Cuando oyó el jeque estas palabras, declaróse satisfechísimo; pero quiso interrogarla todavía. Así, pues, le preguntó:
«¿Cómo vino el Korán desde el cielo á la tierra? ¿Bajó íntegro, copiado de las tablas que se guardan en el cielo, ó bajó en varias veces?»
Ella contestó: «Por orden del Señor del universo, se lo dió el ángel Gabriel á nuestro profeta Mohamed, príncipe de los enviados de Alah, y lo hizo por versículos, según las circunstancias, en el interregno de veinte años.»
Él preguntó: «¿Cuántos compañeros del Profeta se cuidaron de ordenar todos los versículos dispersos del Korán?»
Ella dijo: «Cuatro: Abi ben-Kaab, Zeid ben-Tabet, Abu-Obeida ben-Al-Djerrah y Othmán ben-Affán. (¡Alah tenga en su gracia á los cuatro!)»
Él preguntó: «¿Cuántos son los que nos transmitieron y enseñaron la verdadera manera de leer el Korán?»
Ella contestó: «Cuatro: Abdalah ben-Massud, Alei ben-Kaab, Moaz ben-Djabal y Salem ben-Abdalah.»
Preguntó él: «¿En qué ocasión descendió del cielo el siguiente versículo: «¡Oh creyentes, no os privéis de los goces terrenos en toda su plenitud!?»
Ella contestó: «Cuando algunos, queriendo llevar más lejos de lo preciso la espiritualidad, resolvieron disciplinarse y gastar cilicios de crin.»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.