...sacó del cinturón un pedazo de papel y recado de escribir, y redactó la siguiente carta:

«Estos renglones son de mano de Kamaralzamán, hijo del sultán Schahramán, rey de las tierras y de los océanos en los países musulmanes de las islas de Khaledán,

»A Sett Budur, hija del rey Ghayur, señor de El-Buhur y El-Kussur, para expresarle sus penas de amor.

»Si hubiera de decirte ¡oh princesa! todo lo abrasado que está este corazón que heriste, no habría en la tierra cañas bastante duras para trazar sobre el papel afirmación tan osada. Pero sabe ¡oh adorable! que si se agotara la tinta, mi sangre no se agotaría, y con su color hubiera de expresarte mi interna llama, esta llama que me consume desde la noche mágica en que se me apareciste en sueños y me cautivaste para siempre.

»Dentro de este pliego va la sortija que te pertenecía. Te la mando como prueba cierta de que yo soy el quemado por tus ojos, el amarillo como azafrán, el hirviente como volcán, el sacudido por las desventuras y el huracán, que grita hacia ti Amán, firmando con su nombre, Kamaralzamán.

»Habito en la ciudad en el gran khan.»

Escrita ya la carta, Kamaralzamán la dobló, metiendo en ella diestramente la sortija; la cerró, y luego entregósela al eunuco, que fué inmediatamente á dársela á Sett Budur, diciéndole: «Ahí detrás de la cortina ¡oh mi señora! hay un joven astrólogo tan temerario, que pretende curar á la gente sin verla. He aquí, por cierto, lo que para ti me entregó.»

Pero apenas abrió la carta la princesa Budur, cuando reconoció la sortija, y dió un grito agudo; y después, enloquecida, atropelló al eunuco y corrió á levantar la cortina, y á la primera ojeada reconoció también en el joven astrólogo al hermoso adolescente á quien se había entregado toda durante su sueño. Y tal fué su alegría, que entonces sí que le faltó poco para volverse loca de veras. Echóse al cuello de su amante, y ambos se besaron como dos palomos separados durante mucho tiempo.

Al ver aquello, el eunuco fué á escape á avisar al rey lo que acababa de ocurrir, diciéndole: «Ese astrólogo joven es el más sabio de todos los astrólogos. Acaba de curar á tu hija sin verla siquiera, quedándose detrás del cortinaje.» Y el rey exclamó: «¿Es verdad eso que me cuentas?» El eunuco dijo: «¡Oh señor mío, puedes ir á comprobarlo con tus propios ojos!»

Entonces el rey se dirigió inmediatamente al cuarto de su hija, y vió que, en efecto, era una realidad lo dicho. Y se regocijó tanto, que besó á su hija entre los dos ojos, porque la quería mucho, y besó también á Kamaralzamán, y después le preguntó de qué tierra era. Kamaralzamán le contestó: «De las islas de Khaledán, y soy el propio hijo del rey Schahramán.» Y refirió al rey Ghayur toda su historia con Sett Budur.