Entonces el jefe de los guardias se llevó por fuerza á Feliz-Bella, la colocó encima de un ágil dromedario, se puso delante de ella, y partió á toda prisa hacia Damasco, seguido por algunos esclavos.

En cuanto á Feliz-Bella, durante todo el camino se tapó la cara con el velo, y sollozó en silencio, indiferente á las paradas, á las sacudidas, á los descansos y á las marchas. Y el jefe de los guardias no le pudo sacar una palabra ni una seña, y así siguió hasta la llegada á Damasco.

El jefe se dirigió sin demora al palacio del Emir de los Creyentes, entregó la esclava y la carta al jefe de los chambelanes, recibió la respuesta que le dieron, y se volvió á Kufa del mismo modo que había venido.

Al día siguiente el califa entró en el harén y manifestó á su esposa y á su hermana la llegada de la esclava nueva, diciéndoles: «El gobernador de Kufa acaba de enviarme como regalo una esclava joven; y me escribe para decirme que esa esclava, comprada por él, es hija de un rey, apresada en su país por mercaderes de esclavos.» Y su esposa le respondió: «¡Alah acreciente tus goces y sus beneficios!» Y la hermana del califa preguntó: «¿Cómo se llama? ¿Es morena ó blanca?» El califa contestó: «Aún no la he visto.»

Entonces la hermana del califa, llamada Sett Zahia, que era de tierno corazón, sintió lástima, y se acercó á la joven y le preguntó: «¿Por qué lloras, hermana mía? ¿No sabes que desde ahora estás segura, y que tu vida transcurrirá ligera y sin preocupaciones? ¿Adónde podías ir á parar mejor que al palacio del Emir de los Creyentes?» Al oir estas palabras, la hija de Prosperidad levantó los ojos sorprendida, y preguntó: «Pero ¡oh mi señora! ¿en qué ciudad estoy, para que sea éste el palacio del Emir de los Creyentes?» Sett Zahia contestó: «¡En la ciudad de Damasco! ¿Pero tú no lo sabías? ¿Y el mercader que te vendió no te ha advertido que lo hacía por cuenta del califa Abd El-Malek ben-Meruán? Ya lo sabes, hermana; eres propiedad del Emir de los Creyentes, que es mi hermano. Sécate, pues, las lágrimas, y dime tu nombre.»

Al oir semejantes palabras, la joven ya no pudo reprimir los sollozos que la ahogaban, y murmuró: «¡Oh mi señora, en mi tierra me llaman Feliz-Bella!»

A la sazón entró el califa. Avanzó hacia Feliz-Bella sonriendo bondadosamente, se sentó á su lado, y le dijo: «¡Quítate el velo de la cara, ¡oh joven!» Pero Feliz-Bella, en vez de descubrirse la cara, se aterró sólo de pensarlo, y se tapó completamente con la tela hasta por debajo de la barbilla, con mano temblorosa. Y el califa no quiso enojarse por una acción tan extraordinaria, y dijo á Sett Zahia: «Te confío á esta joven, y espero que dentro de pocos días la hayas acostumbrado á ti, y la animes, y consigas que sea menos tímida.» Después dirigió otra mirada á Feliz-Bella y no pudo ver, fuera de las telas en que estrechamente se envolvía, mas que la unión de las finas muñecas. Pero con aquello le bastó para que la amara en extremo; muñecas tan admirablemente modeladas no podían pertenecer mas que á una perfecta beldad. Y se retiró.

Entonces Sett Zahia se llevó á Feliz-Bella, y la condujo al hammam de palacio, y después del baño la vistió con un traje muy hermoso, y le colocó en el peinado varias sartas de perlas y pedrerías, y luego la acompañó el resto del día, tratando de acostumbrarla á ella. Pero Feliz-Bella, aunque muy confusa con los miramientos que le prodigaba la hermana del califa, no podía dejar de llorar, ni quería tampoco revelar la causa de sus penas, porque pensaba que con ello no variaría su destino. Guardó, pues, para sí aquel agudo dolor, y siguió consumiéndose día y noche, de tal modo, que al poco tiempo cayó gravemente enferma; y desesperaron de salvarla después de haber experimentado en ella la ciencia de los médicos más famosos de Damasco.

En cuanto á Feliz-Bello, hijo de Primavera, al anochecer regresó á su casa, y según costumbre, se echó en el diván, y llamó: «¡Oh Feliz-Bella!» Pero, por primera vez, nadie contestó. Entonces se levantó súbito y llamó de nuevo: «¡Oh Feliz-Bella!» Pero nadie contestó. Porque todas las esclavas se habían escondido, y ninguna de ellas se atrevía á moverse. Por fin Feliz-Bello se dirigió al aposento de su madre, entró precipitadamente, y encontró á su madre sentada, muy triste, con la mano en la mejilla y absorta en sus pensamientos. Al verla, creció su inquietud, y preguntó, todo lleno de espanto: «¿Dónde está Feliz-Bella?»

Pero la esposa de Primavera no contestó mas que con lágrimas, y después suspiró: «¡Alah nos proteja, ¡oh hijo mío! Feliz-Bella, en ausencia tuya, ha venido á pedirme permiso para salir con la vieja é ir, según me dijo, á visitar á un santo walí que realiza milagros. ¡Ah, hijo mío! ¡Mi corazón no estuvo tranquilo nunca desde que esa vieja entró en nuestra casa! ¡Tampoco la ha mirado jamás con buenos ojos nuestro portero, el servidor anciano y fiel que nos crió á todos! ¡Siempre he tenido el presentimiento de que esa vieja nos había de traer mala suerte con sus oraciones harto prolongadas y sus miradas tan astutas!» Pero Feliz-Bello interrumpió á su madre para preguntar: «¿A qué hora exactamente ha salido Feliz-Bella?» La madre contestó: «Esta mañana temprano, después de haberte ido al zoco.» Y Feliz-Bello exclamó: «¡Ya ves, madre mía, para lo que nos sirve variar nuestras costumbres y otorgar á nuestras mujeres libertades de las cuales no saben qué hacer, y que tienen que serles funestas! ¡Ah, madre mía! ¿Por qué permitiste salir á Feliz-Bella? ¿Quién sabe por dónde se pudo extraviar, ó si se ha caído al agua, ó si la sepultó un alminar que se haya derrumbado? ¡Pero voy á escape á ver al gobernador para obligarle á hacer investigaciones inmediatamente!»