Simpatía se inclinó, y repuso: «¡Los ramajes del Islam son veinte: la observancia estricta de lo que enseña el Libro; conformarse con las tradiciones y la enseñanza oral de nuestro santo Profeta; no cometer nunca injusticias; comer los alimentos permitidos; no comer jamás alimentos prohibidos; castigar á los malhechores, á fin de que no aumente la malicia de los malos por causa de la indulgencia de los buenos; arrepentirse de las propias faltas; profundizar en el estudio de la religión; hacer bien á los enemigos; llevar vida modesta; socorrer á los servidores de Alah; huir de toda innovación y todo cambio; desplegar valor en la adversidad y fortaleza en las pruebas á que se nos someta; perdonar cuando se es fuerte y poderoso; ser paciente en la desgracia; conocer á Alah el Altísimo; conocer al Profeta (¡con Él la plegaria y la paz!); resistir á las sugestiones del Maligno; resistir á nuestras pasiones y á los malos instintos de nuestra alma; proclamarse en absoluto al servicio de Alah con toda confianza y toda sumisión!»

Cuando el califa Arún Al-Rachid hubo oído esta respuesta, ordenó que inmediatamente despojaran de su manto al sabio y sé lo dieran á Simpatía, lo cual se ejecutó en seguida, ante la confusión del sabio, que salió de la sala cabizbajo.

Entonces se levantó un segundo sabio, reputado por su sagacidad en los conocimientos teológicos, y á quien todos los ojos designaban para que tuviera el honor de interrogar á la joven. Se encaró con Simpatía, y le dijo:

«Sólo voy á hacerte breves y pocas preguntas, ¡oh esclava! Ante todo, ¿puedes decirme qué deberes han de observarse durante la comida?»

Ella contestó: «Lo primero es lavarse las manos, invocando el nombre de Alah en acción de gracias. Luego se sienta uno con la nalga izquierda; no se sirve para comer de más dedos que del pulgar y de los dos primeros; no se toman mas que bocados pequeños; se masca bien la comida, y no debe mirarse al vecino, para no azorarle ó cortarle el apetito.»

El sabio preguntó: «¿Puedes decirme ahora ¡oh esclava! á qué se llama cualquier cosa, la mitad de cualquier cosa y menos que cualquier cosa?»

Ella contestó sin vacilar: «¡El creyente es cualquier cosa, el hipócrita es la mitad de cualquier cosa y el infiel es menos que cualquier cosa!»

Él añadió: «¡Así es! ¡Dime! ¿Dónde está la fe?»

Ella contestó: «La fe habita en cuatro lugares: en el corazón, en la cabeza, en la lengua y en los miembros. ¡Por eso la fuerza del corazón consiste en la alegría, la fuerza de la cabeza en el conocimiento de la verdad, la fuerza de la lengua en la sinceridad, y la fuerza de los demás miembros en la sumisión!»

Él preguntó: «¿Cuántas clases de corazones hay?»