¡No uso oraciones, jaculatorias, ni palabras evocadoras, ni fórmulas propiciatorias, y así obtengo curas rápidas y meritísimas!
¡Soy el mágico notorio, digno de recordación; acudid á mí todos! ¡No pido propina, ni óbolo remunerador, pues todo lo hago por la gloria!
Cuando los habitantes de la ciudad, los guardias y los porteros oyeron la proclama, se quedaron estupefactos; pues desde la ejecución sumarísima de los cuarenta médicos, creían que tal raza se había extinguido, tanto más cuanto que no habían vuelto á ver médicos ni magos.
Así es que todos rodearon al joven astrólogo, y al ver su hermosura, y su tez fresquísima, y sus demás perfecciones, quedaron encantados y desconsolados al mismo tiempo, porque temieron que sufriera igual suerte que sus antecesores. Y los que estaban más cerca del carro cubierto de terciopelo, en el cual se le veía de pie, le suplicaron que se alejase del palacio, y le dijeron: «Señor mago, ¡por Alah! ¿no sabes lo que te espera si recorres mucho estos lugares? El rey te mandará para que pruebes tu ciencia con su hija. ¡Desdichado! ¡Sufrirás entonces la suerte de todos esos cuyas cabezas cortadas cuelgan precisamente encima de ti!»
Pero á tales conjuros, respondía Kamaralzamán gritando más alto:
¡Soy el mago ilustre, digno de recordación! ¡No uso jeringas ni fumigaciones! ¡Oh vosotros todos, venid á verme!
Entonces todos los circunstantes, aunque convencidos de la ciencia del astrólogo, seguían temiendo que fracasara contra aquella enfermedad sin remedio.
De modo que se pusieron muy tristes, diciéndose unos á otros: «¡Qué lástima de juventud!»
A todo esto, el rey, al oir el tumulto en la plaza y al ver el gentío que rodeaba al astrólogo, dijo al visir: «¡Ve pronto á buscar á ese hombre!» Y el visir ejecutó inmediatamente la orden.
Cuando Kamaralzamán llegó á la sala del trono, besó la tierra entre las manos del rey, y empezó por dirigirle este ditirambo: