Al oir estas palabras, á la nodriza le pareció que el mundo entero se achicaba ante sus ojos; dióse de golpes y se tiró al suelo, lo mismo que las otras diez viejas; y todas empezaron á gritar desaforadamente: «¡Qué negra mañana! ¡Qué enormidad! ¡Oh nuestra perdición!»
Pero la nodriza, sin dejar de lamentarse, preguntó: «¡Ya Sett Budur! ¡Por Alah! ¡Recobra la razón y no digas más cosas tan poco dignas de tu nobleza!» Pero Budur le gritó: «¿Quieres callar, vieja maldita, y decirme de una vez lo que habéis hecho entre todas de mi amante, el de los ojos negros, cejas arqueadas y levantadas en los extremos, el que pasó toda la noche conmigo hasta por la mañana, y que tenía debajo del ombligo una cosa que no tengo yo?»
Cuando la nodriza y las otras diez mujeres oyeron semejantes palabras, levantaron los brazos al cielo y exclamaron: «¡Oh confusión! ¡Oh señora nuestra, libre te veas de la locura, y de las asechanzas malignas, y del mal de ojo! ¡Verdaderamente, traspasas esta mañana los límites de la chanza!» Y la nodriza, golpeándose el pecho, dijo: «¡Oh mi dueña Budur! ¿qué lenguaje es ese? ¡Si semejantes bromas llegaran á oídos del rey, nos dejaría sin alma al momento! ¡Y ningún poder nos libraría de su coraje!» Pero Sett Budur, con los labios trémulos, gritó: «¡Por última vez te pregunto si quieres ó no decirme dónde se encuentra el hermoso joven cuyas huellas tengo todavía en el cuerpo!» Y Budur hizo ademán de entreabrirse la camisa.
Al ver aquello, todas las mujeres se tiraron al suelo de bruces, y exclamaron: «¡Qué lástima de joven, que se ha vuelto loca!» Pero estas palabras enfurecieron de tal manera á Budur, que descolgó de la pared una espada y se precipitó sobre las mujeres para atravesarlas. Enloquecidas entonces, se echaron fuera, atropellándose y aullando, y llegaron en desorden y demudados los semblantes al aposento del rey. Y la nodriza, con lágrimas en los ojos, le enteró de lo que acababa de decir Sett Budur, y añadió: «¡A todas nos habría matado ó herido si no huyéramos!» Y el rey exclamó: «¡Qué enormidad! Pero ¿viste si realmente ha perdido lo que ha perdido?» La nodriza se tapó la cara con las manos, y dijo llorando: «¡Lo he visto! ¡Había mucha sangre!» Entonces el rey dijo: «¡Eso es una completa enormidad!» Y aunque en aquel momento estuviera descalzo y con el turbante de noche en la cabeza, se precipitó en la habitación de Budur.
El rey miró á su hija con aspecto muy severo, y le dijo: «¿Es verdad, Budur, que esta noche has dormido con uno, y llevas encima todavía las huellas de su paso? ¿Y has perdido lo que has perdido?» Ella respondió: «¡Sí, por cierto, ¡oh padre mío! pues tú fuiste quien tal quiso, y á fe que escogiste perfectamente al joven; tan hermoso era, que ardo en deseos de saber por qué luego me lo quitaste! Además, he aquí su sortija, que me ha dado después de coger la mía.»
Entonces el rey, padre de Budur, que ya había creído á su hija medio loca, dijo para sí: «¡Ha llegado al límite de la locura!» Y le dijo: «Budur, ¿quieres decirme de una vez lo que significa esa conducta extraña y tan poco digna de tu posición?» Entonces Budur ya no pudo contenerse, y se rasgó la camisa de abajo arriba, y se puso a sollozar, dándose de bofetadas.
Al ver aquello, el rey ordenó á los eunucos y á las viejas que le sujetaran las manos para que no se hiciera daño, y en caso de reincidencia, que la encadenaran y le pusieran al cuello una argolla de hierro, y la ataran á la ventana de su habitación.
Luego el rey Ghayur, desesperado, se retiró á sus aposentos, pensando en los medios que utilizaría para obtener la curación de aquella locura que suponía en su hija. Pues, á pesar de todo, seguía queriéndola con tanto cariño como antes y no podía acostumbrarse á la idea de que se hubiese vuelto loca para siempre.
Reunió, pues, en su palacio á todos los sabios de su reino, médicos, astrólogos, magos, hombres versados en libros antiguos, y drogueros, y les dijo á todos: «Mi hija El-Sett Budur está en tal y cuál estado. Se la daré por esposa á aquel de vosotros que la cure, y le nombraré heredero de mi trono cuando yo muera. Pero al que habiendo entrado en el aposento de mi hija no haya logrado curarla, se le cortará la cabeza.»
Después mandó pregonar lo mismo por toda la ciudad, y envió correos á todos sus Estados para promulgarlo.