennahar! Tienes enemigos en palacio, y estos enemigos han querido calumniarte deformando tus actos y presentándomelos bajo un aspecto indigno de ti y de mí. Sabe que te quiero más que nunca, y para probarlo ante todo el palacio, he dado órdenes de que se aumente tu tren de casa, y el número de tus esclavas, y los gastos tuyos. ¡Te ruego, por tanto, que abandones esa aflicción que me aflige también á mí! ¡Y para distraerte, voy á llamar á las cantarinas de palacio, y disponer que traigan bandejas cargadas de frutas y bebidas!»
»Inmediatamente entraron las tañedoras de instrumentos y las cantarinas. Los esclavos vinieron cargados con grandes bandejas repletas de apetitoso contenido. Y cuando todo estuvo dispuesto, el califa, sentado al lado de Schamsennahar, que á pesar de tanta bondad se sentía cada vez más débil, mandó á las cantarinas que empezaran. Y una de ellas, al son de los laúdes, pulsados por los dedos de sus compañeras, prorrumpió en este canto:
¡Oh lágrimas, hacéis traición á los secretos de mi alma, no dejando que guarde para mí sola un dolor cultivado en silencio!
¡He perdido al amigo amado por mi corazón!...